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EL TIEMPO QUE NOS QUEDA

Sobre "Necesito una isla grande" de Rafael Soler
miércoles 26 de agosto de 2020, 00:00h
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Necesito una isla grande
Necesito una isla grande

Las islas siempre han poseído una subliminal erótica vivificante. No conozco ninguna que no llegue cargada de un ideal, que no personifique ese potencial humano que le permite adentrarse con los mejores bagajes de la existencia. La isla siempre es la vida. También para Soler la simboliza. Cuando se busca esa isla, se está luchando contra la muerte. Nos sabemos perdedores desde el comienzo, pero la única razón para vivir es luchar por conseguir ese ideal y, seguramente, es más importante el camino que la isla en sí. El ideal se alcanza en el camino aunque el pretexto sea la isla grande.

Rafael Soler, magnífico poeta y persona inteligente y sensible, ha construido una obra hermosa, llena de generosidad, y con pocas palabras. Decía Wittgenstein que si no tienes nada que decir lo mejor es que te calles. El silencio es el gran descubrimiento del lenguaje (habría que decir del no lenguaje, pero también el silencio comunica) de los siglos XX-XXI. La novela de Soler es tan rica por lo que dice, por cómo lo dice (con un uso coloquial y simbólico, además de irónico, del español), como en sus silencios. A veces sus diálogos se construyen con una sola palabra de ida y otra de vuelta. Porque los personajes no las necesitan y tampoco el lector.

Para construir una existencia el diálogo es un camino extraordinario y también el camino en sí. Sus personajes, una gran familia, se construyen en el camino. Sabemos de ellos a través de sus relaciones, de sus palabras, de sus silencios y de sus quimeras, de sus utopías, que siempre alcanzan en la obra un gran antídoto, pero la muerte ronda por doquier.

La mayoría son ya entrados en años y, cuando esto sucede, lo irremisible es que la muerte nos acompañe, pero mientras le quede tiempo (el tiempo que les quede) quieren gozar, amar, beber, ilusionarse de nuevo.

Tomás, Pulga, Coronel inician esta historia de encuentros. La construcción de un momento de sus vidas, también es la construcción del tiempo de sus vidas. La construcción de ellos mismos, a través de leves trazos, con una prosa rica en sugerencias, imágenes y símbolos pero también rica en su dimensión social y coloquial. También nos llegarán otros como Julián, el hijo de Tomás, y sus problemas con Almudena; Carmina, la escritora, que desde la cursiva de su escritura va construyendo, intercalando breves historias, como la inicial de Pulga y otras.

Y a partir de un determinado momento, se inicia un viaje que poco a poco, tras diversas cabriolas, nos va a permitir conocerlos brevemente, entrar en sus fantasías, en sus sueños, entrar en su sensibilidad, en su conciencia… y progresivamente se va creando en el lector una querencia hacia ellos, nos caen simpáticos, van adentrándose en algo que es tan emblemático como la ternura. Parecen tan desposeídos, tan ligeros de equipaje y, sin embargo, tan humanos, tan fieramente humanos, y tienen tanta necesidad de seguir manifestando su alegría vital, su compromiso de dar la batalla a la muerte: “Pero la puta vida que se escapa a borbotones, y un día es una gripe mal curada, y otra un golpe de tos inoportuno (…) Y entonces te inventas un viaje hasta la costa, con amigos, con pasta, para no jugar en el casino, porque lo único importante, lo que de verdad importa a estas alturas es el tiempo que te queda”.

Es una gran cruzada la que nos presenta Rafael Soler en esta magnífica novela; y, siendo consciente de que el final de la historia siempre está escrito, no se rinde. Su vitalismo nos va inundando al tiempo que una ligera quemazón de melancolía. Su lenguaje irónico, sardónico, va regando la esencia de sus personajes que siempre apuestan por vivir. Y esa isla simbólica en el frontispicio. Lo que necesita Tomás, “una isla grande, lo que se dice una isla bien grande”. Tomás sabe que la vida se compone de “una eternidad tras otra. Un momento con otro, y un día con el siguiente son la única eternidad posible, la tuya, y si un grito dura lo que tú, entonces es un grito eterno que sólo concluye con tu muerte”.

Vivir es estar ahí, el dasein hedeggeriano. Y ese componente ideal o de lucha es lo que nos permite soportar el encuentro. Aunque a veces miren hacia atrás, sus personajes no quieren ser estatuas de sal y siempre lo hacen hacia delante. Si cae uno, lo recogen y siguen la marcha porque somos el tiempo que nos queda.

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