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"Ermessenda", de Judá Barber

La Esfera de los Libros. 2024
viernes 24 de abril de 2026, 22:21h
Ermessenda
Ermessenda

Otra novela histórica magnífica, y ahora sobre la Condesa Ermessenda de Carcasona (¿?, 972-Gerona/San Quirico de Besora, 1 de marzo de 1057), que gobernó los condados de Barcelona, Gerona y Osona. Se casó con el conde Ramón Borrell de Barcelona (Barcelona, 26 de mayo de 972-Barcelona, 25 de febrero de 1017. Duque de la Hispania Citerior). Cuando enviudó gobernó en condominio con su hijo Berenguer Ramón I “el Curvo/el Corbat” (1005-1035), y fue tutora de su nieto Ramón Berenguer I “el Viejo” (1023-26 de mayo de 1076).

Se la definió como: enérgica, decidida y autoritaria con los nobles levantiscos. La Condesa Ermessenda coexiste con una auténtica epidemia mahometana, el azote de los cristianos, Abu Amir Al-Mansur “Almanzor”, que hizo la vida imposible al Rey Bermudo II “el Gotoso” de León, hasta que fue muerto por castigo divino, según el deseo de un monje de San Pedro de Cardeña: ‘Obiit Almansur et sepultus est in infero’. Las batallas, múltiples, son narradas con gran verosimilitud historiográfica, enorme emoción y un número abundante de detalles.

Barcelona, 6 de julio de 985. La madre lloraba amargamente. A sus pies yacía el cuerpo sin vida de su hijo, un niño de unos ocho años de edad. La mujer, temblando y gimiendo, se arrodilló desconsolada. Cogió al muchacho con dulzura y colocó su cabeza sobre el regazo, murmurando una angustiada plegaria a Dios mientras las lágrimas recorrían sus enrojecidas mejillas. El chico parecía en paz, con los ojos cerrados y la piel pálida. La única señal de violencia era una pequeña mancha de sangre en el pecho, que mojaba su sayo de lino pardo. El aspecto de la madre, en cambio, era abrumador. Iba medio desnuda, con el brial hecho jirones, y con el cuerpo lleno de golpes y arañazos. Pero no sentía ningún dolor físico, a pesar de tener algunos dedos rotos y las entrañas mancilladas con brutalidad. La congoja había desgarrado su corazón, había vaciado su alma, hasta hundirla en un abismo de oscuridad donde solo existía una pena inconsolable. Era de noche. Levantó la cabeza hacia el firmamento estrellado y gritó con todas sus fuerzas. Su estremecedor alarido, no obstante, fue engullido por la aterradora algarabía que vibraba en el cielo de Barcelona. La capital de los condados padecía el mayor tormento que jamás había sufrido en toda su historia, perpetrado por sus más crueles y despiadados enemigos. Los sarracenos”.

La condesa Ermessenda tiene una muy fuerte personalidad, y el monje Fruia en la catedral de Vic, el 7 de julio de 1002, indicaba que el conde Ramón Borrell tenía como esposa a la condesa Ermessenda de Carcasona, que era su muy hermosa esposa, y calificada como magnificente. Otro personaje importante por su calidad intelectual es del abad Oliba, que sería un magnate que lo dejó todo para poder vivir en paz con su conciencia y con Dios Todopoderoso, realizando su paso a la vida del monacato. Los personajes, muy vinculados a lo bélico están muy bien delineados. La documentación historiográfica es muy abundante, por lo que Judá Barber nos aproxima, de forma fehacientemente, a la época del siglo X. Es indudable que la condesa Ermessenda de Barcelona sería una de las mujeres más paradigmáticas y poderosas del siglo X en los territorios hispánicos. El 6 de julio del año 985, la ciudad condal de Barcelona es arrasada hasta sus cimientos, y como era habitual por parte de Almanzor, a sangre y fuego. El mayordomo de Hixam II es el hombre todopoderoso en el califato omeya de Córdoba, él decide absolutamente todo, y al califa solo se le permite que se dedique a rezar. Es la época de sangre, sudor, lágrimas, dolor y desolación. Ermessenda es el centro de la narración, y su inteligencia e ímpetu son asombrosos. Es el baluarte de la reconquista desde el condado de Barcelona. Además, y sobre todo, porque enseguida se queda viuda y deberá gobernar con su primogénito, y luego para dirigir el condado con su nieto. El autor es un enamorado del Medioevo, y por ello se documenta lo máximo posible sobre el hecho histórico sobre el va a escribir su novela histórica.

Algunos edificios ardían y sus llamas iluminaban aquella noche de horror. Las figuras de los invasores pasaban por delante, cargando sacos repletos de botín y arrastrando a más prisioneros. En la misma plaza, el fuego devoraba un edificio. Udalard conocía a sus dueños una acomodada familia de comerciantes. En ese momento, fue incapaz de recordar sus nombres, pero reconoció al padre, tendido delante de la vivienda, sin moverse. Cerca, dos soldados forzaban a una mujer de cabello dorado, agitándose violentamente sobre ella. No podía ver su rostro, aunque supuso que era la señora de la casa. Sabía que eran personas devotas y prudentes, que trabajaban duro y sin descanso, con tres hijos que no veía por ninguna parte. Ahora las pertenencias ganadas con tanto esfuerzo estarían en la bolsa de algún infiel, mientras unas enormes llamas consumían la estructura y lamían las paredes de piedra ennegrecida de lo que había sido su lujoso y acogedor hogar”.

Es auténticamente genial la narración fenotípica sobre cómo era el canciller del Califato omeya de Córdoba y hayyib o chambelán curial de Hisham II, Abu Amir Muhammad ben Abí Amir al-Ma’afiri “Al-Mansur/el Victorios (Turrush/Torrox, ca. 939-Medinaceli, 9 de agosto de 1002) “En ese momento, una comitiva musulmana entró en la plaza montada a caballo. Varios guardias bien armados y de aspecto fiero rodeaban a un señor alto, a lomos del mejor destrero que el vizconde había visto en su vida, de hermoso pelaje blanco, enjaezado de verde con decoraciones de oro. Un sarraceno miraba de un lado a otro, evaluando la situación con aire de seguridad y arrogancia, seguido en todo instante por un jinete que enarbolaba un estandarte también verde, color de los omeyas, con suras del Corán bordadas en blanco. Udalard siseó. Allí estaba el mayor servidor del diablo en persona, el azote de los cristianos: Abu Amir Muhammad ben Abi Amir al-Ma’afirí, conocido por todos como al-Mansus, ‘el victorioso’. El poderoso señor fue señalando varios lugares, repartiendo órdenes. El vizconde no podía ver su rostro, oculto entre las sombras de su yelmo dorado. Las llamas reflejaban y refulgían sobre el metal pulido, enmarcando una oscuridad tenebrosa donde debía de estar su cara. El cristiano se estremeció, podía sentir la presencia del maligno en aquellas tinieblas. Se persignó”.

Entre las diferentes acepciones con que son cualificados los hijos o creyentes en el profeta Mahoma, existen las siguientes, y que suelen aparecer en las crónicas cristianas: sarracenos o habitantes del desierto arábigo; árabes o procedentes de la península arábiga; agarenos, como descendientes del personaje bíblico de Agar, la sierva de Saray/Sara, la esposa del patriarca Abraham, y que ella le cede a su marido para que cohabite con ella y pueda engendrar un hijo, ya que Saray no lo puede tener, y así ese hijo será, según las leyes de Israel también de ella; ismaelitas, que aluden al nombre de Ismael, hijo de Agar y de Abraham, Ismael que es el patriarca que dará origen a los mahometanos; musulmanes o muslimes, que son aquellos que están sometidos a la voluntad de su Dios, Allah “el Misericordioso y el Todopoderoso”; mahometanos por ser los seguidores del profeta de Allah, Mahoma o Muhhammad; y caldeos que es el nombre que les otorgan los cristianos, por provenir de la Mesopotamia o de la Península de Arabia, donde los caldeos eran uno de los pueblos conformadores de Babilonia, y de Sumer, ‘Ur de los Caldeos’; asimismo, y para los cristianos serán siempre ‘los infieles’. Siento desilusionar al autor de esta estupenda obra histórica y novelada, sobre la estatura de Almanzor, ya que está documentado que medía 1,50 metros de altura; asimismo el famoso diplomático y médico judío de Abd Al-Rahman III Al-Nasir, Saprut Hasday medía entre 1,00 y 1,05 metros de altura. Todo lo contrario que los monarcas cristianos protagonistas de la Batalla de Las Navas de Tolosa: Alfonso IX de León/1’90; Alfonso VIII de Castilla/1’80; Sancho VII de Navarra/2’13; y Pedro II de Aragón/2’00.

Udalard se dobló un instante, encogido por el súbito dolor. Inspiró lentamente, recuperando el aire, hasta que pudo volver a levantar la vista, a tiempo para contemplar cómo varios guerreros de la media luna agarraban a los clérigos, en medio de chillidos sobrecogidos del resto de cautivos, y los arrastraban por el suelo. Los hombres no protestaron, a pesar de las patadas y los golpes que recibían, manteniendo sus manos unidas en todo momento, como si aquel gesto fuera suficiente protección. Ni cuando los acercaron al edificio que ardía con virulencia, entendiendo lo que les aguardaba, alzaron sus voces. Los musulmanes los arrojaron a las altas lenguas de fuego, tosiendo por el humo negro que se elevaba hacia el cielo, invisible en la oscuridad de aquella noche sin luna ni piedad. Entonces sí que se oyeron unos aullidos horripilantes. -Que el Señor nos proteja- murmuró el arcediano Arnulf, a las espaldas de Udalard”.

La batalla o sitio o cerco de Barcelona se produjo entre Almanzor y el vizconde Udalardo, este abandonado por su señor feudal, el rey de los francos Lotario (941-2 de marzo de 986). En los monasterios de San Cugat del Vallés, San Pablo del Campo, y San Pedro de las Puellas, monjes y monjas fueron masacrados y pasados a cuchillo. Los almajaneques/fundíbulos/trabuquetes tiraban cabezas humanas, en lugar de piedras, a razón de mil diarias. La tragedia finalizó con la esclavitud de los supervivientes. El 23 de julio Almanzor volvía victorioso a Córdoba.

«6 de julio del año 985. Barcelona es arrasada a sangre y fuego por las invencibles huestes de Al-Mansur, el implacable señor del califato de Córdoba. Son tiempos de dolor y desolación para los territorios cristianos de la península ibérica. En esos días oscuros, una joven llega a la capital de los condados para contraer matrimonio con Ramón Borrell, el futuro conde de Barcelona, Osona y Girona. La hermosa doncella, con una inteligencia e ímpetu asombrosos, pronto se sitúa en el centro del poder y la justicia. Ermessenda, la condesa, se enfrenta a terribles pérdidas, a brutales batallas y al dolor de su pueblo; pero su guía y coraje son el baluarte cristiano. Le acompaña el abad Oliba, un gran aliado en busca de la paz, aunque la guerra y el horror se presentan como el único camino de una tierra que lucha por regir su propio destino. Una novela imprescindible para conocer la figura de la condesa Ermessenda, una de las mujeres más poderosas e influyentes de la Edad Media». ¡Imprescindible y esclarecedora, y con una riqueza narrativa exponencial! «Donec Bithynio libeat vigilare tyranno. ET. Dum spiro, spero».

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