Hacen la dramaturgia y la propia interpretación Juan Ceacero, que también lo dirige, junto con Isabelle Stoffel, en una puesta en escena que remueve las vísceras de las relaciones, a veces clamando en una sinceridad necesaria del apoyo del otro y otras ocultando, convirtiéndose en rumor sin salida del pecho. Talmente en esta sociedad de hoy, donde se ha perdido la comunicación epistolar, que requiere el esfuerzo de escribir a mano o a máquina, pero en un papel físico, meterlo en un sobre, ponerle un sello o ir a Correos a certificarla, o no, pero con el objetivo de que después se abra y ahí aparezcan esas ideas, sentimientos, pensamientos, sensaciones, en algunos casos hasta con detalles especiales, dibujos, olores, fotos… y mientras tanto, esperar la respuesta que se puede demorar días, semanas, tiempo indefinido, mantener esa correspondencia y conservarla posteriormente, es un acto casi heroico o, al menos, nostálgico, ya costumbrista, porque está en desuso por la inmediatez de los mensajes digitales. Pero lo que nos plantea la obra en sí, respetable lector, es esa complicidad que se establece entre los que se cartean asidua o habitualmente. El soldado Melvin Mappel tiene la necesidad de que alguien le haga caso, ser el protagonista, aunque solo sea de una única persona, su admirada Amélie Nothomb, y sabiendo que, tarde o temprano, iba a responderle y devolverle la misiva. Pero ni ella misma se esperaba, después, esa dependencia, esa cadena a las palabras, ese viaje a una realidad que podría ser verdad o no, pero que acerca distancias, que omite ausencias, que traza itinerarios imaginarios sobre cómo estará o se sentirá la otra persona. La interpretación de los dos creadores, Juan Ceacero e Isabelle Stoffel, es atrayente, en medio de las suposiciones, de la tristeza y la dependencia emocional, pero también física, tangible, cuando llega el momento en que se piden la foto, porque las caricias las proporcionan las palabras. Las cartas palían esa ausencia, son como anclas que se asientan en el fondo de los corazones, y consiguen salir de la enmohecida rutina inquietando en la mente y los sentimientos que antes iban a la deriva. Cuando se interrumpe esa correspondencia, queda un vacío, se abre un panorama negro, el silencio, la angustia, la sensación de pérdida, porque ya se ha establecido Una forma de vida, y no se depende solo de uno mismo. Hasta la próxima crónica, considerado lector.
INFORMACIÓNUNA FORMA DE VIDA Dramaturgia: Isabelle Stoffel y Juan Ceacero Dirección: Juan Ceacero Elenco: Juan Ceacero, Isabelle Stoffel Producción: La_Compañía exlímite | Recycled Illusions Lugar: Teatro de La Abadía - Sala José Luis Alonso
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