Sin duda, un escritor como Juan Gabriel Vásquez, galardonado con los premios Alfaguara, IMPAC Dublin, Gregor von Rezzori, Real Academia Española, Bienal de novela Mario Vargas Llosa, Casa América latina de Lisboa, Novela Europea o mejor libro extranjero entre otros, traducido a más de treinta idiomas, siendo él mismo traductor de J. Conrad y V. Hugo, miembro de la Academia Colombiana de Lengua y columnista del diario El País, sugiere un perfil en el que necesariamente hemos de detenernos. La novela que nos ocupa reitera su doble compromiso con la literatura y la vida, tejiendo tramas tan delicadas como polifónicas participando de un pacto con lo autobiográfico y la novelización de una figura tan espectacular como la escultora Feliza Bursztyn, cuya vida a todas luces, ofrecía los argumentos más convincentes para una novela magnífica. Su vida, pero sobre todo su muerte, pues fallecer en 1982 en un afamado restaurante de París, con 48 años, con García Márquez entre los comensales, convertida en enemiga amenazante de los intereses nacionales, y entonces en exilio, nos remite directamente al génesis de la novela. Un artículo de Gabriel García Márquez, publicado en El País (20-enero-1982) ponía el acento en un singular “se murió de tristeza”. El agotamiento existencial, pero también físico por las soldaduras de materiales tan dispares y la permanente inhalación de humos metálicos tóxicos, la artista colombiana, hija de emigrantes polacos judíos, se cruza con el retrato de un país marcado por convencionalismos y convulsiones sociales extremas. El uso pionero que hizo de la chatarra, motores y todo tipo de desechos industriales para crear obras fantasmagóricas, críticas con la industrialización y la violencia y al mismo tiempo con una estética poética y comunicativa, esencialmente conceptual, pues dotaba de nueva significación a los materiales descartados y arrojados a la basura, circunstancia que reforzaba con movimientos y sonidos, todo un testimonio de resistencia artística y de ataque al machismo de la época. El anhelo por interactuar de Feliza Bursztyn en cierto modo se corresponde con la recreación de los personajes de la mano de Juan Gabriel Vásquez, que ubica todo el entramado narrativo en lo cotidiano dando si cabe, mayor verosimilitud a todas las figuras. Hay una voluntad viajera (Nueva York, Cuba, Méjico, París), crítica (reflexión, fricciones, resistencia) y cosmopolita (oscila de las aspiraciones revolucionarias vividas en Cuba, hasta el mayo del 68 parisino o una lucha contra el racismo y por los derechos civiles) que trasciende los actos individuales de cada personaje en una meditación sobre la condición humana, y de modo especial, sobre la muerte. Inclusive de muerte moral, como así lo dictó el padre de Feliza. Los nombres, acaso la existencia de la escultora no fue fácil, por abandonar su primer marido, por separarse de sus hijas, por pegarse al arte, por su amor con el poeta Jorge Gaitán Durán que fallece en un accidente aéreo. Por consiguiente, traspasa el ámbito propio de la novela, pues es además un documento histórico sin aspavientos ni artilugios, repleto de autenticidad como lo fue el discurrir de Feliza. El movimiento y sonido que poseían las esculturas de Feliza Bursztyn tienen sus correspondientes efectos en la frase de J.G. Vásquez. No hay pausa ni silencio, es un permanente entrelazar los personajes a distinta época, las distintas épocas en los personajes. El París de Breton, luego de Mitterrand, de todos los artistas exiliados, configuran la educación sentimental del escritor, pero es a la vez un apasionado compendio y no menos vehemente defensa del arte en todos sus rincones. El lector tiene la sensación de ir paseando codo a codo con la protagonista, y, el narrador se acerca para tensar aún más la emoción, recordando que es necesario resistir, que hay que mantener la independencia, que todos los acontecimientos históricos irán moldeando no sólo a Feliza, sino a su entorno, y especialmente a lectores y lectoras. Si se quiere nos da una clase práctica de cómo transformar las experiencias en literatura. Literatura de primer nivel, exploradora de identidades reales a través de la imaginación. Si se quiere también, un respeto indudable al magistral realismo mágico, que también transitó por París, así como un deseo de renovación que se agudiza en sus fórmulas artísticas, paradójicamente en sociedades que se derrumban, rompen o se imponen dictatorialmente, ya que deja un vasto y complejo espacio para formular preguntas. Hemos percibido la novela como una reflexión sobre la muerte, una búsqueda por los pasillos de la condición humana, una celebración del arte, una atención suprema a las formas del lenguaje, pero finalmente también es una esperanza, aunque todavía sin ejecutar, ante la necesidad de acabar con todo tipo de violencia. Al tiempo, parece decirnos que hemos de desalojar viejos paradigmas, ideas caducas y una visión del mundo que debería haberse superado ya. Le sumamos la sutileza del lenguaje. Solo como muestra, una entrevista a la escultora (pgs 204-209), plantea en esas páginas a través de preguntas sobre su arte, el tema central de la novela, Feliza y su entorno histórico. La escultura “Homenaje a Gandhi” , una escultora de más de 4 toneladas, alcanzando los 13 metros de altura y realizada con chatarra, se eleva en pleno Bogotá y es el inicio de la entrevista. El periodista trata de sorprender a la escultora: “-¿Ese Camilo es Camilo Torres?” “-Muy bien, lo felicito. Y antes de que haga más preguntas inteligentes: ese Movimiento hacia la izquierda es un movimiento hacia la izquierda”. “-¿Pero está de acuerdo con los que dicen que las esculturas son deliberadamente eróticas”. “-¿Qué tal que fueran accidentalmente eróticas”. “Pero es que las camas se mueven”. - “ Pues por le menos hay algo que se mueve en este país”. - “¿Sus nuevas esculturas son políticas o eróticas?” - “Nadie dijo que haya que escoger”. La novela ha llevado a Ariel Dorfman a considerar que “Vásquez ha sucedido a García Márquez como el gran literario de Colombia”. Les invitamos a que lo descubran.
Por un lado, las autocracias supuestamente de izquierda, que son fracasos de autoritarismo, violación de derechos humanos, censura y cárceles llenas de presos políticos, como son Venezuela, Nicaragua, Cuba. Y, por otro lado, las nuevas derechas, que no hay que dudar en calificar de extremas, que beben directamente de una cierta retórica de las dictaduras militares que tanto daño hicieron en América Latina, y de una intención por lavarles la cara. Eso es Milei y eso es Bolsonaro, y es dramática la situación. Y, en medio de esta polarización, hay intentos de buscar un espacio para la socialdemocracia o, en todo caso, para la política moderada, y se ahogan y no encuentran lugar. Por eso, yo saludo y elogio momentos como el que tuvo Gabriel Boric hace unos días, cuando dijo explícitamente: "Desde la izquierda les digo: Venezuela es una dictadura". Foto de Juan Gabriel Vásquez con la cita: “Vivimos momentos tremendamente convulsos y confusos en América Latina”. Te refieres a la toma de posesión de Nicolás Maduro en Venezuela. Sí. Eso es lo que me parece que es el camino de la izquierda latinoamericana: la claridad mental e ideológica de condenar los autoritarismos como Venezuela y Nicaragua, y eso no lo han tenido siempre ni el presidente Petro, ni el presidente Lula, y es preocupante. Como le sucedió a Feliza Bursztyn, volvemos a tener en América Latina a intelectuales que tienen que exiliarse o que son expulsados de sus países. Estoy pensando, por ejemplo, en Gioconda Belli y Sergio Ramírez, de Nicaragua. Que en nuestro tiempo un gobierno latinoamericano pueda retirarle la nacionalidad a un novelista y expulsarlo del país, como lo han hecho con ellos, me parece inaudito. Hay todavía en Latinoamérica gente que mira para otro lado cuando esto sucede, y gobiernos que por distintas razones de conveniencia entran en una especie de complicidad tácita. Pasó también con el México de López Obrador. Vivimos momentos tremendamente convulsos y confusos en América Latina. Feliza siempre defendió su independencia y su libertad ideológica, no quiso comprometerse con ningún partido político y eso despertaba recelos. Esto es algo que sigue ocurriendo hoy, donde constantemente tenemos que definirnos de alguna forma…. Yo creo que mucho más ahora. Es decir, esa exigencia que le hizo la Revolución cubana a los intelectuales, a los artistas en América Latina durante muchos años, hoy se lo exigen las redes sociales a todo el mundo. Hay una necesidad de definirse a nivel ideológico, identitario, a nivel de convicciones y hasta en las cosas más banales. Es una exigencia que acaba encerrándonos a todos en cajitas de comportamiento y cajitas ideológicas, que se vuelven pequeños fundamentalismos y nos dividen y nos enfrentan de manera terrible. Nos hemos convertido en pequeños fundamentalistas de causas cada vez más pequeñas, que son, con frecuencia, políticas, pero con más frecuencia identitarias. Pienso que esto nos ha dificultado y ha entorpecido inmensamente a nuestras conversaciones políticas con resultados terribles, con una consecuencia muy nociva para nuestro comportamiento democrático y como ciudadanos. Feliza Bursztyn en una de sus exposiciones Fuente de la imagen, Cortesía de Feliza Fleischer Pie de foto, Feliza Bursztyn junto a uno de sus osados experimentos escultóricos llamado "La baila mecánica". Feliza intentó también romper con esa prescripción sobre el lugar que se supone que tenía que tener la mujer dentro de la pareja, de la sociedad y del arte... Sí, se tuvo que enfrentar a las fuerzas que intentaban moldear su vida, o decirle lo que debía hacer, cómo debía ser como mujer, como madre, como artista, como ciudadana. Su vida fue una larga experiencia de enfrentamiento a las fuerzas religiosas, familiares, sociales, que intentaron siempre limitarla; un intento por liberarse de ellas, de esas camisas de fuerza, por decirlo así. Cuando su primer marido intentó prohibirle su vocación artística, pues ese matrimonio estalló en pedazos y ella tuvo que pagar precios muy altos, como la pérdida de la convivencia con sus hijas, que ese marido se llevó para Estados Unidos. Cuando empezó a trabajar como escultora, percibió inmediatamente la resistencia de un mundo del arte que era predominantemente masculino y machista. Y cuando comenzó a trabajar con ciertos materiales, materiales toscos, de desecho, chatarra recibió también la condena de parte de ese medio artístico por no ser lo suficientemente femenino, por no hacer el arte que se suponía que debían hacer las mujeres. Esa anécdota que relatas del día que se colocó un collar de perlas en mitad de una entrevista cuando el periodista le dijo que su arte no era muy femenino… Sí, la anécdota del collar de perlas es fantástica. Al final de su vida, su terca independencia la puso en una situación difícil. Era una mujer que al mismo tiempo defendía o simpatizaba con la Revolución cubana, pero que abría su casa para que políticos conservadores lanzaran su candidatura a la presidencia. Y era muy amiga de uno de ellos, Belisario Betancur, que fue presidente de Colombia. Su libertad la puso con mucha frecuencia en posiciones de contradicción, de ambigüedad, en lugares grises. Y eso, en ciertos espacios, no se tolera bien. Feliza Bursztyn. Fuente de la imagen, Cortesía de Pablo Leyva Pie de foto, Feliza Bursztyn pagó un precio muy alto por su libertad. Se dice en un momento en la novela que "si Feliza pintara eucaliptos en acuarela, nada de esto habría pasado". Me resulta interesante cómo un arte transgresor y en cierto modo incomprendido pudiera percibirse como una amenaza. Porque reta al espectador. Pero no se te olvide un ingrediente muy importante: en muchos de sus últimos trabajos había un componente erótico grande, y eso, en una sociedad conservadora católica molestaba mucho. Feliza era una mujer libre que había hecho gala de esa libertad en su vida y en público, a los ojos la gente, utilizando su arte para provocar. Y esto fue parte de la condena que recibió de la sociedad colombiana cuando lo que necesitaba era su apoyo. Pero ella, que era una mujer de una inteligencia feroz, no era una perseguidora de enfrentamientos, más bien siempre acudió a la ironía y al sarcasmo, cosa que también molestaba a sus interlocutores. Era un personaje de una riqueza y ambigüedad extraordinarias, llena de aristas y matices. Y, claro, todo esto es un regalo para un novelista. El desarraigo que produce el exilio, y que lo vemos en tantas personas hoy, es lo que vivió Feliza Bursztyn y, de alguna forma, la mató por dentro. Sí, yo creo que la chispa, el primer pálpito de la novela, que es esa frase de García Márquez en la que dice que Feliza Bursztyn murió de tristeza, a mí me lanzó a una investigación y una exploración por un intento de darle respuesta. Y la novela, todas sus 275 páginas, son mi respuesta a la pregunta de si Feliza Bursztyn murió de tristeza. Esa respuesta no se puede resumir porque, justamente, pasa por un recuento de los golpes que tuvo con la vida, que fueron muchos, que terminaron con su exilio. Y su exilio no era cualquier exilio, se dio en ciertas circunstancias, provocado por ciertos abandonos de sus amigos, de su país. Se sentía abandonada por su país. Contarle al lector el arco de la vida de Feliza, con cada uno de los choques de frente que tuvo con el mundo, era para mí la única manera de cubrir si efectivamente el diagnóstico de García Márquez podría tener algo de verdad. Y mi respuesta es que sí. Que efectivamente Feliza Bursztyn murió de tristeza. Lo que pasa es que la razón no la puedo dar en una sola frase, hay que leer toda la novela. Juan Gabriel Vásquez. Fuente de la imagen, Federico Bottia Pie de foto, "Vienen tiempos muy oscuros con esta entrega del inmenso poder del gobierno norteamericano a un puñado de multimillonarios que han jugado a la destrucción de nuestra convivencia", dice Vásquez. Tú has dicho que fuiste a París en busca de un mito, ese lugar de encuentro de la literatura latinoamericana. ¿Dónde crees que está ahora ese lugar cuando se están cerrando tantas puertas en tantos sitios? Yo también me lo pregunto y desde luego no lo veo con claridad. Creo que, con una parte de su identidad, París sigue siendo eso. Es una ciudad a la que yo le tengo mucha gratitud y en la que detecto esa resistencia a los impulsos contrarios que son estas xenofobias que campan y que cada vez obtienen resultados electorales más positivos. Ahora estoy a punto de instalarme en Madrid. Es una ciudad que para mí está llena de amigos, está llena de libros. Tiene una relación con la literatura latinoamericana cada vez más fuerte y me hace pensar en que algo muy muy provechoso, muy fértil, está ocurriendo aquí. Yo creo que hay energías, hay corrientes subterráneas que siguen defendiendo esa idea de expatriación, de lugares de acogida de encuentros de culturas y, desde luego, para mí sigue siendo definitiva la idea de Carlos Fuentes del "territorio de La Mancha", una especie de gran república internacional donde todos los escritores de la lengua española estamos viviendo y buscando y tratando de escribir nuestros libros. Como en "Volver la vista atrás", donde relatas la vida del cineasta colombiano Sergio Cabrera, en Feliza usas la ficción para retratar a un personaje de carne y hueso. ¿Es necesaria la ficción para poder llegar a entender la vida de personajes reales? En "En busca del tiempo perdido", la novela de Proust, que me gusta mucho, hay esta conversación entre Marcel, el narrador, y la mujer que trabaja en su casa sobre los personajes. Y esa mujer dice que los personajes de las novelas no le interesan tanto porque son inventados. Entonces, Marcel dice que el problema con los personajes reales es que los percibimos a través de los sentidos. Entonces, siempre hay algo opaco, siempre hay algo que no logramos penetrar. En cambio, a un personaje de ficción lo percibimos a través del alma, y entonces logramos entenderlo mejor. Mi intento en toda la novela es ese, es ver a Feliza, que fue un personaje real, que ocupó espacio en el mundo, verla a través de la imaginación literaria de manera que podamos entenderla con el alma, y llegar a conocerla como probablemente nadie la conoció en vida. Puedes comprar el libro en:
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