Desde siempre la literatura sobre las Cruzadas ha tenido mucho predicamento entre los medievalistas; ya que durante varios siglos se produjo un enfrentamiento complejo y difícil entre, grosso modo, cristianos y musulmanes por el dominio de Tierra Santa. Esto es lo que el profesor Jonathan Phillips, especialista conspicuo en Las Cruzadas del Royal Holloway de la Universidad de Londres nos presenta en esta obra. En la Plena Edad Media, en el mundo cristiano las cruzadas serían consideradas como virtuosas, justas y positivas; ya que la fe cristiana-católica marcaba el modelo de vivencia y los límites existentes en todos los aspectos del proceder social, ya que detrás de toda la sociopolítica regidora del hecho estaba la voluntad de Dios Todopoderoso, y el temor que su concepto generaba en todos los creyentes del Medioevo europeo. Se tenía la certidumbre de que la lucha, sin cuartel, contra los enemigos del Único Dios, que en este momento eran los mahometanos y, por extensión y en ocasiones inexplicablemente los cristianos-ortodoxos de Bizancio, era justa absolutamente, ya que el fin obvio para ellos era que así eludían la posibilidad de padecer las terrible penas y tormentos del infierno. Todo el mundo medieval participaba en las cruzadas y su concepción; desde emperadores, papas, reyes y reinas, obispos, duques y condes, llegando hasta la burguesía comercial y universitaria, los campesinos y hasta las prostitutas. Por consiguiente, en los siglos XII y XIII era una actividad aceptaba y protegida por toda la sociedad, inclusive desde puntos de vista culturales. Todo ello era contemplado, primero como defensa, y luego para tratar de conservar lo que habrían ya conquistado, manu militari, y desde la nada absoluta, comenzada en La Meca y Medina, para luego ir in crescendo hasta dominar un importante territorio, que a continuación sería colonizado imponiendo su esencia religiosa y doctrinal. No se pueden olvidar los nombres paradigmáticos, que están en la consciencia histórica e historiográfica de los que se acercan a las cruzadas. Citaré algunos tales como: Ricardo Corazón de León, Godofredo de Bouillón, Hugo de Payns, Felipe Augusto, Luis VII y Leonor de Aquitania, Federico Barbarroja, Balduino IV, Saladino, San Luis IX, Melisenda, Abdul Hamid II, Al-Nasir, los templarios y los asesinos, etc. “No obstante, la religión no fue el único motor de los cruzados. Parte de la fascinación por la época de las cruzadas, y uno de los temas de este libro, consiste en comprobar la forma en que otras ideas, como el atractivo de la conquista de tierras y obtención de botín, el sentido del honor y la tradición familiar, el deseo de aventura y la obligación de servir, acompañaron a la religión, y a veces la asfixiaron. Dada la imposibilidad de atribuir motivaciones precisas a cualquier individuo desde una distancia temporal tan grande como la que media entre nosotros y la época de las cruzadas, debemos sopesar las pruebas disponibles y señalar tendencias y probabilidades. Las acciones de la mayoría de los cruzados obedecían a varios motivos superpuestos, y algunas conductas que pueden parecernos contradictorias no siempre se consideraron como tales. Así, cuando los cruzados de Génova, potencia mercantil, derrotaban a los musulmanes y, al mismo tiempo, obtenían beneficios para su ciudad, interpretaban su éxito como una señal de aprobación divina. Dicho de otro modo: en estas circunstancias, no les costó asimilar la existencia de un estrecho vínculo entre el dinero y la guerra santa. Del mismo modo, la caballería y las cruzadas estaban entrelazadas de forma compleja. A mediados del siglo XIII, el código caballeresco se había convertido en la base por excelencia de la vida noble, y la búsqueda de fama y hazañas heroicas era -si se realizaba en nombre de Dios- la cúspide de la gesta caballeresca y no, como puede parecernos a nosotros, un mero ejercicio de construcción del ego. Los motivos económicos y los excesos militares pudieron, en algunos casos, dominar o distraer las expediciones cruzadas y, en ocasiones, esto provocó fuertes críticas. El asunto de la motivación fluctúa y se desplaza a través del tiempo y el espacio, y tratar de rastrearla forma parte del reto y la emoción de este tema”. Se ha considerado desde siempre que la convocatoria de la Primera Cruzada se produjo en la predicación, en la Catedral de Clermont-Ferrand por parte del Papa Urbano II (1042-1099), en el año 1095 d.C., cuando el apesadumbrado Sumo Pontífice de los católicos recibió la noticia del poder islámico jerosolomitano, y los cristianos de Europa se prepararon para luchar contra los musulmanes. Los intelectuales del cristianismo medieval consideraron que siempre que la cruzada se oponía al yihad era por una causa justa, y además, ambas civilizaciones monoteístas pretendían lo mismo, que era como imponer su forma de entender la relación con la divinidad. Los cristianos consideraban que esta era una guerra claramente aceptable y no criticable, según el concepto emanado del derecho romano. A principios del siglo VII d.C., entre los árabes aparecieron las enseñanzas de su profeta Mahoma, cuyas enseñanzas se extendieron rápidamente, desde el año 632 hasta llegar a la propia conquista de la ciudad de Jerusalén. El Islam se encargó de fusionar la autoridad religiosa con la política y militar por medio de la institución del califato. En el año 711 los musulmanes cruzaron el Estrecho existente entre el Norte de África y el Reino visigodo de Toledo, y derrotaron de forma inexplicable al ejército del rey Rodrigo; en este momento daba comienzo lo que sería definido como Al-Andalus hasta 1492. Todo esto tuvo una serie de secuencias evolutivas que crearon suma preocupación en la Europa católica. Desde la conquista de Sicilia en el año 832, y hasta el intento de asaltar Roma en el 846, su avance fue casi imparable. Tras conseguir la conversión al sunismo de los turcos selyúcidas, estos serían el martillo inapelable del Islam contra un debilitado y ya comenzando a deteriorarse Imperio Romano de Oriente o Bizancio. En la batalla de Manzikert, año 1071, aplastaron de tal forma a los bizantinos, que consiguieron poner a tiro de piedra hasta a la propia Constantinopla. “La Europa que dio origen a la primera cruzada se caracterizaba, en esencia, por la violencia endémica y, en evidente contradicción, por sus profundas creencias religiosas. Tras el colapso del Imperio carolingio en el siglo IX, la región se vio asolada por la falta de una autoridad central. Condes, castellanos y caballeros competían entre sí por el poder local o regional, y en un paisaje agotado por las frecuentes cosechas arruinadas, los caballeros armados asolaban los vecindarios, robaban ganado y propiedades e incluso atacaban iglesias y monasterios. Con el poder real en Francia, por ejemplo, mejor descrito como vestigial (el rey no ejercía casi ninguna autoridad práctica a cincuenta kilómetros de París), el margen para el desorden social y la promoción personal era enorme”. Tras el discurso del Papa Urbano II, absolutamente incendiario, los caballeros europeos se prepararon para reconquistar la ciudad de Jerusalén, y sea como sea, el 15 de julio del año 1099 consiguieron asaltar las murallas ciudadanas y, a continuación, pasaron a cuchillo a sus defensores musulmanes, y así la ciudad de Cristo fue recuperada. Se estima que en la expedición participaron unas sesenta mil personas. Tras la conquista se pensó en su capitán Godofredo de Bouillon como monarca, pero este hombre, dentro de su humildad, renunció, ya que no deseaba ser rey en la tierra del Hijo de Dios, y solo aceptó el de ‘abogado del Santo Sepulcro’. A partir de ese momento histórico, la presencia cristiana en Sión sería de unos doscientos años. La obra está conformada por 12 capítulos, incluyendo uno (11º) muy curioso e interesante sobre el proceso a los templarios, hasta llegar a la Reconquista de Granada por Isabel I “la Católica” de Castilla y de León, y Fernando “el Católico” V de Castilla y de León, II de Aragón y I de Navarra, con la referencia a Cristóbal Colón y el dominio sobre Las Indias. El capítulo 12º está dedicado a Walter Scott, Osama Bin Laden y Georg W. Bush, que es lo que menos me ha gustado de este libro destacado, y no lo considero necesario. La bibliografía primaria y secundaria está muy estudiada y es muy esclarecedora. Le recomiendo al profesor Phillips el análisis sobre la batalla de Simancas, entre Ramiro II “el Grande o el Invicto” de León y Abd Al-Rahman Al-Nasir III de Córdoba, esencial para la Reconquista, pero casi desconocida para la historiografía actual. «La historia completa de las cruzadas, de Jerusalén a Granada. En el año 1095, en un exaltado discurso, Urbano II pronunció por primera vez unas palabras destinadas a convertirse en grito de guerra y marcar una época. “Deus vult!: la era de las cruzadas había comenzado. ‘Los guerreros de Dios’ narra de manera apasionante este trascendental periodo a través de sus protagonistas -caballeros y sultanes, reyes y poetas, cristianos y musulmanes- y nos adentra en la lucha entre dos de las grandes religiones del mundo. Jonathan Phillips traza los orígenes, la expansión, el declive y la conclusión de las cruzadas, desde la primera, con la exitosa conquista de Jerusalén, hasta el fiasco de la séptima en 1254. Todo ello sin olvidar otras cruzadas lejos de Tierra Santa, como la Reconquista, con acontecimientos tan cruciales como Las Navas de Tolosa o la toma de Granada en 1492. Escrita con pulso de novelista, esta es una historia épica llena de inolvidables figuras, desde Ricardo Corazón de León y Saladino hasta Melisenda, la formidable reina cruzada de Jerusalén, pasando por los líderes de las órdenes militares y grandes monarcas, como los Reyes Católicos. En suma, una obra imprescindible para cualquier persona interesada en la Europa medieval. La gran epopeya de la cruz, la media luna y la espada». ¡Obra excelente, directa, e importante, y muy bien contada! «Rex tamen, atque idem egregius virtute bellica. ET. Dum vivimus, vivamus». Puedes comprar el libro en:
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