Este estupendo libro que se lee con interés preferente, alude a como el doctor Theodor Morell, médico personal del Führer Adolf Hitler, definía o denominaba a su paciente. Deseo y debo comenzar con un texto definitorio sobre qué relación existía entre el doctor Morell y Adolf Hitler. “Mi Führer, si hasta el presente usted hubiese sido tratado por un médico común, sus actividades se habrían visto interrumpidas durante tanto tiempo que el Reich habría corrido el riesgo de derrumbarse. He debido entonces aplicarle tratamientos cortos con elevadas dosis de medicamentos, que rozaban los límites de lo autorizado, lo que ha llevado a algunos de mis colegas a sospechar de mí. Pero acepté esta responsabilidad por usted, por Alemania, que de otra forma, en esta época trágica, habría colapsado”. Adolf Hitler era un ser humano sumamente extraño, solitario y sin amigos, ya que su desconfianza hacia la gente que le rodeaba sería reseñable claramente. Yo estimo de forma palmaria, que era una persona de un nivel cultural medio-bajo, y que intelectualmente era incapaz, parafernalia propagandista al margen, de comprender la recargada y compleja música operística, incluyendo Rienzi, de Richard Wagner. Sus discursos mitinescos y tumultuarios encandilarían, de forma inexplicable, pero sí fundamentados en su enorme pasión de dicción a la mayor parte de la sociedad alemana de los años-30, necesitada de líderes agresivos y fuertes que estuviesen capacitados para poder revertir la gran humillación de la inaceptable derrota en la Primera Guerra Europea, entre los años 1914 y 1918. Intelectuales y profesionales liberales universitarios de prestigio, además de militares del ejército alemán y de la más alta graduación, le siguieron, junto a la gente sencilla, porque a todos les manifestó aquello que deseaban escuchar fehacientemente. Él creó el concepto de que los germanos eran seres superiores, y los únicos preparados para dominar al resto del orbe. No obstante, esto es una verdad a medias, ya que desde el principio existieron alemanes que se opusieron a él, y nunca aceptaron sus visiones imperialistas y luego apocalípticas. Políticos (Oster), militares (Ludwig Beck), miembros de grupos religiosos como los católicos (von Galen), algunos luteranos (Sopie Scholl) y los testigos de Jehová, abogados (Wirmer), etc. “El Führer jamás visitó un hospital, ni un campo de concentración, ni una ciudad bombardeada. Hacía su vida en el despacho de la lujosa Cancillería de la Vosstrasse, en sus residencias o en los actos multitudinarios, en los que se veía absolutamente identificado. Siempre se acusó a Hitler de ser la encarnación del mal, pero él solo no pudo ser el responsable de todo. Los ejecutores de sus planes megalómanos fueron sus cómplices necesarios en la destrucción sin ética ni contemplaciones de millones de personas. Solo a modo de ejemplo, la mitad de los catedráticos de Psiquiatría alemanes de la época, los mejores del mundo, creyeron ciegamente en la superioridad de la raza aria y la argumentaron, aunque hoy todo el mundo esconda la mano”. Adolf Hitler estaba total y absolutamente en contra de las drogas, lo que es paradójico y sorprendente ya que él se mantenía, probablemente sin tener la consciencia de ello, a base de toda una batería de fórmulas magistrales que se le inyectaban por orden médica del doctor Morell. Los médicos de la Wehrmacht comenzaron a aceptar que las anfetaminas podían ser un efecto positivo estimulador para los soldados alemanes; y el medicamento utilizado para ello sería el Pervitin, aunque el doctor Karl Brandt, comisario general para la Salud Pública y Sanidad del Reich indicaría, de forma taxativa, que un número elevado de soldados usuarios de la droga presentaban una clara tolerancia al fármaco, y se transformaban en adictos a este medicamento estimulante. Entre los meses de abril y de julio del año 1940, se enviaron unos 35 millones de pastillas para la utilización sistemática de la Wehrmacht y de la Luftwaffe. Y detrás de todo ello se va a encontrar la figura extraña de un médico no genial, pero sí maniobrero y muy entregado al NSADP y al Führer Adolf Hitler, y me estoy refiriendo al doctor Theodor Morell. “El lunes 30 de junio de 1947, un hombre obeso, de pálida tez, descuidado, con mal olor corporal y avejentado, yacía en un catre en un refugio de la Cruz Roja de Múnich. Su vestimenta hasta 1945 había sido un brillante uniforme del Partido Nazi. Su indumentaria actual era un uniforme de campaña estadounidense que le quedaba algo grande y unos calcetines también del ejército americano completamente desgastados. Su única identificación era un carné con su nombre y apellido y el identificador del Campo Civil de Internamiento Estadounidense número 29, situado en las mismas instalaciones que antaño ocupaba el campo de concentración de Dachau. Una enfermera comprobó la temperatura y constantes vitales del paciente y decidió llamar a una ambulancia para trasladarlo a un hospital. Al ingresar, el personal administrativo comprobó los objetos personales, incluido un viejo pasaporte de la Alemania nazi. Al abrir sus páginas podía leerse: ‘Profesor Theodor Morell, médico, 60 años’. Un informe anexo indicaba que el médico había cumplido su condena en el hospital del campo 29 de Dachau. El mismo documento señalaba que el paciente Morell sufría de una grave insuficiencia cardiaca que lo inhabilitaba para trabajar y un grave trastorno afásico que le impedía el habla. Al final del documento, sellado por la autoridad militar estadounidense, aparecía escrita a mano la frase: ‘Médico personal de Adolf Hitler’. Aquel hombre fallecería el 26 de mayo de 1948, a las 4:10 de la madrugada. Todos sus documentos serían incautados por el CIC”. Una de las mejores biografías sobre Hitler fue la que escribió el historiador Joachim Fest, en la que se aproxima, sin ambages, a la globalidad de la personalidad del denominado como ‘cabo bohemio’, y en la misma indica claramente que fue algo más que un enajenado mental. Su vida bastante anodina va evolucionando, de forma paulatina, hacia un desinterés importante por todo lo que le rodea y a no desear mejorar en nada, salvo una tendencia hacia la pintura. Pero, su modus operandi cambiará tras su comportamiento en la guerra de 1914 a 1918, porque sufrirá una auténtica catarsis cuando se entera, estando ingresado en un hospital militar, de que se ha producido la firma del armisticio y Alemania ha sido derrotada y pagará con creces este hecho tan inaceptable para aquel joven cabo austriaco. Es muy esclarecedor el diagnóstico realizado por el psiquiatra del hospital en el que estaba recuperándose de las emanaciones de gas padecidas en la batalla de Ypres, los calificativos diagnósticos de: ‘incompetente para comandar tropas’, ‘peligrosamente psicótico’ y que era un error ‘la promoción militar de este histérico’, yo creo que definen, de forma prístina, el devenir vivencial del futuro Führer del Tercer Reich alemán. No obstante, a medida que aquel ridículo hombrecillo del bigote extraño iba consiguiendo triunfos políticos y militares, ya en la Alemania de 1932 a 1945, no quedó más remedio que comenzar a sorprenderse y, posteriormente a sentir un temor incoercible, por todo lo que estaba haciendo y su evolución ulterior cataclísmica. Los aliados, tanto los políticos como sus militares comenzaron a considerar que la labor destructora y genocida no era un compromiso únicamente de Adolf Hitler, sino del resto de sus compatriotas alemanes que le seguían enfervorizados, sin importarles a quienes dejaban atrás o eliminaban pura y simplemente. Este libro trata, realmente, de cuáles eran sus neurastenias, su sexualidad y sus adicciones farmacológicas, para poder comprender como se pudo convertir en el gran monstruo que llegó a ser. Aunque sí tuvo adláteres de su misma calaña, verbigracia Josif Stalin. «Hace medio siglo Joachim Fest publicó una de las más importantes biografías sobre el dictador alemán, titulada Hitler. Entonces afirmó: “Esta es la versión más completa de los acontecimientos, que incluye todas las facetas de la vida de Adolf Hitler. […] esta es la última palabra sobre este hombre, porque no habrá nuevas revelaciones sobre Hitler que aún no hayan sido de dominio público”. Sin embargo, la desclasificación de todos los documentos de valor histórico relacionados con la Alemania nazi ha invalidad la afirmación de Fest. Entre los millones de páginas, los investigadores descubrieron varios registros que hablaban sobre la salud del Führer y sobre la adicción a las drogas por parte de los miembros del ejército alemán y del propio Adolf Hitler. Durante los últimos nueve años de su vida, Adolf Hitler, un hipocondriaco de toda la vida, tuvo como médico al doctor Theodor Morell. Los cambios de humor de Hitler, la enfermedad de Parkinson que sufría, los síntomas gastrointestinales, los problemas de la piel y su constante declive hasta su suicidio en abril de 1945 están documentados en los minuciosos diarios de Morell. Conociendo las importantes decisiones que Hitler estaba tomando y que afectaban a millones de personas, cabe preguntarse cómo se vio afectada su conducta por los numerosos medicamentos que tomaba, desde estimulantes hasta sedantes, desde hormonas hasta multivitaminas, desde esteroides hasta belladona y cocaína». Por consiguiente: ¡Interés preferente hacia este libro muy documentado y completamente necesario! “Aunque mi mano tiemble, aunque llegara a temblarme la cabeza, mi corazón nunca temblará”. «Honorum populi finis est consulatus. ET. Panem et circenses. ET. Cum patria pulsus esset et alienarum opum indigeret, numquam destiterit animo bellare cum Romanis». Puedes comprar el libro en:
Noticias relacionadas+ 0 comentarios
|
|
|