LECTURA DE UN FRAGMENTO DEL CAPÍTULO LXVII DE LA SEGUNDA PARTE DEL QUIJOTE jueves 23 de abril de 2026, 20:19h
Actualizado el: 23 de abril de 2026, 21:06h
(“De la resolución que tomó don Quijote de hacerse pastor y seguir la vida del campo, en tanto que se pasaba el año de su promesa, con otros sucesos en verdad gustosos y buenos”). En estas pláticas iban siguiendo su camino, cuando llegaron al mismo sitio y lugar donde fueron atropellados de por toros [1]. Reconocióle don Quijote; y dijo a Sancho: —Este es el prado donde topamos a las bizarras pastoras y gallardos pastores que en él querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia [2], pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya imitación, si es que a ti te parece bien, querría, ¡oh Sancho!, que nos convirtiésemos en pastores, siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo compraré algunas ovejas y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y llamándome yo «el pastor Quijótiz » y tú «el pastor Pancino», nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí [3], bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos o de los caudalosos ríos. Darános con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los estendidos prados [4], aliento el aire claro y puro, luz la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el canto, alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos eternos y famosos, no solo en los presentes, sino en los venideros siglos. —Pardiez —dijo Sancho— que me ha cuadrado, y aun esquinado [5], tal género de vida; y más, que no la ha de haber aún bien visto el bachiller Sansón Carrasco y maese Nicolás el barbero, cuando la han de querer seguir y hacerse pastores con nosotros, y aun quiera Dios no le venga en voluntad al cura de entrar también en el aprisco, [6] según es de alegre y amigo de holgarse. —Tú has dicho muy bien —dijo don Quijote—, y podrá llamarse el bachiller Sansón Carrasco, si entra en el pastoral gremio, como entrará sin duda, «el pastor Sansonino», o ya «el pastor Carrascón»; el barbero Nicolás se podrá llamar «Niculoso», como ya el antiguo Boscán se llamó «Nemoroso [7]; al cura no sé qué nombre le pongamos, si no es algún derivativo de su nombre, llamándole «el pastor Curiambro». Las pastoras de quien hemos de ser amantes, como entre peras podremos escoger sus nombres; y pues el de mi señora cuadra así al de pastora como al de princesa, no hay para qué cansarme en buscar otro que mejor le venga; tú, Sancho, pondrás a la tuya el que quisieres. —No pienso —respondió Sancho— ponerle otro alguno sino el de Teresona, que le vendrá bien con su gordura y con el propio que tiene, pues se llama Teresa; y más, que celebrándola yo en mis versos vengo a descubrir mis castos deseos, pues no ando a buscar pan de trastrigo [8] por las casas ajenas. El cura no será bien que tenga pastora, por dar buen ejemplo; y si quisiere el bachiller tenerla, su alma en su palma [9].
Glosario de palabras y expresiones. [1] Llegaron al mismo sitio y lugar donde fueron atropellados por toros. El incidente de los toros sucede en el capítulo LVIII de la Segunda parte. [2] La pastoril Arcadia. Esta región de Grecia a la que se refiere don Quijote sirvió de escenario a una de las primeras novelas pastoriles: La Arcadia (1504), de italiano Jacopo Sannazaro(1458-15530), y tuvio gran influencia en las novelas pastoriles españolas de los slgoos XVI y XVII. [3] Endechando. Entonando endechas -canción triste o de lamento. [4] Bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos o de los caudalosos ríos. Darános con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los estendidos prados [...]. La recreación del ambiente pastoril de las Églogas de Garcilaso de la Vega, así como de la novela pastoril (Los siete libros de la Diana, de Jorge de Montemayor, o La Diana enamorada, de Gil Polo) es evidente en estas líneas, en las que Cervantes quiere parodiar ese lenguaje de exagerado refinamiento con que los pastores se expresan en un marfco natural de enorme artificiosidad. [5] Me ha cuadrado. Y aun esquinado. Me ha convenido; me ha encajado. Adviértase el juego de palabras “me ha cuadrado”/“me ha esquinado” (cuadrar: dar forma de cuadrado; esquinar: doblar en ángulo). Aprisco. Literalmente, paraje donde los pastores recogen el ganado para resguardarlo de la intemperie. El vocablo está usado en el contexto metafóricamente: “entrar en el aprisco” significa “formar parte del grupo”. [7] Como ya al antiguo Boscán se llamó Nemoroso. En la época cervantina se identificaba al nemoroso de las Églogas de Garcilaso de la Vega con Boscán, dado que nemus significa bosque; sin embargo, Nemoroso representa al propio Garcilaso, que en la Égloga I llora la muerte de Elisa [Isabel Freyre], al igual que se lamenta, bajo el nombre de Salicio, de los desdenes de Galatea, nombre que, de nuevo encubre al de Isabel Freyre. [8] Buscar pan de trastrigo. Buscar líos. [9] Su alma en su palma. Que haga lo que quiera [el cura]; allá se las haya. El contexto del texto. Don Quijote ha decidido hacerse pastor. Y esta decisión la explica Cervantes en el capítulo LXVII de la Segunda Parte de El Quijote: al no poder seguir imitando el modelo de vida de los héroes de la novela caballeresca -según la promesa hecha al Caballero de la Blanca Luna de abandonar, al menos por un año, las armas y retirarse a su lugar de origen-, el hidalgo manchego opta por convertirse en uno de esos idealizados pastores que consagró literariamente no solo Garcilaso de la Vega en sus Églogas, sino también la novela pastoril renacentista. Y don Quijote está convencido de que a ese mundo pastoril se van a incorporar, además de Sancho Panza y la mujer de este, el bachiller Sansón Carrasco, maese Nicolás el barbero, y hasta el cura, “que es alegre y amigo de holgarse”. El plano de la expresión. Con las siguientes palabras, Cervantes imita –y, a la vez, parodia– la idealizada Naturaleza puesta en pie por Garcilaso: «bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o de los limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos. Darannos con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los extendidos prados [...]». Sirvan, a modo de comparación, dos fragmentos de diferentes Églogas del poeta toledano, que tantos imitadores mediocres tuvo:
Por ti el silencio de la selva umbrosa, por ti la esquividad y apartamiento del solitario monte me agradaba; por ti la verde hierba, el fresco viento, el blanco lirio y colorada rosa y dulce primavera deseaba. [...] Égloga I (versos iniciales de la estancia 8).
Cerca del Tajo, en soledad amena, de verdes sauces hay una espesura, toda de hiedra revestida y llena que por el tronco va hasta el altura y así la teje arriba y encadena que el sol no halla paso a la verdura; el agua baña el prado con sonido, alegrando la hierba y el oído. Égloga III (octava real 8).
Recrea, pues, Cervantes –en unas palabras como las anteriormente transcritas– los espacios naturales propios de la novela pastoril: verdes prados, cristalinos arroyos, silenciosas florestas, etc.; un bello paisaje, más que irreal, inexistente y falso, hermoseado, en consonancia con la ideología renacentista que nos presenta una Naturaleza estilizada en la que todo tiende a producir una sensación de armonía y sosiego. Así comienza, por ejemplo, el Libro Tercero de Los Siete Libros de la Diana, de Jorge de Montemayor (edición a cargo de Francisco López Estrada en la antigua colección de Clásicos Castellanos, Madrid, Espasa-Calpe, 1946, núm. 127; y, del mismo autor, una selección, estudio y notas, en Clásicos Ebro, Zaragoza, editorial Ebro, 1968, 4.ª edición, núm. 79): «Con muy gran contentamiento caminaban las hermosas ninfas con su compañía por medio de un espeso bosque, ya que el sol se quería poner salieron a un muy hermoso valle, por medio del cual iba un impetuoso arroyo, de una parte y otra adornado de muy espesos salces y alisos, entre los cuales había otros muchos géneros de árboles más pequeños que, enredándose a los mayores, entretejiéndose las doradas flores de los unos por entre las verdes ramas de los otros, daban con su vista gran contentamiento. Las ninfas y pastores tomaron una senda que por entre el arroyo y la hermosa arboleda se hacía, y no anduvieron mucho espacio cuando llegaron a un verde prado muy espacioso, adonde estaba un muy hermoso estanque de agua, del cual procedía el arroyo que por el valle con grande ímpetu corría. En medio del estanque estaba una pequeña isleta, adonde había algunos árboles, por entre los cuales se divisaba una choza de pastores; alrededor de ella andaba un rebaño de ovejas paciendo la verde hierba». Y puesto que en las obras pastoriles aparecen disfrazados de pastores gentes cortesanas –Cervantes nos había de decir, con referencia a su Galatea, que «muchos de los disfrazados pastores lo eran solamente en el hábito»–, don Quijote cambia los nombres de sus convecinos y hasta el suyo propio –que pasa a ser Quijotiz–; y así Sancho se convertirá en Pancino, y, su mujer, en Teresona, nombre «que le vendrá bien con su gordura»; el bachiller Sansón Carrasco en Sansonino; el barbero maese Nicolás en Miculoso; y en Curiambro el cura (nombre que podría estar formado por la combinación «cura + corambre» –odre de vino–). La única que conserva su nombre es Dulcinea, «porque cuadra así al de pastora como al de princesa» –afirma don Quijote.
A modo de recordatorio. El género pastoril y el género caballeresco. El género pastoril y el caballeresco sustentan ideales radicalmente distintos: frente a los amores de los pastores en la plácida quietud del campo, el esfuerzo heroico de los caballeros en un mundo erizado de peligros. Sin embargo, el sentido estético que caracteriza a uno y a otro género es el mismo: si los libros de caballerías presentan la idealización de la vida guerrera, la novela pastoril significa la idealización de la naturaleza. Y junto a la excesiva idealización, un lenguaje amanerado y artificioso y un estilo convencional y retórico es la nota básica común a ambos géneros. No deja de ser expresivo el hecho de que don Quijote, descalabrado en sus aventuras de caballero andante, y próximo a la muerte, albergue la ilusión de la vida pastoril en su abatido espíritu y desee hacerse pastor y componerle versos a Dulcinea. Hay que señalar, no obstante, que las aventuras de los libros de caballerías dejan paso en la novela pastoril al análisis del mundo interior de los personajes, pese a los convencionalismos, artificiosidad retórica e idealización que definen al género. La concepción de Cervantes de la legua literaria óptima. El ideal estilístico de Cervantes –naturalidad y sencillez– queda perfectamente definido en el Prólogo de la obra, y puesto en boca de un amigo: «[...] procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y periodo sonoro y festivo; pintando en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra inteción, dando a entender vuestros conceptos sin intrincarlos y oscurecerlos». Un ideal estilístico este alejado del que caracteriza tanto al de los libros de caballerías –de almibarada afectación– como al de las novelas pastoriles –relamido y afectado.
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