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CULTURALISMO HUMANISTA

"JARDÍN GULBENKIAN" DE GONZÁLEZ IGLESIAS PREMIO NACIONAL DE LA CRÍTICA 2020
lunes 16 de noviembre de 2020, 10:00h
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Jardín Gulbenkian
Jardín Gulbenkian

Me congratulo de haber participado como jurado en dos de los premios más significativos que ha obtenido González Iglesias, el Ciudad de Melilla a su obra Confiado y el Nacional de la Crítica a Jardín Gulbenkian. Estamos en presencia de un autor con una enorme riqueza cultural que tiene como maestro al valenciano Jaime Siles, uno de los grandes poetas de los 70, que bebe directamente en las fuentes clásicas: Virgilio, Ovidio, Horacio, Petronio, los presocráticos, Epicuro, Platón, Lucrecio... González Iglesias asume esta rica tradición, no en vano es catedrático de Filología Latina en la Universidad de Salamanca.

Existe una larga tradición de escritores para los que el jardín, metonímicamente, y la naturaleza en general simbolizan un espacio para sentirse ser, para ser más humanos. Así lo encontramos en Whitman, Browning, Wordsworth, Arnold, Coleridge… pero también Garcilaso, Pedro Soto de Rojas, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez… González Iglesias toma un gran emblema del siglo XX, el conjunto arquitectónico Gulbenkian en Lisboa (con un museo extraordinario, un majestuoso edificio, biblioteca de arte, archivos, editorial… y un jardín extraordinariamente asombroso) para desarrollar una poesía con proyección alegórica que sea un paradigma del hombre contemporáneo, que debe asirse a la naturaleza y la cultura como un binomio de largo recorrido que le permita encontrarse consigo mismo. A lo largo del poemario, este encuentro sentimental consigo mismo, con sus seres queridos, con sus espacios para vivir nos permiten una lírica de singular energía y de gran interés para despertar lo más profundo del ser, ese que mira hacia su interior, hacia su sensibilidad y su mente, y ve que la cultura, el lenguaje, la poesía… son los elementos que nos definen como humanos. Todos esos referentes culturales nacen, son empleados objetivamente por González Iglesias para mostrarnos una poesía bellamente humana, sensitiva y muy apegada al ser humano del siglo XXI: “El jardín –dice en el Prólogo- recorta sobre la superficie un fragmento de un mundo bien hecho, que acaba equivaliendo al mundo”. Este mundo es el que nos muestra en treinta y nueve poemas que aúnan poesía y arte, cultura y vida, el encuentro del idioma con la mejor tradición clásica, a un Lucrecio y su De Rerum Natura en la mejor singladura epicúrea y ese cosmos de átomos fortuitos que se mueven en el vacío. Con este libro González Iglesias canta “la poesía contemporánea y sus jardines, porque la poesía tiene su lugar en el arte”, pero sobre todo canta la bondad de la vida, sus frutos, su entusiasmo. Existe desde el principio una especie de alegoría litúrgica por la que somos raptados y en la que nos vamos a adentrar para sentir la explicación de la belleza de lo creado, pero también de lo recreado por el ser humano, en este caso por el armenio Gulbenkian. Y nos dejamos embriagar por las sensaciones de lo observado, pero también miramos hacia adentro para contemplar nuestro propio microcosmos: “…Y ahora yo creo/ y espero todo. Y niego que seamos nada más, solo energía”. El jardín no es solo un pretexto contemplativo, que también, sino un encuentro con el otro ser humano, alejado del odio (“Todo son datos multitudinarios/ que conducen al odio”) y el mundo profanado, asido a la tierra, donde se alcanza lo sublime en lo más sencillo, y el amor por un cuadro puede revelar el mundo. Ese discurso de lo esencial es en el que ancla su poesía que bucea en lo que “fue reunido por amor”. Busca su sentido más intrínseco, explica el desvelo de su creador, un ser humano, su magnificencia y su canto inaugural que nos permite salvar lo más profundamente humano que existe en nosotros. Penetrar en estos jardines es hacerlo en la verdad del ser, en ese bosque de pinos, en su libertad y hermosura indeterminada que prolonga la razón de ser del planeta: “Este pinar, sus troncos inclinados/ hacia el Sol desde el centro de la Tierra/ son líneas en el cosmos. Se merecen/ también la reverencia humana”. Y en esto consiste el poemario, en la ceremonia de la salutación hacia la belleza de lo creado, que también es la palabra y su capacidad para nombrar, “para hablar de lo bello y lo preciso”.

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