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Feria del Libro de Madrid
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Feria del Libro de Madrid

Para otoño, la feria

lunes 28 de junio de 2021, 08:00h

Este año, si la escurridiza y contumaz variante Delta lo permite —algo sobre lo que ni yo ni gobierno alguno estamos seguros—, la populosa feria del libro de Madrid se inaugurará en septiembre. Por supuesto, más allá de aprovechar los últimos días de largas y perezosas tardes, y más allá de disfrutar la tibieza que los acompaña; incluso más allá de que los grandes editores y los autores de relumbrón estén disponibles para este auténtico salvavidas de las librerías madrileñas antes de que otros certámenes los reclamen para Frankfurt, para Guadalajara o para qué sé yo adónde… En fin, que más allá de todos esos considerandos que convierten a la fecha en idónea, sucede, además, que septiembre es el mes de los regresos. ¿Y qué será esta feria del libro sino un clamoroso regreso?

El de esa larga serpentina blanca de casetas surcando el Retiro, el de las editoriales de libros insólitos que de otro modo tanto nos costaría hallar, el de los niños perdidos que berrean su abandono cósmico en mitad del paseo, el de los poetas líricos que escriben sonetos al minuto para destrozar corazones desconocidos, el de los novios que miran, entre lametones al cucurucho —un suponer: de vainilla y chocolate—, a un autor a quien jamás solicitarán que les firme el título aunque fuese por hacerle la caridad de romperle el aburrimiento; el de todo eso y más que regresará, ya digo, al Retiro este septiembre, como, por ejemplo, las frugales patinadoras que reparten flyer de propaganda al paso, o los guardias a caballo componiendo apostura de tarjeta postal, o la megafonía que anuncia la firma del sobrino de una solterona a la que le estalla el corazón al escucharlo o, por fin, la de una tropa, aunque sea de soldados de tebeo, alrededor del pedestal de don Arsenio Martínez Campos en lugar de los habituales camellos que lo custodian; si hasta regresarán las colas de dos vueltas y media con barandilla de guía y seguratas de protección para que los famosos rubriquen sus memorias nunca escritas, mientras la envidia jaldea a todos los literatos serios y les hace refunfuñar que, ante tal oprobio, al año siguiente no volverán, cuando de sobra sabemos que al año siguiente y cuantos sean precisos tornarán por el saludable y benefactor ejercicio de contemplar la cara agradecida —aunque sea una sola— de un lector; ya no les cuento si es de una lectora y, encima, monina.

Además, este año presento novela nueva, Los invertebrados, y no estaré allí como de prestado, con el género antiguo, no; este año acudiré con algo de estreno y que está gustando mucho (no es broma). Entre tanto, he sabido que el país invitado es Colombia, donde el gobierno acaba de retirar de su capital las estatuas de Cristóbal Colón y de Isabel la Católica para protegerlas de los indios misak, que estaban empeñados en derribarlas. No volveré sobre este asunto de la iconoclastia por lo español en América, porque ya lo hice en estas mismas páginas —Una petición impertinente— cuando en La Paz les dio a unas indias que ni hablaban aimara por poner bien cholita a la reina de Castilla con sus polleras, su aguayo de carga y hasta con uno de esos sombreros de alas vueltas hacia arriba, por tanto que ahora la emprendan contra el navegante que da nombre al país, además, por bautismo donde no hubo imposición peninsular alguna sino elección de sus patricios, cuando el congreso de Angostura, allá por 1819, me suena a bravuconería de enrabiados por unas cuentas podridas en las que nada pinta España y, mucho menos, Colón… Y, en cambio, las lumbreras de aquellas tierras han nutrido de páginas espléndidas a nuestra literatura; por tanto, considero no solo estúpido sino hasta insultante entretenerme en prestarle atención a esa necedad bárbara, que si algún pendejo pretende novedosa por copiarla de los gringos, va muy errado porque aquí, en el siglo IV, ya fue fervorosa manifestación de cristianos andar tumbando de sus peanas a los jaraneros dioses olímpicos.

Y en cambio, mi gratitud es mucha al guasón de José Asunción Silva, o al estremecedor de José Eustasio Rivera, por no recordar las veces que caí rendido de la risa con ese pillastre de García Márquez o las que quedé prendido de una frase de William Ospina, mi último gran descubrimiento para unir a esta nómina donde no faltan, claro, Plinio Apuleyo Mendoza o Álvaro Cepeda Samudio o el otro Álvaro, Mutis, o Antonio Caballero o Rafael Chaparro o tantos otros más que nos siguen lloviendo como esa aguaza fría que embarra las sendas de cachacos, con sus relatorías a veces insomnes, pero siempre tan acompasadas y con ese dulzor mareante que solo se encuentra en los viejos burdeles, para consolación de narradores empedernidos.

Y como este año se trata de la feria del regreso por el mes y por su vacación recién concluida, pues regresaré a El otoño del patriarca con la inocencia de un colegial o de otro modo me resultaría imposible mecerme por esa melopea sin tiempo ni linde que es la historia inmemorial del general Zacarías Alvarado, aquel a quién las pitonisas persiguieron los destinos en el fondo de los lebrillos del agua porque no había forma de encontrárselos en las rayas de las manos, dado que su madre lo concibió sin rastro de muerte en la piel, como dicen que nacían los reyes de la Antigüedad.

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