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Kepa Murua
Kepa Murua (Foto: Ardiluzu)

Entrevista a Kepa Murua y su carretera de la costa

viernes 05 de junio de 2020, 08:00h
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En su última novela LA CARRETERA DE LA COSTA (EL DESVELO EDICIONES, 2020) Kepa Murua nos sitúa en los años de plomo del terrorismo en el País Vasco, pero lo hace de una manera un tanto diferente, con un tono autobiográfico muy personal e íntimo y un ritmo muy sereno, lo que propiciará sin duda que todos reflexionemos sobre aquella pesada y cruda realidad.

La carretera de la costa
La carretera de la costa

Gracias a esta entrevista conoceremos más acerca de cómo y por qué se gestó esta interesante obra. Y también de cómo marcaron aquellos años sobre todo a la juventud vasca.

¿Cuándo empezaste a escribir esta novela y qué te motivó hacerlo?

El asesinato de Ceferino Peña por un comando de ETA es una historia que se remite a 1980, tenía dieciocho años, pero nunca lo olvidé. “Los años de plomo” pesaban en mí como una losa cargada de recuerdos que debía liberar por medio de la escritura. Durante años intenté escribir esta novela, pero no acerté, quizá porque aún no tenía la voz narrativa necesaria para hacerlo. En diciembre de 2019, uno de mis amigos me recordó que hace más de diez años ya le hablé de ella. Cuando di con la voz confesional de un muchacho de dieciocho años, después de varios e infructuosos intentos, la novela se desplegó con claridad.

¿Por qué decides titularla La carretera de la costa?

La carretera de la costa que recorre el mar Cantábrico, especialmente en el territorio guipuzcoano, que va de Zarautz a Deba, es la protagonista de la obra. El paisaje de los pueblos y una ciudad como San Sebastián, donde pasan las historias entre etarras y policías, es el escenario de las historias que se cruzan. En un paisaje tan bello desde donde se puede ver la montaña pasaron cosas terribles, no las deberíamos olvidar.

En qué crees que se diferencia tu novela de otras que se hayan escrito sobre este mismo tema.

Más allá de la importancia del paisaje, es una novela de matices, los personajes no son antitéticos, tienes sus luces y sus sombras, el narrador no los juzga. Y al terrorismo, como fenómeno vivido en el País Vasco, se le suma el mundo de la heroína. Es una novela de balas y jeringuillas, donde nada es lo que parece, pero que en sus páginas reivindica la paz.

¿Qué crees que aporta de nuevo tu punto de vista sobre aquellos años de plomo?

Mi novela es una confesión sobre el miedo que sintió un joven que no entendía lo que pasaba y donde prevalece una narración tierna de los sentimientos y cercana en los hechos. Se mezcla ficción y realidad, pero al lector no creo que le importe lo que es verdad o lo que es imaginario y seguramente no se dará cuenta de esta combinación, pues la historia se envuelve con una voz clara que respira entre los sucesos y las acciones que se describen para ayudarnos a pensar en voz alta sobre toda esa locura. Me gustaría señalar también la visión de nuestros padres sobre esa realidad vivida en su madurez. La distancia generacional incluye diferentes visiones sobre la comprensión de la vida. La relación del padre con el narrador, que tiene mucho que ver con la que tuve con el mío, confronta dos mundos distantes: uno que se acaba y otro que se mantiene.

El narrador es un narrador-personaje y la estructura es parecida a un diario con un claro destinatario que es un “tú” que coincide con la persona amada. ¿Por qué elegiste esta vía para contar tu historia?

Es la voz que me permite tocar diferentes planos de la narración y que apuntala los hechos. No quería escribir una novela lineal, necesitaba un espacio narrativo donde se pudiera hablar de los sentimientos, del dolor, de la muerte, pues evidentemente en aquellos años de plomo, así como sobró toda violencia, faltaban las palabras que expresaran lo que sentíamos o nos pasaba. Me ayudo de una prosa de frases largas y de un ritmo sereno para presentar una novela que va de amor y de muerte y que, sin embargo, aporta la ternura de quien reza solo ante el paisaje o se confiesa ante su amada.

¿Cómo crees que te marcó a ti y al resto de jóvenes haber vivido aquellos años?

Los asesinatos, las bombas, las detenciones, los controles y cargas de la policía, las manifestaciones con barricadas no es el mejor de los escenarios para una juventud que de un día a otro deja la dictadura atrás y comienza a vivir en democracia sin saber muy bien lo que esa palabra significa. El caballo, además, fue una salida radical que tragó a muchos de mi generación que se encontraron con una libertad que no se supo digerir en los primeros años. Faltó la educación necesaria para reconocer lo que estábamos viviendo; en mi caso, me salvó la literatura, la amistad y la religiosidad de mi madre o la honestidad que me inculcó el padre.

¿Cómo crees que se siente aún la gente hoy en día?

En la presentación del libro que pudimos hacer en Vitoria-Gasteiz, unos días antes de la reclusión por la pandemia, asistieron los familiares de Ceferino Peña. Fue una sorpresa que viniesen desde Zumaya, yo no los conocía y pudimos hablar, fue muy emocionante. Todos los que asistieron opinaron con libertad sobre aquellos años duros, pero recuerdo que uno de ellos dijo que él sí levantó la voz cuando casi nadie lo hacía y que no perdonaba lo que hicieron los etarras y tantos otros que les apoyaron. No puedo hablar en nombre de todos, pero podría aventurar que muchos no exteriorizan sus sentimientos y que aún se tiene miedo de hablar de lo sucedido. Cuando escribía la novela imaginaba que su lectura podría servir para pensar en lo que se hizo, dijo o se calló, que fue mucho.

Uno de los temas principales es el terrorismo, pero ¿qué otros temas encontraremos cuando nos acerquemos a esta novela?

La falsa identidad de las personas, la sexualidad sin asumir y el perdón o el arrepentimiento por parte de los etarras, pues el mundo de las drogas ya se ha mencionado. No debería olvidar el amor y la necesidad de explicar con palabras precisas lo acontecido. Espero haber acertado en estos registros tan íntimos y públicos a la vez.

¿Qué crees que comparte nuestra situación actual de confinamiento por el coronavirus con aquellos días? A lo mejor no es tan raro que esta novela haya visto la luz en estos tiempos revueltos. Establece alguna que otra analogía.

En “los años de plomo” rondaba la muerte y el miedo de la gente dominaba las relaciones personales, pero el mundo no se paraba, e incluso, entre bombas y asesinatos, parecía que no era importante lo que sucedía mientras no le pasara a uno. Hoy la situación, aunque por diferentes motivos, vuelve la mirada al miedo de la gente que anda preocupada por la salud y a la tragedia de las víctimas que han fallecido por la pandemia. Pero son tiempos y dramas diferentes. En “los años de plomo” ni los políticos ni la ciudadanía estuvieron a la altura de los acontecimientos; espero que con el asunto de la pandemia los responsables sean honestos y eficaces con sus decisiones y nosotros respondamos con una conducta responsable e incluso, humilde.

Algunos pasajes son maravillosamente poéticos y contienen algunas descripciones que son una delicia. Podrías transcribir alguno de esos pasajes para poner el broche final a esta entrevista.

“En abril, el horizonte muestra unos puntos brillantes que encienden el camino de la costa. En mayo, desde la montaña se puede ver cómo las olas saltan la carretera y cómo su espuma se diluye en una transparencia que parece humo o niebla, pero que no es otra cosa que salitre o mar en partículas separadas ante la mirada de los hombres. En junio, sobre los arrecifes aparece una delgada línea verde de hierba arenosa, y la arena tiene el color marrón que el frío solidifica como si fuera una alfombra en la que pasear descalzo. En julio, con la bruma que oculta los montes, el cielo rojo y amarillo ilumina la carretera desde donde se ven llegar las olas cubiertas de espuma. Cuando regresa al mar abierto, el ruido de los arrecifes es un canto que surge del fondo de la tierra. En agosto, el mar se queda en calma, rodea el malecón, envuelve con su quietud la entrada de los puertos y las ciudades, los cielos son claros y la lejanía parece que no es tal. En septiembre, las olas son bravas, tienen mucha fuerza, arrastran lo que se encuentren por delante, rompen los malecones, y los árboles se sitúan erguidos ante la belleza de un cielo aguado que dibuja alas invisibles en la inmensidad del paisaje. En octubre, el color rojo de los árboles, el color amarillo de las hojas, el verde intenso de las raíces llama la atención por su cambio repentino. En noviembre, el cielo es nuboso, las sombras ocupan las montañas, y al fondo se puede observar, por momentos, algunas franjas de monte, coloreadas con un verde intenso. En diciembre se observan las cimas nevadas de los montes, las nubes tocan sus hombros, la niebla cubre sus pies, y si no llueve demasiado reaparecen en el horizonte los tejados rojos y las paredes blancas de las casas. Son solo doce meses, con treinta días en promedio, pero si sumas todas estas visiones o estas estampas propias de un calendario de mesa que todos los años nos llevaba nuestro padre a casa, con el anagrama de la fábrica, si las sumas, como te digo, a esos días y esos años, desde los primeros del plomo hasta los últimos de nuestra madurez compartida, hay que añadir la lejanía de tantos que dejaron lo mejor de sí mismos en lugares fuera del País Vasco”.

© Kepa Murua, 25 de abril de 2020

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