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Elena Ochoa
Elena Ochoa

HABLEMOS DE SEXO

lunes 01 de junio de 2020, 00:00h
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No existe un imán con más poder de atracción que la palabra “SEXO”. NI más sugerente, excitante, misterioso, prohibido y clandestino. De hecho, está considerado el reclamo más eficaz para el título de cualquier artículo, ensayo, novela, película o canción. Dicen que la jodienda no tiene enmienda y debe ser cierto. Algo parecido a “Información vaginal, éxito garantizado”, como diría Lola Delgado, flamante Fiscal General del Estado, espiada por el agente Villarejo 007.

También el sexo fue un pelotazo para la sexóloga Elena Ochoa, cuando aún no era Lady Foster, y en los noventa encandiló y escandalizó al españolito medio presentando un programa de televisión, trasgresor, ilustrativo y didáctico, dedicado a modificar los usos sexuales del país con novedosas pseudotécnicas amatorias y toda clase de fantasías sexuales.

Fue en su momento más brillante, cuando invité a Elena Ochoa a dar una conferencia en el Aula de Cultura de “El Diario Vasco” de San Sebastián. Entonces era una mujer espléndida, segura, serena, satisfecha y sonriente. A los años, ya casada con el arquitecto Foster, fue ella quien me invitó a la presentación de su revista en la exquisita “Serpentine Gallery” en el corazón londinense de Hyde Park. Pero ya no era la misma persona que yo conocí. ¿Qué pretendo insinuar con esta afirmación? Algo muy elemental. Sencillamente, que como ella misma debe saber, las relaciones íntimas, afectivas, amatorias y sexuales (conceptos que no tienen por qué ir necesariamente unidos) modifican drásticamente nuestra manera de ver y de mirar la vida. Pero dejemos aquí esta anécdota.

Hablando de sexo, lo cierto es que nunca hemos follado tanto y al parecer tan mal. Y esto a pesar de la sacrosanta “libertad sexual” que ejercemos con absoluta impunidad y desinhibición. Los tríos, las orgías y el poliamor han descojonado por completo el difícil equilibrio entre “cantidad y calidad”. Lo afirma en su ensayo “Amor Caliente, Sexo Frío” una autora que mantiene intacta, sobre todo su libertad “de expresión” y que aprecio y admiro. El epígrafe del Capítulo Quinto referido al sexo por internet, dice:

“La pornografía, la prostitución, las webcams especializadas, las cabinas de sex shop o los chats referidos al intercambio sexual en cualquiera de sus variantes, representan el noventa y seis por ciento del ocio consumido en la Red. Ocio que a su vez genera un setenta por ciento del dinero que recauda el pago por visión en Internet. Nos guste o no, los números cantan y los datos revelan que no hay heterosexual, homosexual, putero, sexoadicto, pedófilo, zoófilo, necrófago, coprófago o incluso caníbal sexual, que no encuentre la web que satisfaga sus más delirantes, retorcidas y enfermizas fantasías sexuales. Sin ir más lejos entre otros horrores de violencia que incluyen el asesinato por encargo, una página web americana ofrece la violación de una niña vietnamita en directo en los términos que decida el cliente cibernauta. Solo tiene que pulsar la tecla adecuada para ser transportado a una realidad física, analógica o virtual en tres dimensiones: Sexo con imagen, sonido y tacto. El tacto que permite un sofisticado “Joystick” o una vagina de látex provista de electrodos que transmite vibraciones de diversa intensidad. No solo no es ciencia ficción, sino que hasta tal punto esta maraña de redes laberínticas no deja de evolucionar, que un grupo americano de investigadores informáticos está trabajando en la digitalización de los olores.

Internet es el burdel de las Mil y Una Noches del nuevo milenio, donde el hombre virtual puede dar cauce a esa hipersexualización desaforada y supermasturbatoria que la cultura del S. XXI propugna. Un mecanismo perfectamente pergeñado que le permite al hombre ocultar sus vicios en un laberinto de redes cada vez más secretas. Porque sabe que son vicios que no puede compartir ni revelar. Ya no es irse de putas para echar un polvo extra matrimonial, sino satisfacer sus más retorcidas y extrañas apetencias. Cuanto más virtuales, más extrañas y más retorcidas, mejor” Y termina la autora con una sentencia lapidaria:

“El Minotauro de ese laberinto cibernético representa los apetitos sexuales de un hombre animalizado que disfraza de modernidad y desinhibición su vulgaridad y su grosería espiritual”.

Realmente el hombre actual es un analfabeto espiritual que cree que el “espíritu” es cosa de curas y religiones y la única mística que practica, es la del dinero por el dinero, y el sexo por el sexo.

Supongo que el intuitivo y avezado lector de “Todo Literatura” habrá adivinado que la polémica y combativa autora del ensayo citado “Amor caliente, Sexo frío”, publicado en 2006, soy yo misma. Así que en función de la aceptación que tenga este artículo, y con permiso de la autoridad, podría seguir incluyendo, espaciadamente, diferentes capítulos del libro que abordan controvertidos aspectos del uso y abuso del sexo, del amor, de las relaciones de pareja y de cómo el intercambio amoroso condiciona la forma de asumir la experiencia sexual como simple y pasajera emoción o como duradero y profundo sentimiento.

Espero tu complicidad. Remember, si tú me dices ven, lo dejo todo.

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