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CARTOGRAFÍA ÍNTIMA DE LOS AFECTOS

Reseña del poemario "Google Maps no responde", de María Rosal
jueves 23 de julio de 2026, 21:27h
Google Maps no responde
Google Maps no responde

En la sociedad contemporánea, existe una gran mayoría que está convencida de que bastan los dispositivos tecnológicos para orientarnos en cualquier lugar del mundo, ya sea para encontrar una calle desconocida, un restaurante escondido o el camino más corto hasta nuestro destino. Sin embargo, existen momentos en la vida en los que ninguna aplicación puede decirnos hacia dónde encaminar nuestros pasos y, mucho menos, nuestro corazón, ya sea cuando perdemos a aquellos que nos acompañaron, cuando la infancia se convierte en un territorio caliginoso o en los instantes en los que la memoria golpea nuestra puerta para susurrarnos el nombre que un día tuvimos. Es entonces cuando Google Maps deja de responder y solo queda la cartografía íntima de los afectos.

De esa cartografía está hecho el último y espléndido poemario de María Rosal, "Google Maps no responde", un libro que confirma una de las voces más personales y auténticas de la poesía española contemporánea.

En la obra La poética del espacio, el poeta y filósofo Gaston Bachelard escribió que “la intimidad necesita un nido”. Ese nido de María Rosal no se erige como espacio físico, sino como territorio moral y sentimental donde comparten universo la madre, el padre, un ángel mutante “tan bello y tan ciego que no es de este mundo”, la niña “flor de espuma en el acantilado”, los olores de la cocina, los objetos domésticos y sencillos o aquellas pequeñas escenas familiares que terminan explicando una existencia entera.

Mucha de la poesía contemporánea parece empeñarse en convertir la oscuridad en un mérito estético, confundiendo con frecuencia hermetismo y profundidad. María Rosal transita justamente por el camino contrario, orfebre de una obra transparente y despojada de artificios innecesarios que indaga y reflexiona en la belleza de lo cotidiano, como ese conmovedor poema titulado Maderas de Oriente, donde afloran estos entrañables y estremecedores versos: “Una caja de polvos de Maderas de Oriente:/ la huella del perfume, su materia,/ el tesoro escondido de mi madre./ Unas medias de seda del color/ de la luna, con costura ondulada,/ completaban el hato/ de su caudal de pobre”.

Ella ha optado por un lenguaje asequible, de tono civil, inmediato y comunicativo, alejado de la sacralización impostada, en la estela del poeta Paolo Ruffilli, quien escribió: “He aquí mi sueño de escritor: quitar peso, el mayor posible, a mi escritura .../… Por una ley de lo inversamente proporcional: cuanto más bajo es el tono, tanto más alto es el efecto”. Una claridad que no nace de la simplicidad, sino de una admirable depuración expresiva, en la senda de lo expresado por Christian Bobin: “la sencillez es la forma visible de la profundidad”. Ahí encontramos poemas tan luminosos, evocativos y jubilosos como Más que oda, elegía, Tabula rasa, El autobús o Caracoles.

Porque bajo esa aparente naturalidad laten cuestiones esenciales: el deseo, la memoria, la educación sentimental, la muerte, el paso del tiempo, la libertad o la identidad femenina. Y todo ello sin levantar nunca la voz, dejando que sea la emoción quien acampe serenamente y ocupe el lugar del discurso, transmutando la memoria en geografía moral.

No estamos ante una evocación nostálgica de la infancia o del pasado, sino ante la exploración de los caminos que hicieron posible la mujer que hoy escribe. Cada poema constituye una estación de ese viaje interior, donde la presencia de la madre resulta especialmente conmovedora, no como antagonista, sino como depositaria de un mundo, de una educación y de unos valores que marcaron a toda una generación de mujeres, ónfalo y arquetipo de una época: “menos libros y déjate de sueños,/ serás una mujer como Dios manda”. No hay crueldad en esas palabras. Hay miedo. El miedo de quien desea proteger a su hija enseñándole el único camino que conoce.

La madre transmite un mapa heredado, convencida de que fuera de él solo aguardan el fracaso o el sufrimiento. Frente a ello, el poema Primer día del verano -probablemente uno de los poemas capitales del libro-, donde la niña, incapaz de comprender las fronteras que otros han trazado para ella, muestra su conflicto y su disenso: “Nunca entendí las normas,/ por qué razón las niñas/ deberían velar/ un corazón para una sola llave”, exteriorizando con una hermosísima delicadeza la rebeldía frente a una educación sentimental construida sobre la obediencia.

Allí eclosiona uno de esos versos destinados a permanecer en la memoria del lector mucho tiempo después de haber cerrado el libro: “Mas mi madre a lo lejos: una sombra/ de aceite derramado en la acera”. No es un muro, ni siquiera una cadena; la madre es una sombra de aceite: una presencia que se extiende silenciosamente, que impregna cuanto toca y cuya huella resulta casi imposible de borrar. No hay reproche en esa metáfora, antes bien profunda comprensión, estableciendo un vínculo de amor con una mujer que nunca pudo imaginar otro horizonte para su hija, tal y como propuso María Zambrano, señalando que la verdadera piedad consiste en “saber tratar con el otro”, comprender antes que juzgar, reconocer, respetar y acoger la alteridad sin destruirla, desde una abisal capacidad para elevar la experiencia personal hasta convertirla en patrimonio colectivo que atraviesa el poemario, como el pasaje del poema El abismo, em el que la maestra deja de ser un personaje para convertirse en símbolo del miedo infantil: “Entregar el cuaderno era rendirse,/ ofrecer al verdugo la desnudez del cuello,/ asomarse al abismo” o en el poema La factura, donde el traslado de los restos de la abuela desemboca en una escena de una humanidad desarmante, cuando el enterrador, sosteniendo el pequeño cráneo entre sus manos, rompe toda solemnidad con una pregunta burocrática: “mañana pasaré sobre las doce,/ dígame quién abona la factura”.

La vida y la muerte, lo trascendente y lo cotidiano, conviven aquí con absoluta naturalidad. Y, sin embargo, el libro no se instala nunca en la melancolía o en la añoranza enguayabada. Al contrario, el texto se establece desde una prodigiosa arquitectura de claridad y luz. De una luz humilde que nace de las cosas sencillas: un autobús esperado junto a la madre, un Seiscientos convertido en promesa de libertad, las gatas llamadas siempre Rosi, un naranjo plantado por el padre, la caja de polvos de Maderas de Oriente capaz de dignificar la pobreza o ese instante emotivo del poema Ritual del invierno, donde la madre enseña inútilmente a tejer a su hija, hasta que el poema se abre de pronto hacia una dimensión inesperada, metáfora de la existencia y de la supervivencia: “Hoy suplo mi ignorancia con YouTube,/ con vídeos lentos donde la vislumbro./ Acudo a sus lecciones,/ persigo sus secretos. Y el revés…/ lo trabajo como puedo”.

Ese sea, quizá, el verdadero sentido del poemario. Cuando los itinerarios prefabricados dejan de servirnos, cuando la tecnología pierde la cobertura, únicamente permanecen los mapas invisibles que fuimos dibujando sin saberlo: la memoria, el padre, el amor, las pérdidas, la rebeldía, los pequeños gestos cotidianos, la infancia, la madre, los objetos humildes, el primer deseo, el miedo, la casa y todas las voces que todavía resuenan dentro de nosotros, resistiéndose a sucumbir.

María Rosal ha escrito un libro bellísimo, profundamente humano, de esos que no buscan exhibir inteligencia sino compartir verdad y afectos. Un poemario que dialoga con el lector desde la cercanía, que emociona sin sentimentalismos y que demuestra que la mejor poesía sigue naciendo allí donde la vida, despojada de todo artificio, encuentra por fin las palabras justas.

En una época obsesionada por la velocidad, la utilidad y lo coyuntural, este libro nos recuerda que la verdadera orientación nunca dependió de satélites, sino de aquello que fuimos capaces de amar.

Cuando Google Maps no responde, nos queda la poesía. Porque existen senderos que ningún algoritmo puede cartografiar. Y es entonces cuando las palabras, luminosas, fundantes, germinativas, alumbran con su luz silenciosa y nos recuerdan, casi sin advertirlo, el camino de vuelta a casa.

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