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“Sangre”, de Alexis Díaz-Pimienta

sábado 25 de septiembre de 2021, 13:25h
Sangre
Sangre

El escritor cubano (La Habana, 1966) Alexis Díaz-Pimienta ha puesto en circulación su nueva novela “Sangre”, publicada en marzo de este año por Scripta Manent Ediciones.

Antes de empezar a desgranar “Sangre” diré algunas cosas de este prolífico autor. La hiperactividad de Díaz-Pimienta debiera ser estudiada en algún conciliábulo científico de esos que se dedican a observar los altos rendimientos de algunos individuos y a impartir técnicas sobre cómo adquirir dichas herramientas para mejorar los beneficios. Porque, no se entiende, no, que pueda escribir tanto y hacerlo además como lo hace, con maestría, ya sea en el campo didáctico, de la dramaturgia, de la poesía o de la narrativa, además de preparar al paso conciertos poético-musicales o teatrales de altos vuelos con personas como Jorge Drexler, Ismael Serrano, Pedro Guerra, Javier Ruibal, Joaquín Sabina, Rozalen o Luis y Pedro Pastor.

Ha publicado más de cuarenta y cinco libros en diversos géneros literarios y su obra ha sido traducida a una decena de idiomas que no me voy a entretener en especificar, aparte de obtener múltiples reconocimientos y premios por la misma.

Desde el punto de vista narrativo resaltan “Huitzel y Quetzal”, “Los visitantes del sábado”, “Prisionero del agua”, “Maldita danza”, “Salvador Golomón”, “Batido de chocolate y otros cuentos de sabor amargo”, “El crimen perfecto de Pedrito Mendrugo”, “Intercambio de tarjetas”, “El huracán anónimo” y “Jano”, hasta llegar a la novela de la que hoy disertaremos: “Sangre”.

Sangre” es una novela escrita en capítulos cortos, duros, muy duros, tan sentenciadores como una bala en la nuca o como un terremoto que destroza tu casa en un pestañeo contigo dentro, y que muestran en carne viva las heridas que el machismo provoca en el sexo femenino debido a la intransigencia y el comportamiento atávico, irracional y posesivo de los hombres para con las mujeres y que siguen dejando un reguero de féminas sometidas al flagelo del macho dominante, y también muertas. Sí, muertas a cuchilladas, tiroteadas, ahogadas, envenenadas, lapidadas, matadas a martillazos o a palos, o por la fuerza de los puños.

Esa es la cruda realidad que algunos partidos políticos de ultraderecha, españoles o no, poco importa, no son capaces de admitir y que se atreven a negar incluso en los parlamentos, esos lugares que debieran ser templos de la palabra y del diálogo. Pero, este es otro cuento, otro cantar que diría el trovador. Sigamos con la novela.

La ficción está ambientada en Sevilla, esa ciudad podríamos decir que amable, muy sociable y con encanto, con una climatología envidiable y en donde las personas despliegan una empatía digna de detenerse en ella, en la que, de buenas a primeras, empiezan a ocurrir una serie imparable de crímenes machistas cuyos cuerpos terminan en el camposanto o en el crematorio y todas, todas ellas, todas esas mujeres de la edad que poseyeren, fueron vilmente exterminadas por personas cercanas: maridos, novios o amantes, o ex en sentido amplio, que curiosamente pareciera que nunca han roto un plato y que, sin embargo, llegado un momento, las más de las veces meditado y más que pensado, cogen la escopeta, la pistola, el cuchillo, la soga, el palo o lo que fuere, y de un arreón inmisericorde y cobarde matan y matan y matan. Y aunque esto sea efectuado por hombres diferentes contra mujeres diferentes, la constante, la seña identitaria que anida en esa actitud cobarde, inadmisible y salvaje, es la posesión, aquello de “la maté porque era mía”. Frase atroz, espeluznante, que se sigue repitiendo por los siglos de los siglos. “La maté porque era mía”, itero. Tremendo.

No es fácil escribir una novela, porque no hay que olvidar que esto es una novela, o sea, ficción pura, teniendo como base el argumento de la violencia machista, pero, Alexis Díaz-Pimienta lo ha hecho y con muy buen resultado a mi entender. Es cierto que la temática da para múltiples interpretaciones y algún lector o lectora pudiera no comprender a veces el humor negro que Díaz-Pimienta despliega en el desarrollo de la misma, pero, eso queda al albur de las interpretaciones, que, como es natural siempre son subjetivas.

Dice José M. Camacho Delgado, catedrático de Literatura Española e Hispanoamericana de la Universidad de Sevilla, en la contraportada de este libro, lo siguiente: “La sangre nunca es inocente, como tampoco lo es su representación en la Literatura, el arte o la vida. Frente a la sangre masculina, que remite a la guerra, el gesto heroico, la resistencia y el dolor, la sangre vertida por las mujeres por efecto de la violencia marca la historia más truculenta y sórdida de nuestras sociedades. Por eso resultan tan necesarias las obras que visibilizan la criminalidad ejercida contra ellas, cualquiera que sea su estatus, edad, raza o condición…”

La novela es dura, ya lo dije, pero necesaria. Lea la misma.

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