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Editorial: ExLibric. Colecció Arte Ahora

Para que el mundo se entere

Reseña del poemario "Principios de levitación", de Nazaret Luna Castro

martes 05 de enero de 2021, 15:00h
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Empiezo a pensar que hay libros mágicos. No, no me refiero a la magia ingenua en la que creen los niños o los incautos de la Nueva Era y demás profetas superficiales de la Era de Acuario. Me refiero al libro como canal, las palabras, en este caso, la poesía como medio de conexión con lo sagrado, que nos trae la epifanía de la vida cotidiana: un escalofrío, una intuición, un repentino sentido superior de belleza y misterio. O tal vez sea esta época tan extraña que vivimos, donde nada es lo que era ni se asemeja a lo conocido. En la antigua realidad, yo sería una autora escribiendo una reseña sobre el libro de otra autora. Pero en esta nueva extrañeza, me vuelvo una con la autora a través de sus poemas, aunque no la conozco, una mujer reescribiéndome a través de esta reseña, de cada línea que escribo… “para que el mundo se entere de lo que es/ cumplir con la valía de nacer siendo mujer”.

Principio de levitación
Principio de levitación

Pero empecemos por los comienzos. Ya desde el título, Principios de Levitación, la autora de este poemario alude a los inicios, es decir, a la iniciación. Los lectores elegidos por este libro son los despiertos, aquellos cuya sensibilidad logra elevarse por encima de la apariencia. Con gran acierto, Rafael Luna, destaca en el prólogo la fragancia de lo no impostado. Y es que este poemario enfrenta al lector con su propia autenticidad y lo sacude, como dice el gran poeta y prologuista, con “el milagro de la claridad y la esperanza”. Casi premonitoria, la cubierta del libro nos invita en su contraportada al “templo de esta realidad nuestra que no deja de nadar en el faro gaseoso de este tiempo abandonado y elástico que nos ha tocado vivir”.

En ese templo, Nazaret Luna es una poeta sin doblez. Toda una declaración de intenciones, su poema inicial: “Te quiero! Y si eso te parece poco,/ ¡puedo decir que te amo!” La naturalidad de expresarse así es “magia y es error que se multiplica/ y se divide/ porque no te conozco,/ ni me conoces”.

Lejos de lo que cabría esperar en un poemario que aborda la geometría sagrada y la música de las esferas, Luna Castro elogia la pasión de la carne con alusiones al Cantar de los Cantares. Presta atención a vivir, equivocarse, besar, danzar, disfrutar la abundancia y la sensualidad de la materia que nos seduce. Descubrimos con la autora la clemencia en los trinos de los pájaros y, lejos de moralidades caducas, somos pasajeros fortuitos de otoños que saben que “no hay de qué pedir castigo/ ni perdones ni súplicas”. Simples mortales “como ropas de vagabundos descalzos” pero con, “la química de los ojos que miran hacia una distancia infinita”. En las páginas de esta obra el lector descubre que “La mente y el cuerpo son solo uno/ mi piel no es una limitación/, es solo una capa más de este universo físico”. Hablar de Nazaret es hablar de teatro sagrado y transmutación, ¿no hemos soñado siempre con volar? Esta autora nos invita a sobrevolar lo cotidiano pues en sus palabras “somos un proyecto de transformación infinita”. Nos recuerda que frente a la prisa exterior, existe el suave paladear de saborear el instante. Lo lento. Su búsqueda de verdad nos remite a las preguntas oraculares “¿Quién eres?/ ¿Quién soy?”. Con ellas, la poeta se posiciona en un constante enfrentamiento con lo que es real.

Levitar no supone en estos Principios una evasión sino un sólido erguirse firme, la determinación de la presencia que llama a las cosas por su nombre y reconoce el valor de dialogar con las propias sombras en una épica interior que exclama: “¡Arriba las almas!/ ¡Que ha llegado el tiempo de la batalla!/ Para no “vivir por vivir en el constante letargo”, Luna Castro nos insta a la acción: “¡Espabila, pasmarote!/ Haz el favor y bájate del carro (…)/ Hablo al humano, te hablo a ti”.

Nazaret Luna descifra en sus poética desnuda los códigos secretos del alma, desde un humanismo esencial se atreve a hablar de lo femenino y vulnerable en cada uno de nosotros, a reivindicar el amor como único camino posible. Rezan sus versos cósmicos: “Las palmas de mis manos son rayos de luz,/de mis pies surgen raíces luminosas./ En mi útero hay un tesoro./ Y así me mantengo erguida, firme. / Estos son los principios de levitación”. Cierto es que usa un lenguaje transparente pero advierto: no entenderá el poemario quien no aprecie la verdadera alquimia, la alquimia interior. Mientras otros luchan afuera contra las manifestaciones monstruosas del mundo denso y caótico, Nazaret nos devuelve la clave oculta en cada situación. Sutilizar y sublimar, volver la mirada adentro en una introspección del momento presente. Eso es lo que transmite la poesía de Nazaret Luna: la divinidad del ahora. Ahí reside la vida y la belleza que nos salva en su inocencia intacta: “Aquella ilusión de perseguir mariposas/ bajo la luz escasa del atardecer”.

Encontramos en Principios de Levitación una poética de lo sutil, la potencia de un susurro, la gota de miel y la sonrisa, la seda desapegada del no juicio, la humildad para levitar en tiempos densos; un espacio íntimo donde hallar formas creativas de disolver los problemas resolviéndose a uno, formas valientes de ser más allá del rebaño y lo establecido como pauta general, elevarse por encima de lo que se ha venido siendo, para “caminar nuevos caminos con pies antiguos”, y gritarlo suavemente desde esa otra manera consciente de existir en el mundo que es la receptividad –el tesoro de un útero que acoge y transmuta- esa imprescindible valía que es Nacer mujer en cada persona, para que el mundo se entere, se complete y se eleve.

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