La ciencia ficción no nació con Star Wars ni con los robots de Asimov; sus raíces son profundas y se mezclan con la filosofía, la sátira y el deseo humano de explorar lo desconocido. Cierto es que la pionera absoluta en el viaje espacial en la literatura fue la obra Historia Verdadera de Luciano de Samósata (Siglo II d.C.). Aunque parezca increíble, en el siglo II ya se escribió sobre viajes a la Luna. Luciano de Samósata escribió esta sátira donde los protagonistas -mientras navegan en su barco- son arrastrados por un huracán hasta la Luna, donde encuentran una guerra entre el Rey de la Luna y el Rey del Sol por la colonización de "Lucero" (Venus). Al medio día, cuando ya habíamos perdido de vista la isla, se levantó de repente un huracán que hizo girar la nave y la alzó cosa de trescientos estadios, y ya no la dejó caer al mar sino que el viento, empujando la vela e hinchando la lona, la llevaba hacia arriba en volandas por los aires. Tras correr por los aires siete días y otras tantas noches, al octavo día divisamos en el cielo cierta tierra enorme (la luna en realidad, como más adelante se indica) como una isla, brillante y esférica, resplandeciente de luz. Fuimos arrastrados hacia ella, atracamos y desembarcamos. Por tanto, esta obra contiene al menos dos ingredientes que caracterizan a las obras de ciencia ficción: un viaje espacial y contacto con civilizaciones alienígenas (extrañas y surrealistas, en este caso). Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley (1818) es considerada por muchos historiadores la primera novela de ciencia ficción real. A diferencia de los mitos, aquí el "milagro" de la vida no ocurre por magia, sino a través de la experimentación científica y la electricidad. Su temática es la ética científica y la creación de vida artificial (precursora de los androides). No obstante, por mucho que se empeñen los anglosajones, la literatura de ciencia ficción no empieza con ellos, de hecho, el cuadro temporal de este tipo de literatura es el que se ha expuesto con anterioridad. Tenemos que recordar que incluso Tomás Moro escribió en 1516 su obra Utopía, acuñando el término para describir una isla con un sistema social, político y jurídico perfecto. Aunque es más un tratado político, sentó las bases para imaginar sociedades alternativas, careciendo de las otras características distintivas de las novelas de ciencia ficción.
El gran pionero olvidado: Juan Maldonado (Bonilla, Cuenca 1485-1554) Juan Maldonado es el gran pionero olvidado, tan sólo ha sido recordado por Daniel García Valdés en su artículo “Somnium de Juan Maldonado: ¿primera novela de ciencia ficción de la historia?” artículo muy completo publicado en La Soga (revista cultural) el 13 de enero de 2020, artículo que me ha inspirado en poner en valor al clérigo conquense. El conquense ha sido ampliamente estudiado y analizado por el brillantísimo catedrático Miguel Avilés, autor del magnífico libro Sueños ficticios y lucha ideológica en el Siglo de Oro, en el que disecciona a fondo el sueño de Maldonado y el de otros soñadores áuricos. A él dedico mi especial agradecimiento y reconocimiento por su excelso e infatigable trabajo. Casi 100 años antes que Kepler, Juan Maldonado escribió “Somnium” (El sueño) en 1532, utilizando el recurso del sueño para narrar un viaje fantástico. En su obra, el protagonista vuela hacia la Luna y, desde allí, observa la Tierra. El Somnium de este humanista español está escrito en latín (está incluido junto a otras cuatro obras más, en su libro Quaedam opuscula nunc primum in lucem edita), en él relata que una noche de otoño, sale a las murallas de Burgos a contemplar el paso de un brillante cometa (el Halley) y mientras espera la hora en la que observarlo, se queda dormido. En ese sueño es visitado por el espíritu de María de Rojas (hija de D, Diego de Osorio), esposa del también fallecido Pedro de Cartagena (persona vinculada con los intereses mercantiles de Burgos y miembro de la diputación representante de Burgos en los días de las Comunidades), la que le acompaña en su viaje mientras dormía: «En los meses otoñares de aquel año (14 / 15 de octubre de 1532), en el que el César Carlos, rey de las Españas, rechazó de Panonia s Solimán, príncipe de los turcos y en que yo, en Burgos, comencé a enseñar humanidades, con sueldo oficial, apareció durante algunos días, por la parte de oriente, en las últimas horas de la noche, un cometa brillantísimo, de extraordinaria cabellera». Junto con María de Rojas, cuenta como comienza a elevarse hacia el espacio, pero la forma de hacerlo, como una pluma, con la sensación física de abandonar la gravedad, es algo asombroso para la época, que Maldonado relata así: "Corpus meum, levitate quadam inusitata praeditum, sensim a terra subvehi coepit" (Mi cuerpo, dotado de una ligereza inusitada, comenzó a elevarse poco a poco de la tierra). El uso de "levitate inusitata" es clave. No es un vuelo de alas (como el de Ícaro), sino una propiedad física del cuerpo que cambia al iniciar el viaje espacial. Según se va separando de la Tierra y se acerca a nuestro satélite es consciente de la pequeñez del mundo frente a la ambición humana: "Tota namque terra, quae nobis immensa videtur, ex illo sublimi loco vix puncti unius obtinebat speciem". (Pues toda la tierra, que a nosotros nos parece inmensa, desde aquel lugar sublime apenas mantenía la apariencia de un solo punto). Aquí aparece el término "puncti unius" (un solo punto). Es la frase perfecta para demostrar cómo Maldonado utiliza la geometría para desarmar la soberbia de los imperios. En relación con su apreciación de la pequeñez de la Tierra, sus observaciones coinciden con los astronautas del Siglo XX: «Me di cuenta de que esa pequeña cosa, tan brillante y azul, era la Tierra. Levanté mi pulgar y oculté el planeta entero». (Jim Lovell, Apolo 8). Inmediatamente después de ver el «punto», Maldonado reflexiona sobre la ridiculez de las fronteras: «O hominum mentes caecas! Pro hoc puncto tot regna digladiantur, tantum ffunditur sanguinis». (¡Oh, mentes ciegas de los hombres! Por este punto combaten tantos reinos, tanta sangre se derrama). Utiliza el término "digladiantur" (combatir con la espada) para enfatizar la violencia física. Es una crítica política directa: desde la Luna, la guerra parece un juego absurdo de hormigas por un espacio inexistente. Coincide en sus reflexiones de forma plena con las descripciones actuales, sobre el desapego material: «Ves que las cosas por las que luchamos en la Tierra no tienen importancia desde esta perspectiva». (Yuri Gagarin / Russell Schweickart). También sobre la fragilidad del planeta y de su unidad, sus observaciones son coincidentes con los cosmonautas recientes: «Desde aquí no se ven fronteras nacionales... ese pequeño globo es tan frágil que deberíamos cuidarlo como a una joya». (Edgar Mitchell, Apolo 14). Es preciso establecer aquí una conexión directa entre Juan Maldonado y el astrónomo Carl Sagan. En 1990, Sagan escribió sobre la famosa foto de la Tierra tomada por la sonda Voyager 1 desde 6.000 millones de kilómetros: «Mira de nuevo ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar... En ese punto azul pálido, cada rey y cada campesino, cada pareja de enamorados, cada político corrupto... vivió allí». Juan Maldonado se adelantó 458 años a esta reflexión. Mientras que para Sagan el «punto» era una evidencia fotográfica, para el humanista conquense era una evidencia ética. Maldonado no necesitaba un telescopio; le bastó el «telescopio de la razón humanista» para entender que la Tierra es un espacio compartido y minúsculo. Cuando se acerca a su destino Maldonado describe la Luna no como un satélite muerto, sino como un mundo vibrante: «Lunam non amplius sidus parvum, sed orbem quendam alterum, terris nostris non multo minorem, contemplabar». (Contemplaba la Luna ya no como un pequeño astro, sino como otro mundo cualquiera, no mucho menor que nuestras tierras). Definiendo la Luna como un «orbem alterum» (otro mundo). Esta es la base de la ciencia ficción: el reconocimiento de que existen otros lugares físicos con su propia realidad. Y describe a los selenitas utópicamente cerrando la conexión con la sociedad perfecta a la que aspira: «Incolae illi non aurum, non argentum, non opes, sed solam virtutem suspiciebant». (Aquellos habitantes no admiraban el oro, ni la plata, ni las riquezas, sino solo la virtud). Es el eco de la «Aurea Aetas» (Edad de Oro) y de la Utopía de Moro. Al negar el valor del oro y la plata, Maldonado está señalando directamente el motor de la conquista de América en su tiempo. Maldonado utiliza el viaje también para descubrir una sociedad ideal en el «Nuevo Mundo» (América) la utopía americana, donde los habitantes viven en una comunidad perfecta, antes de que lleguen los conquistadores españoles, sin la corrupción de la vieja Europa, y todo esto apenas 40 años después del descubrimiento del nuevo continente por Colón. Por lo tanto, su temática es doble: viaje espacial y sociedad utópica.
No obstante, si comparamos ambos «Sueños», el de Maldonado es fundamental por su prioridad temporal, 1532 vs 1634, él soñó primero con las estrellas. Maldonado escribe en pleno Renacimiento, mientras que Kepler ya está en el inicio de la Revolución Científica. Aunque comparten el título (Somnium), las obras de Juan Maldonado y Johannes Kepler representan dos caras fundamentales del origen de la ciencia ficción. Mientras que Johannes Kepler escribe desde la mirada del astrónomo, preocupado por cómo la Tierra se vería desde la Luna para demostrar las teorías de Copérnico (lo que hoy llamaríamos Hard Sci-Fi o ciencia ficción dura), Juan Maldonado se adelanta un siglo utilizando el viaje espacial como una herramienta de crítica social y política. Para Maldonado, el ascenso a los cielos no es un fin científico, sino un medio para alcanzar una perspectiva global. Desde su posición privilegiada en el cosmos, el narrador observa la pequeñez de las ambiciones europeas y, al descender en el Nuevo Mundo, describe una sociedad utópica que sirve de espejo negativo para la España de su época. «Esas -me respondió- son las tierras recién descubiertas a las que los españoles, que ocupan algunas de sus playas, llaman Tierra Firme. Creen haber encontrado un Nuevo Mundo. Pero, dejemos esto, pues es aquí donde te vas a quedar. Echa pie a tierra. ¿Ves aquella ciudad cercana? Allí darás con unas gentes que no tienen nada de malos. Desde allí será tu suerte la que te haga volver a tu patria». Mientras Kepler nos enseñó cómo funcionan los astros, Maldonado nos enseñó que viajar a las estrellas sirve, sobre todo, para entender mejor lo que ocurre en la Tierra. Maldonado es de los primeros en describir la sensación de «insignificancia» al ver nuestro planeta desde fuera, un tropo que se repetiría siglos después en obras como El juego de Ender o 2001: Odisea del espacio.
El futuro que soñamos desde el pasado En última instancia, la obra de Juan Maldonado nos obliga a reescribir la cronología de la imaginación humana. Siglos antes de que la tecnología permitiera al hombre contemplar la curvatura de su propio mundo, este humanista conquense ya había orbitado la Tierra con la única fuerza de su intelecto erasmista. Su Somnium no es solo una curiosidad bibliográfica o una pieza de proto-ciencia ficción; es el acta de nacimiento de la conciencia cósmica. Al reducir la soberbia de los imperios y las ambiciones de la conquista americana a la escala geométrica de un puncti unius, Maldonado no solo se adelantó al «Efecto Perspectiva» de los astronautas modernos, sino que lanzó un desafío ético que sigue vigente. Para el canónigo de Cuenca, salir al espacio no era una huida, sino un ejercicio de regreso: alejarse lo suficiente de la Tierra para poder, finalmente, ver al ser humano sin las distorsiones del oro, el poder y la frontera. Juan Maldonado, el primer navegante de lo invisible, nos enseñó que la verdadera frontera no está en la Luna ni en las nuevas tierras de América, sino en nuestra propia incapacidad de reconocer la fragilidad de ese punto insignificante que todos llamamos hogar. Redescubrir a figuras como Juan Maldonado nos obliga a reescribir la genealogía de la imaginación humana. Durante mucho tiempo, hemos creído que la ciencia ficción fue un invento de la era industrial, una respuesta al vapor y al acero del siglo XIX. Sin embargo, la existencia del Somnium de Maldonado en 1532 nos demuestra que el anhelo por las estrellas y la búsqueda de sociedades perfectas —o el temor a las fallidas— es una constante del espíritu humano.
Maldonado no solo se adelantó a Kepler en el tiempo, sino que se adelantó a su época al comprender que el espacio exterior es, en realidad, un espejo del espacio interior. Sus viajes no buscaban solo conquistar el cosmos, sino encontrar una «utopía» que sirviera de cura para los males de su tiempo. Hoy, cuando miramos hacia Marte o teorizamos sobre multiversos, no estamos haciendo nada distinto a lo que aquel humanista español hizo hace quinientos años: usar la frontera de lo imposible para preguntarnos quiénes somos y qué tipo de mundo queremos construir. La ciencia ficción no nació en un laboratorio del siglo XIX, sino en los sueños de aquellos que, como Maldonado, se atrevieron a mirar la Tierra desde la distancia para entender su verdadera esencia. La ciencia ficción, en definitiva, no es una mirada hacia adelante, sino una mirada hacia arriba para vernos mejor a nosotros mismos. Antes de que la ciencia nos diera las alas, el humanismo español (un castellanomanchego) ya nos había dado el cielo.
Constantino López Sánchez-Tinajero Sociedad Cervantina de Alcázar
Noticias relacionadas+ 0 comentarios
|
|
|