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Kraznahorkai
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KRAZNAHORKAI MACHACA EL ALGORITMO

domingo 18 de enero de 2026, 17:16h

Antes me cabreaba por las decisiones de la Academia Sueca para el Nobel. Me parecían caprichosas y absurdas. Tantos grandes escritores, como Murakami, Maalouf (este estúpido Word no sabe quién es Amin Maalouf y me lo subraya como si fuera un error, con una Olivetti no pasaba), etc esperando el Nobel toda su vida. Y tantos grandiosos que murieron sin el Nóbel. Mientras escritores mediocres lo tuvieron, no citemos nombres.

Pero un día leí lo que decía un hombre: la Academia no quiere seguir el algoritmo, quiere sorprender siempre. Salirse de lo previsible y de lo estándar. Y es verdad, entonces sí es valioso ese proceder.

Este año se lo dieron a Lászl´p Kranahorkai, un escritor húngaro. E incluso es bueno que sea difícil pronunciarlo. Ya está bien de tanta facilidad. Y que pocos lo conocieran.

Y el propio Kraznahorkai es un desafío al algoritmo previsible y estandarizado. Es un desafío a lo encajado y a lo mediocre. Es una gloriosa escapada de lo previsible y de este mundo mecánico sometido a programas y a estándares. A este mundo de medianía y de rutina.

He leído su libro “Guerra y guerra”. Y a ver qué algoritmo ramplón es capaz de hacer ese libro. Donde todo es felizmente imprevisible, sorprende a cada momento. Y así nos hace vivir y nos libera.

El estilo es precipitado y vertiginoso, todo a base de comas, con poca división en párrafos. Algo lleno de vida, como una cascada. Una vez escribí un artículo así para una revista, quería mostrar vértigo y dinamismo loco, y el editor me estropeó el efecto, me puso el punto y coma formalito y convencional por todas partes. Y parecía como si el coche frenara continuamente o se quedara sin gasolina. Cuando yo quería ir lanzado por la carretera de la literatura, con entusiasmo.

Y Kraznahorkai se escapa continuamente del algoritmo, a ver qué algoritmo puede pararlo y adocenarlo. Su literatura no es algo que se pueda hacer mecánicamente, que pueda fabricar un algoritmo tonto.

Están las perspectivas vertiginosas, el protagonista le cuenta su vida a una persona, y esta se lo cuenta a otra más tarde. Y son personas muy distintas. Una de ellas es una mujer que está en una cocina y nunca se da vuelta para mirar al que habla. Otro es un guía que le cuenta todo a su mujer más tarde.

Pero lo mejor es el comienzo, el protagonista le cuenta su vida de manera desenfrenada a unos adolescentes macarras que lo están asaltando. Y ellos después se lo cuentan a otros diciendo que el tipo está loco, que es un pringado. Las distintas visiones nos producen vértigo.

Pero el mismo argumento desafía cualquier algoritmo. Un tipo da vueltas por Nueva York con el manuscrito de un viaje alucinante en la Edad Media. Cuatro personas van a una isla griega y van regresando lentamente. Pasan por Venecia y por Francia y en todas partes encuentran algo. Y el hombre mezcla lo que ocurre en Nueva York con lo que va leyendo en el libro. A ver qué algoritmo de las narices inventa eso.

Y luego las afirmaciones, los pensamientos. Que el amor es la mejor forma de rebeldía, dice en cierto momento. Que el hombre quiere un barco en el lago de Zurich para escribir con el barco en el agua. Así escribimos con los actos de nuestras vidas.

Y ante todo ese estilo sin aliento, lleno de aliento. Que sopla continuamente. Ningún algoritmo puede hacer eso, porque los algoritmos no tienen aliento. Ni lo tiene ninguna máquina ni ninguna idiotez artificial. Quieren el mundo de la medianía y lo previsible, pero todavía quedan escritores imprevisibles y llenos de vida. Originales y solitarios, sin domesticar por la fama ni por las exigencias comerciales. Que no lancen las grandes editoriales prepotentes sino el genio del lugar, como diría José Ángel Valente. Dios nos libre de los algoritmos y nos dé escritores como Laszlo Kraznahorkai. Y academias que premian de manera imprevisible y libre y con lucidez. Como si no fueran academias, que no se portan de manera académica.

Yo me cabreé al principio, me parecía un puro capricho, no sabía ni cómo se pronunciaba. Pero ahora me alegro de que sea difícil de pronunciar y de que la academia sueca se saliera de lo que todos esperaban. También acertaron mucho con el noruego Hon Fosse, otro escritor de estilo vertiginoso y libre. Que no usa apenas el punto y coma bien educado y buenecito.

Mucho antes que ellos yo escribí una novela vertiginosa con solo comas. Y un editor formalito que no sabía quienes eran Joyce o Kerouac me la quiso domesticar. Entonces yo no quise publicarla. Y es que hay revulsivos y novedades, pero el mundo vuelve siempre a la rutina y al algoritmo. Y los editores lo hacen con frecuencia, también rehicieron a Roald Dhal para ursulinas (con perdón de las ursulinas, seguro que son mucho más vivas).

Le doy las gracias a Karznahorkai por ser Kraznahorkai. Y a su editor por permitirle serlo. Y a la academia sueca (tan poco académica) por premiarlo.

Puedes comprar su obra:

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