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Jorge de Oteiza
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Jorge de Oteiza (Foto: Archivo)

“LA MANO QUE HABLA”

Por Álvaro Bermejo
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beralvatelefonicanet/7/7/18
sábado 26 de noviembre de 2022, 17:00h

Se diría que la poética visionaria de Oteiza ha resultado profética. Tantas veces me repitió aquello de que el euskera nace de la mano -euskara eskutik jaio da- y de pronto, aparece la Mano de Irulegi. Sobre una placa de bronce del siglo I a.C., cinco palabras. Grafía derivada del signario ibérico, pero sólo una palabra reconocida, la primera voz vascónica de la que tenemos constancia escrita: Sorioneko -buena fortuna-.

Oteiza remitía su visión a una perspectiva metafísica -la mano hace al hombre-. La de Irulegi cuenta la historia a ras de tierra, o de guerra. ¿Qué nos dice? Se trata de un emblema protector de la casa en un tiempo en que el Saltus Vasconum sufría las consecuencias del choque entre Pompeyo y Sertorio. También la pugnacidad de las etnias vecinas. Porque en este ámbito es importante deslindar fronteras.

Los vascones de Irulegui no eran los habitantes originarios del País Vasco actual, que estaban más cerca de los celtíberos. Son los alótriges o autrigones asentados en lo que será Bizkaia, los bardietas o várdulos que se extendían desde el Bidasoa al Deba, los caristios y los berones. Buena parte de estos se integraron en las legiones romanas, incorporaron divinidades de su panteón y, lo más importante en este asunto, adoptaron la lengua celtíbera indoeuropea y el alfabeto ibérico.

¿Eran más primitivos, o más indómitos, los vascones asentados en la actual Navarra? Por supuesto que no. De hecho, hasta alzaron una ceca, la de Bascunes, cerca de Viana, donde acuñaron moneda. Luego tampoco podían ser analfabetos. ¿Qué prueba la mano de Irulegi? Algo que aventuraron dos estudios recientes. En 2015 un bioquímico de la universidad de Harvard, Íñigo Olalde, demostró que los vascos no tenían un origen genético distinto del resto de los celtiberos; es decir, no eran los últimos paleolíticos.

Poco después otro estudio, éste publicado en la revista ‘Current Biology’, añadía lo verdaderamente revolucionario: que su singularidad comenzó a forjarse a partir de la Edad del Hierro -el tiempo de la mano de Irulegi- precisamente en base al vascónico.

A medida que se expande hacia el Cantábrico la lengua marca una nueva frontera, y es esta quien determina que el perfil genético de aquellos vascones se mantuviera prácticamente inalterado durante tres milenios.

Pese a todo ello, ¿qué cuenta la mano de Irulegui? Justo lo que vemos: una mano abierta diciendo Sorioneku, sed bienvenidos. Esto enseña la historia, incluso a quienes viven en la leyenda.

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