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Alberto Vázquez-Figueroa
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Alberto Vázquez-Figueroa publica su nueva novela “Hambre”, que no será la última

Su objetivo es solucionar el hambre en el mundo

sábado 29 de noviembre de 2014, 23:05h
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Hambre” es la nueva novela del escritor, periodista, inventor y viajero, Alberto Vázquez-Figueroa. “La única novela por la que me gustaría ser recordado”, escribe en el faldón de su libro y nos dice en una charla informal que hemos mantenido en su casa un grupo de blogueros y periodistas de diversas páginas web literarias. Que a sus 79 años de edad siga conservando una serie de ideales y los refleje en sus libros, es digno de admiración.

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Alberto Vázquez-Figueroa (Foto: Javier Velasco)
Alberto Vázquez-Figueroa (Foto: Javier Velasco)
Nos recibe en su casa con la afabilidad que acostumbra desplegar. Su mujer, atenta, procura que todo esté en orden y cuida con ojos atentos que la reunión se desarrolle lo mejor posible. Con tanto mimo, el encuentro no se podía saldar con fracaso. Y desde luego que no ha sido así, aunque Alberto no quiere hablar de literatura, “la jefa de prensa de mi editorial me insiste que hable del libro, pero a mí lo que me interesa es hablar del hambre en el mundo y más del hambre en la franja del Sahel, que incluye los países subsaharianos desde Somalia a Mauritania y que es de donde proceden la mayoría de los inmigrantes que llegan a Europa y que en España conocemos bien por sus reiterados intentos de saltar las valla de las ciudades de Ceuta y Melilla.

“Uno tiene que ser consecuente con sus actos y con sus obras y para mí la literatura es un vehículo para hacer algo importante”, afirma nada más comenzar la reunión, lo que nos indica su bonhomía y humanidad que atesora. Alberto Vázquez-Figueroa entiende la literatura con un fin social. La literatura, además de deleitar nuestro intelecto, tiene que servir para denunciar las injusticias y buscar soluciones a los males actuales. En Occidente la crisis económica nos ocupa mucho tiempo, pero en África es el hambre el principal problema de decenas de millones de personas. El escritor canario lo sabe bien porque ha vivido muchos años allí, cuando a su padre, republicano socialista, lo exiliaron a la puerta del desierto. Ese desierto, el Sáhara, del que tanto ha escrito y que tan bien conoce.

“La FAO y la UNICEF se tienen que dar cuenta de que toda su ayuda humanitaria va mal encaminada”

Con estas palabras se despacha a gusto con toda la razón del mundo. Estas instituciones dependientes de la ONU son totalmente ineficaces, como lo es la propia ONU. Pero no sólo estas organizaciones, también las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) hierran el tiro cuando envían a estos países subsaharianos trigo y arroz crudo o leche en polvo. “¡Qué absurdo!”, se queja el aventurero tinerfeño. Mandar estos alimentos cuando no hay agua para cocinarlos es como mandar peines a una asociación de calvos. “Estamos haciendo las cosas mal aunque con buena voluntad y mientras tanto se mueren más personas de hambre”, denuncia.

“Hay que centrarse en la ineficacia que estamos teniendo para encontrar soluciones”, comenta y sin dejar tiempo a que reflexionemos sobre esa ineficacia occidental, añade: “fijándome en los incas y en los mapuches americanos me di cuenta de que la base de su alimentación era el maíz y que su proceso natural de elaboración era, primero tostarlo y luego molerlo. Los canarios sabemos mucho de eso porque así confeccionamos el gofio, base de la alimentación de mis paisanos en el tiempo de la posguerra”.

Alberto Vázquez-Figueroa ha pensado y ha dado muchas vueltas a su idea de erradicar el hambre en el mundo y, aunque parezca imposible, ha dado con una posible solución, barata y práctica que se podría llevar a llevar a cabo sin mucha inversión. Sólo aplicando el sentido común, pero también su inteligencia práctica y humanitaria, porque Alberto sabe mucho de eso ya que como inventor se ha llegado a arruinar con su magnífica idea sobre desaladoras que los poderes políticos y económicos se han encargado de arruinar.

“No se puede alimentar a millones de personas dándoles comida fría. Se necesita el fuego para elaborarla, al igual que el agua. En el desierto no hay fuego, pero sí calor. Se puede obtener energía por absorción”, expone con apasionamiento. Explica cómo dependiendo de los colores, cualquier material puede absorber más o menos calor. El blanco estaría en una punta de la escala, su absorción estaría cercana al 0. Sin embargo, el negro estaría en el otro extremo. Para el otro problema, la falta de agua, encontró la solución recordando a los camellos que acompañaba en su adolescencia, “chupaban las piedras del desierto antes de la salida del sol para saciar su sed con las gotas de rocío”.

Con sus recuerdos infantiles y aplicando ese sentido común, ideó que una bandeja de hierro de color negro con un orificio en uno de sus laterales serían la solución al hambre en el mundo. “Inclinando la bandeja y poniendo un recipiente debajo del agujero recogeríamos el agua que se decanta del rocío de la noche del desierto, ya que allí las temperaturas bajan hasta los cinco o seis grados y por la mañana puestas al sol conseguiríamos temperaturas de más de 100º por la acción del sol sobre el hierro. Los soldados del Africa Korp en la Segunda Guerra Mundial freían huevos y carne en las chapas de sus tanques, esto me dio la idea de que se podría tostar el maíz e, incluso, cocinar en esas bandejas”, desgrana con lucidez y haciendo paréntesis para no aburrir a los que le escuchan, donde no faltan chistes y recuerdos de sus múltiples aventuras por el mundo.

En Hambre desgrana todo lo expuesto en la charla informal que mantuvimos. Es consciente de que llevarla a cabo va a costar, pero ahora se ha dado cuenta del valor de Internet y de las redes sociales y cree en ellas para que las personas se enteren de sus propuestas y así soslayar los canales oficiales que parecen no estar interesados en posibles soluciones, sino en seguir viviendo del contribuyente.

El novelista canario ya lleva más de sesenta novelas y veinte más entre memorias y libros de viajes. Sabe que la solución no pasa por esos políticos que han esquilmado países, de esos gobernantes que se quedan con parte de la ayuda humanitaria que reciben sus países. Ahora confía en las ONGs, cree que estas organizaciones llegan a donde no llegan las instituciones oficiales, pero disparan por elevación y hay que corregir el tiro para ser eficaces y para eso pide ayuda a las personas normales que tienen algo que les falta a sus dirigentes y que es el sentido común. Sus novelas han denunciado muchas lacras. Esperemos que con Hambre la gente corriente se dé cuenta de que la solución es posible aportando su pequeño grano de arena o, mejor aún, de maíz.

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