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Dos mujeres con burka y niqab caminan por una calle concurrida de Madrid al atardecer entre edificios modernos.
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Dos mujeres con burka y niqab caminan por una calle concurrida de Madrid al atardecer entre edificios modernos. (Foto: Cibeles AI)

SUDARIOS QUE ENCARCELAN

Hubo un tiempo en el que a Toledo se le conocía como la Ciudad de las Tres Culturas. Ahora en nuestras ciudades conviven personas de diferentes culturas, todas ellas en libertad. Sin embargo, hay países y mentalidades que no han avanzado. Que denigran a las mujeres obligándolas a llevar el burka o el niqab, mientras sus maridos o padres visten al modo occidental. Y casi todos nos callamos, no lo hace Azucena de Valle en "Sudarios que encarcelan". Artículo de absoluta actualidad y que todos deberían leer. Hoy no estamos para bromas.

Han pasado muchos años y aún lo recuerdo. Eran los años 80 cuando los Grandes Almacenes cerraban a las 20:00 pm. Luego se alargaría una hora y más tarde otra, hasta permanecer abiertos 12 horas seguidas. En las calles de Madrid no había tantos turistas como ahora; venían a visitarnos los que tenían muchos dólares que gastar. Y vaya si lo hacían los oriundos de Argentina, Brasil, Venezuela, México, Arabia Saudí, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos… los más deseados por los comercios; eran los que llamábamos “jeques” que, en alguna ocasión, compraban cuando la tienda cerraba sus puertas al resto de clientes y podían recorrer el establecimiento acompañados por los jefes supremos del centro que atendían solícitos cualquier extravagancia que les exigieran. Merecía la pena porque se dejaban miles de dólares en unas horas. Bolsos exclusivos, joyas, ropa de firmas en todas las tallas y colores… Esa tarde también venían clientes “especiales”, esta vez acompañados por mujeres, suponíamos, porque solo pudimos adivinar figuras dentro de enormes niqab negros. Era la primera vez que veía personas humanas “enjauladas” junto a hombres atildados, impecables, tiesos y elegantes. Lo más espeluznante fue la máscara que cubría el rostro de una mujer. Era negra, de cuero, con un pico similar al de un ave para la nariz. Daba escalofríos contemplar el grupo.

No puedo imaginar “la felicidad” sin límites que pueden sentir los pájaros en jaulas de oro, aunque el alpiste esté salpicado de diamantes y beban Acqua di Cristallo Tributo a Modigliani.

En Madrid sabemos cómo aprieta el calor en verano, cuando la temperatura alcanza los 40º a mediodía y las noches son bochornosas y el asfalto parece derretirse. Los autobuses, aunque llevan aire acondicionado, no mitigan el calor sofocante. Imagínense cuando este artilugio era solo un sueño y los asientos de escay se pegaban al trasero resudado. Ahí iba yo, moviendo el abanico con desesperación, cuando subió una familia de tres miembros: un niño de corta edad en pantalón corto, un joven con un polo caro de manga corta, el padre, y una joven, la madre, cubierta de arriba abajo…, de negro, con guantes del mismo color tapando sus manos. Los hombres parece que acusaban el calor; de ella no pude constatarlo porque sólo pude ver sus ojos… Pero supongo, feministas de PSOE, que la joven estaba defendiendo la libertad de sudar a su antojo enfundada -nunca mejor dicho- en su horrible sudario.

No recuerdo en España tormentas de arena que levanten la piel; ni en Francia; ni en Alemania; ni en Kabul…; ni tribus del desierto que secuestren a jóvenes en edad de procrear y que, por eso, haya que ocultarlas, por seguridad, con un preislámico burka o un niqab. No somos pastunes patriarcales y machistas con un rígido código ético, el pashtunwali, muy anterior al Islam y a la sharía que, a través de uno de sus principios, el Namus, adoptaron el burka como indumentaria habitual para las mujeres. La islamización de las regiones pastún no eliminó su código ético, que se fusionó con los preceptos coránicos y que, con el tiempo, se impuso al propio Corán, el cual fue interpretado en lo que a la mujer se refiere según el Namus y el tradicional patriarcado que afirmaban que para proteger a una mujer era imprescindible ocultarla de las miradas de los hombres que no pertenecían a su familia -Eduardo Luis Junquera Cubiles-.

Han pasado miles de años y, suponemos que la sociedad, la civilización, el mundo, los hombres, han avanzado. ¿O no? ¿Hay que seguir ocultando a la mujer de los depredadores? ¿Encerrarla en casa? ¿Taparla, en pleno S. XXI? ¿Convencerla de que mostrar su pelo, sus manos, sus tobillos es pecaminoso? ¿continuar segregando, discriminando, sometiendo a las mujeres…?

Fue a comienzos del S. XX cuando el burka volvió a cubrir a las mujeres de Afganistán. El emir-monarca Habibullah Khan tuvo la maldita ocurrencia de querer “distinguir” a las 200 mujeres de su harén tapándolas de miradas maliciosas, con prendas confeccionado con hilos de oro, plata y pedrería. Y como culo veo, culo quiero, el resto de los poderosos hicieron lo mismo con las suyas imitando al monarca.

Durante el primer mandato de los talibanes -septiembre de 1996 a 2001-, se cometieron verdaderas atrocidades, las mujeres no pastunes formaban el 60% del profesorado universitario y el 40% del alumnado. Había cientos de miles de funcionarias, abogadas, jueces y fiscales, arquitectas, ingenieras, médicas… Todas fueron obligadas a abandonar sus estudios, sus trabajos y sus ropas similares a las de cualquier europea. También se les impuso el uso del burka. A partir del 15 de agosto de 2021, los talibanes recuperaron otra vez el control de Afganistán y, desde entonces, el horror no tiene fin. Sobre todo, para las mujeres. Según denuncia Médicos sin Fronteras, las mujeres tienen prohibido: ir al colegio o a la universidad -la educación ha sido vetada-, trabajar -las mujeres han sido excluidas del mercado laboral-, vestir como quieran -deben cumplir un estricto código de vestimenta-, salir de casa sin un mahram, practicar deporte, subir a un autobús con hombres -segregación en el transporte-, elegir con quién se casan, cuántos hijos quieren tener y cuándo mantener relaciones, ser vistas, protestar -negada la libertad de expresión-, ir al salón de belleza… Según Meena: “Los talibanes intentan enjaularnos, apartarnos de la sociedad y destruir todo lo que tenemos. Pero tenemos esperanzas. Tenemos sueños. Incluso si nos encadenan, prevaleceremos”.

Save the Children afirma que 50 mujeres mueren cada día en Afganistán al dar a luz; una de cada tres sufre toda clase de abusos físicos y sexuales, y su esperanza de vida es de apenas 44 años; más del 85% de las afganas son analfabetas; el 70% de las menores en edad escolar no van a la escuela... y por si no fuera suficiente, el wahabismo, que surgió alrededor de 1740 en la región de Najd (actual Arabia Saudí), impulsado por el teólogo Muhammad ibn Abd al-Wahhab (1703-1792) y apoyado por la alianza con la familia Al Saud, es la versión más intolerante y severa del Islam y la doctrina oficial de Arabia Saudí.

El burka pesa unos 7 kilos, impide la visión lateral, está diseñado para impedir correr con él puesto y la visibilidad no va más allá de a 1 metro de distancia.

La utilización obligatoria de estos macabros sudarios hechos con telas toscas en algunos países como Afganistán, Pakistán e Irán, conlleva serios problemas para la salud de las mujeres que lo portan: deficiencia de Vitamina D -la falta de luz solar directa sobre la piel provoca niveles bajos de esta vitamina, esenciales para la absorción de calcio y la salud ósea-, favorece la aparición de osteoporosis, y convulsiones en los recién nacidos de mujeres con uso habitual de burka por falta de transmisión de la vitamina D, problemas dermatológicos -la cobertura total facilita la aparición de afecciones como la dermatitis seborreica, dermatitis de contacto, acné y tiña de la cabeza-, impacto psicológico y de comunicación -aunque es una limitación física, la cobertura facial restringe la interacción social-, limitación de la visión y movimiento -el diseño del burka puede restringir la visión periférica y dificultar la movilidad física-. Según un estudio de la Universidad de Bradford con el paso de los años se producen distintos problemas oculares que van desde pérdida de visión, a cataratas e incluso cierto grado de ceguera.

A estos problemas físicos, se unen otros no menos importantes: desigualdad y sumisión, invisibilización y deshumanización, conflictos de seguridad e identificación, limitación en la vida laboral, extremismo y controversia, restricción de libertades… Pero son pocas las mujeres que lo llevan en Occidente, ¿verdad, feministas de la izquierda?

La Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, en su Resolución 1743, considera que llevar burka o niqab puede representar una amenaza para la dignidad y la libertad de las mujeres, y que ninguna mujer debería ser obligada por su comunidad o por su familia, a llevar una prenda o vestimenta religiosa -Teresa Areces Piñol-.

El burka (Afganistán), el niqab (Golfo Pérsico) y el hiyab (generalizado) tienen origen muy diverso y existen muchos artículos al respecto para poder informarse. Francia fue pionera en 2010 al prohibir estas prendas en espacios públicos, que entró en vigor en abril de 2011. Posteriormente, la normativa se ha ampliado a escuelas y ciertos deportes. Bélgica siguió su ejemplo en 2011, imponiendo sanciones económicas y, en algunos casos, penas de prisión por incumplimiento, y la prohibición fue respaldada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en 2017. Otros países con prohibiciones totales o parciales incluyen Suiza, que aprobó la restricción en referéndum en 2021; Bulgaria, desde 2016; y los Países Bajos, con un veto parcial desde 2019 en hospitales, transporte público y edificios oficiales. Alemania no tiene prohibición general, pero sí limita su uso a funcionarias, juezas, militares y estudiantes en ciertas regiones. Austria también prohíbe el burka y el niqab en espacios públicos desde 2017, y actualmente planea extender la restricción a menores en colegios. Dinamarca prohíbe estas prendas en espacios públicos desde 2018 y estudia prohibirlas también en escuelas y salas de rezo.

Según los creyentes, el versículo 31 de la Sura al-Nur habla de la necesidad del velo islámico para las mujeres. (Corán, 24: 31) Y di a las creyentes que recaten sus miradas y protejan sus partes privadas y no muestren sus encantos, excepto lo que está a simple vista... Mientras que otros muchos, como Eduardo Luis Junquera Cubiles, defienden que en ningún versículo del Corán hay instrucciones rotundas sobre una forma concreta de vestimenta para la mujer. El libro sagrado de los musulmanes no fija, ni mucho menos, normas rígidas y "eternas", sino una serie de recomendaciones que incitan a una cierta moderación y que se pueden interpretar de diversas formas dependiendo del contexto social donde vivan quienes practican esta religión.

Si algo está claro, es que el burka encarna el sometimiento, la deshumanización social, cultural, económica y política de la mujer. ¡No se negocia con la dignidad de las mujeres!, que han sido lastradas durante siglos de marginación y discriminación. ¿Cuántas más han de seguir muriendo para que se reconozca que son personas iguales y con los mismos derechos que los hombres? No pueden seguir encarceladas y oprimidas, apartadas de la sociedad por un régimen patriarcal que quiere anular, incluso su alma.

Sólo la educación nos hará libres, pero ¿qué pasa si se las niega el derecho a ella? la sumisión "natural" que les han inculcado desde niñas, es una peligrosa combinación que hace que muchas de ellas sean simplemente incapaces de plantearse siquiera un cambio en su forma de vida.

Nadie quiere ser rechazada y la presión familiar es tan fuerte, que se acaban interiorizando unos valores y preceptos que justifican al opresor.

Mi último recuerdo es para Malala Yousafzai, la niña pastún pakistaní que en 2014 recibió el Nobel de la Paz; fue tiroteada por los talibanes por ser referente en defensa de la educación de las mujeres. Por no querer usar el burka. Por querer ir a la escuela. Malala le dijo al mundo: “No me importa si en la escuela debo sentarme en el suelo. Lo único que quiero es educación. Y no le tengo miedo a nadie”.

Leo en El País que en Afganistán penalizan con 15 días de cárcel por partir el brazo a una mujer y cinco meses por maltratar a un camello. Pero nos queda muy lejos, ¿verdad? ¿Cómo se puede ser feminista sin defender la libertad de las mujeres? Señoras de la izquierda, háganselo mirar.

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