Este libro es magistral y, porque no decirlo, fuera de serie, y por ello refuerza claramente a los que somos creyentes. Los dos autores Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies indican, sin ambages, que la obra fue el resultado de una investigación de más de tres años y, además, con la inestimable ayuda de veinte especialistas. En este libro se muestra, sin el más mínimo problema, que la ciencia y la existencia de Dios no deben estar enfrentadas, y que los argumentos científicos, sensu stricto, nos pueden y deben, si existe una limpieza de análisis, conducir hacia la fe inmarcesible sobre la existencia de Dios Todopoderoso. Está claro que el inexplicable y absurdo materialismo, con el marxismo-leninismo a la cabeza, que parece que le hace daño la existencia de la divinidad o que desea adocenar a los seres humanos, está lleno de elementos irracionales para poder apoyar la inexistencia de Dios. El libro contiene las pruebas científicas más consolidadas para subrayar la existencia de Dios, y ellas se fundamentan en el estudio de la cosmología más reciente. No obstante, y como es de rigor, los profesores Bolloré y Bonnassies se apoyan, asimismo y como es de rigor, en otras disciplinas científicas, verbigracia como son: la biología, la filosofía, la historia con mayúsculas, la existencia histórica del Hijo de Dios o Jesucristo, el estudio sobre la Biblia, y los milagros realizados por la Virgen María en la portuguesa aldea de Fátima. Para que el libro pueda resistir, y lo consigue sin ambages, los inevitables ataques del ateísmo militante y de sus adláteres, los autores explican con todo lujo de detalles la controvertida Teoría del Big Bang, además de las pruebas que la sustentan. Además, presentan una recopilación importante de citas de científicos y de filósofos sobre la relación indubitable entre la ciencia y la fe en Dios. Además, nos ofrecen los casos innumerables de como los regímenes totalitarios de un signo o de otro persiguieron, siempre sañudamente, a los científicos teístas. Niegan, con argumentos importantes, lo falso que es el azar como argumento racional y, para finalizar dejan bien claro las múltiples contradicciones del materialismo histórico siempre dogmático. La obra deja bien claro lo absurdo que es pensar que el científico, para llegar a la excelencia de la racionalidad, debería ser ateo y no preguntarse nunca sobre si existe o no Dios. Lo contrario es que los campos de la cosmología y de la propia vida de los seres humanos nos conducen, de forma racional, a la existencia de Dios Todopoderoso y Creador. La negación absoluta de la existencia del Ego Sum Qui Sum, por parte de los ateos es ridículo, ya que se niega algo que no se conoce, por no haberlo visto nunca, y entonces podemos preguntarnos como sabemos sobre la existencia de personajes importantes de la Historia, de los que asimismo únicamente tenemos textos, léase: Felipe II o Aníbal Barca o Leonor de Aquitania, etc. “Nuestra capacidad para aceptar una tesis, incluso científica, no depende solamente de las pruebas racionales que la acreditan, sino también de la implicación afectiva vinculada a las conclusiones de dicha tesis. Es así como, a modo de ejemplo, podemos ver que hoy hay temas científicos emotivamente neutrales, como, por ejemplo, la causa de la extinción de los dinosaurios, el origen la Luna, la manera en que el agua apareció en la Tierra o la desaparición brutal del hombre de Neandertal, asuntos acerca de los cuales los científicos debaten a veces con vivacidad, pudiendo cada uno sostener tesis diferentes e incluso opuestas, pero cuyas implicaciones intelectuales, sean cuales sean, serán finalmente aceptadas por todos, ya que se trata de temas que carecen de contenido emocional. Sin embargo, a partir del momento en que se entra en temas sensibles que, incluso cuando son temas científicos, están en parte politizados, como el calentamiento climático, la ecología, el interés de la energía nuclear, el marxismo económico, etc., la inteligencia no se ve tan libre de razonar con normalidad, ya que las opciones políticas, las pasiones y los intereses personales interfieren con el uso de la razón. El fenómeno es particularmente acusado cuando se aborda el tema de la existencia de un Dios creador. Frente a esta cuestión las pasiones se ven aún más exacerbadas porque lo que está en juego, en este caso, no es un simple conocimiento, sino nuestra propia vida. Tener que reconocer, al concluir un estudio, que uno podría ser tan solo una criatura procedente y dependiente de un creador es algo que muchas personas consideran como un cuestionamiento fundamental de su propia autonomía”. Existen seres humanos que consideran que la existencia de Dios condicionaría siempre su libertad, algo absurdo ad infinitum, ya que el respeto al libro albedrío es inherente a la esencia de la divinidad. A principios del siglo XX se asiste al triunfo de la teoría del materialismo-histórico, hasta tal punto fue su fuerza que ha llegado a transformarse en una creencia claramente irracional, ya que la negación de la trascendencia deja a los seres humanos ceñidos a que el paso por la Tierra no tiene más finalidad que la de existir. Por consiguiente, estamos llegando a las antípodas de lo que pensaban las mejores civilizaciones del pasado, las cuales no se aferraban a la existencia terrestre, y me estoy refiriendo a cuatro de las más paradigmáticas: Cartago, Roma, Atenas o Esparta, y eso que sus dioses estaban muy ceñidos al devenir vivencial habitual humano. Yo estimo, modestamente, que, si el Universo tuvo un principio en el tiempo, es porque existió una causa creadora, que se debería llamar Dios. Los autores defienden que el modelo estándar del Big Bang conlleva la prueba irrefutable de la existencia de ese Dios creador por antonomasia. Para los ateos, por lo tanto, la teoría del Big Bang se transformó, a toda velocidad en el enemigo a destruir, ya que este hecho indicaba la existencia de la divinidad. En un momento determinado, la energía se comprime en un punto microscópico, esa presión estalla y comienza la expansión del Universo, y en este Principio es donde ya está Dios. Con todo ello se añade al conocimiento de Dios: la gravedad, la fuerza electromagnética universal, la velocidad de la luz, etc. Me ha gustado mucho su eclecticismo relativo a la autocracia genocida para lo religioso existente tanto y obviamente en el Tercer Reich alemán, como, y esto sí que se suele olvidar interesadamente, en el mismo régimen criminal de la URSS leninista. Escribe el profesor Rémi Brague que: “Este libro dice lo que hace y hace lo que dice. Ni más, ni menos. Muestra que la actitud agnóstica, e incluso atea, que hoy predomina en la mayoría de la gente bien posicionada, no es nada evidente. Al contrario, la ‘Ciencia’, sin abandonar su rechazo puramente metódico de hacer intervenir lo sobrenatural en su descripción del estado presente del Universo físico, permanece perpleja cuando tiene que rendir cuentas del origen del mundo, así como del origen de la vida. Ante su extrema improbabilidad, algunos científicos no creyentes dejan escapar adjetivos como ‘milagroso’. Otros forjan hipótesis que solo sirven para evitar la tesis, cada vez más probable, de una aparición simultánea del tiempo, del espacio y de la materia-energía. El ateísmo ahora ha de sentirse a la defensiva”. En la página 389 se califica a Cristo/Jesús como el Mesías y el Hijo de Dios hecho hombre; estos dos calificativos son antitéticos, ya que el UNGIDO o MESÍAS era un enviado por Yahwéh-Dios, pero no era Dios, sino un hombre muy especial. La llegada de Cristo o Jesús de Nazaret a la Tierra fue profetizada en lo que podemos denominar como la época mesiánica. Además, y aquí ya está la paradoja del nacimiento de Jesús de Nazaret en Belén de Judea, porque los primeros que reciben esa noticia, son unos pastores que apacentaban sus rebaños de ovejas en la zona, y este hecho es necesario valorarlo en su justa medida, ya que los pastores eran la escala final de la sociedad israelita del momento. No obstante, si Cristo fue enviado por Yahwéh-Dios lo hizo como su Hijo Unigénito; por lo tanto, Dios existe claramente, y sobre todo porque después del final de la Última Cena en Jerusalén, y en el Cenáculo de la madre de Juan Marcos, Cristo dice claramente que el Padre y Él son una misma cosa, y nadie puede llegar al Padre sino por medio del Hijo. «Una invitación a la reflexión y al debate: En este libro se revelan, tras tres años de trabajo en colaboración con una veintena de científicos y especialistas de alto nivel, las pruebas modernas de la existencia de Dios. Durante cerca de cuatro siglos, de Copérnico a Freud, pasando por Galileo y Darwin, los descubrimientos científicos se fueron acumulando de manera espectacular, dando a entender que era posible explicar el Universo sin la necesidad de recurrir a un Dios creador. Fue así como a principios del siglo XX se asistió al triunfo intelectual del materialismo. De manera tan imprevista como sorprendente, el péndulo de la ciencia se puso en movimiento en sentido inverso, con una fuerza insólita. Los descubrimientos de la relatividad, de la mecánica cuántica, de la expansión del Universo y de la complejidad de la vida fueron llegando uno tras otro. Estos nuevos conocimientos lograron dinamitar las certezas ancladas en el imaginario colectivo del siglo XX, hasta tal punto que hoy puede decirse que el materialismo, que nunca fue más que una creencia como otra cualquiera, está en vías de convertirse en una creencia irracional». ¡Lenguaje accesible y prístino para cualquier lector interesado. Apasionante obra con base científica amplia. Rigurosas pruebas sobre la existencia de Dios Creador y Todopoderoso. Libro magnífico y necesariamente polémico! «Romani ueteres peregrinum regem aspernabantur. ET. Etiam capillus unus habet umbram». Puedes comprar el libro en:
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