En "Pájaros Blancos", de Francisco Morales Lomas, se concentra la búsqueda y la expresión de un mundo idealizado en el que sea posible alejar la hosca realidad de la historia pasada y presente del ser humano. La poesía eleva el vuelo desde una conciencia transparente que desea el bien, lo bondadoso y lo bello. El autor nos lleva por caminos donde encontramos la dualidad del gozo y del dolor inherente a la vida del ser humano, pero donde también refleja su vocación humanista, fundamentalmente con una mirada hacia el dolor de Gaza. Estamos ante un libro en el que la palabra poética actúa con una función redentora y esperanzadora frente a los abismos de la vida y del mundo. En Pájaros Blancos (Editorial Anáfora, Colección Tania de Poesía, 2025), última entrega poética del prolífico escritor Francisco Morales Lomas, profesor titular de la Universidad de Málaga, doctor en Filología Hispánica (además de otros títulos y cargos relevantes dentro de la docencia y del mundo de la escritura), se concentra la búsqueda y la expresión de un mundo idealizado en el que sea posible alejar la hosca realidad de la historia pasada y presente del ser humano. La poesía eleva el vuelo desde una conciencia transparente y limpia, desde la blancura del deseo del bien, de lo bondadoso y bello, que intrínsecamente recorre los poemas. Como él mismo expresa en un texto introductorio denominado «Brevería», el título está tomado del poema «The White Birds», del dramaturgo y poeta irlandés William Butler Yeats. Los dos vocablos que lo conforman introducen de manera poética y concisa una mirada sobre la vida que, ya desde la primera composición («La imagen blanca»), nos muestra como declaración de principios a partir de la cual se desarrolla el libro: «Os quiero dejar esta imagen blanca/de la esperanza, el mar en calma/y en sosiego». Detrás de la misma, el libro se estructura en seis partes y finaliza con dos poemas agrupados como «Coda» o epílogo. Lo que nos llega a través de su lectura se mueve mediante ondulaciones que fluctúan entre la claridad expresiva y emocional, las sutilezas y profundidad semánticas, y abundantes y sugerentes imágenes (alegóricas en determinados poemas), rozando a veces un surrealismo evocador y exquisito que procede con fluidez de la sensibilidad propia de la alta poesía. Por otra parte, como fruto de su arraigo a ciudades de mar en las que residió el autor, a lo largo del libro aparecen con frecuencia ambientes marinos o vocablos pertenecientes a los mismos o a la navegación como símbolo de vida. Cabe mencionar igualmente la abundancia de citas de autores que acompañan la obra, fundamentalmente de Jorge Luis Borges, referente literario de Morales Lomas, como él mismo ha manifestado en distintas ocasiones. En la primera parte, se expresa por el autor un antes y un después en la historia de la humanidad con un claro paralelismo con el inicio (infancia) y el presente del sujeto poético. Una ruptura con la inocencia de la primera etapa conduce al dolor instalado en el mundo. El poeta se halla dramáticamente ante el silencio de una divinidad que arrastra preguntas y búsqueda: «Te he buscado tantas veces/en el clamor de las palabras.//Pero no te hallé» (…) «No había nadie, solo silencio/de cauce seco, en la noche oscura», «Y la confusión y el silencio/volvió con su cadencia rota,/con su voz omisa, con su destierro». La instalación del vacío atraviesa «lo universal» hasta arribar al «vacío del Otro». Vacío y enigmas, pero, también con una visión dual de la vida, la concibe él como «pálpito» y como «duelo», como «vértigo» y como «gozo»; una desazón existencial que a veces es atenuada por el acogimiento de la bondad y de la belleza («…su belleza que verdea entre el vuelo/de palomas…»), y en otros versos se manifiesta con un desgarro no disimulado cuando siente que se encuentra «Rodeado de cadáveres que son como flores/marchitas que piden auxilio». «Auxilio para qué», se pregunta el poeta en un contundente verso aislado, eficaz recurso utilizado con frecuencia por Morales Lomas en más de un poema de esta primera parte del libro como forma de enfatizar una idea o una emoción. Asimismo, desde su posición humanista, manifiesta una identificación del yo con los otros, por eso dirá en «Fake news»: «Pero los troncos siempre van a la deriva,/entre gente humilde y ahogada,/entre gente que no soy yo/pero también soy yo». La segunda parte la conforman tres poemas y está dedicada al poeta malagueño Rafael Ballesteros. Bajo el título «El reloj y el ser», estas composiciones dan cuenta del paso del tiempo con su falsa apariencia de inmovilidad, un tiempo que cambia de forma y «que permuta una y otra vez/en memoria, en arena, en nada». Por otra parte, en el bello poema «Inventario» retoma la dualidad, esta vez del dolor y el amor, pero sobre todo esta composición constituye una ofrenda hacia el otro con «Un alma desnuda/en un universo sosegado». De la sentida amistad proceden los poemas de la tercera parte del libro con los que homenajea al poeta Antonio Hernández, fallecido en 2024. Con elocuentes y brillantes versículos, la primera composición es un poema extenso en el que Morales Lomas rememora sus últimos años como estudiante universitario durante la Transición española en los que conoció al poeta gaditano, punto de partida de la amistad entre ambos. En él menciona a «…hombres oscuros/que enarbolaban la sangre./Y el pueblo allí con la bota enorme del cacique/en un mundo donde no cabíamos» en esos «años triunfales, donde media España ocupaba/España entera», dicen versos de este poema que ofrece pinceladas descriptivas muy sutiles de aquel momento histórico en el que, paralelamente, bullía la esperanza en «la ardorosa juventud». En ese contexto se encontraban poetas con los que Morales Lomas se relacionó («y ellos eran los poetas que celebraban las ventanas/abiertas y el blanco de la vida»), y aquellos que conoció a través de Antonio Hernández. Homenaje que prosigue en las dos composiciones siguientes mediante la evocación («II. Solo tengo palabras para evocarte» y también de la poesía («III. Tenemos que hablar seriamente, Antonio»). En este último, la palabra poética es, pese a la muerte, punto de unión entre ambos y es camino de salvación frente al dolor: «La palabra como la lluvia, lente de agua/para restañar la herida». El poema concluye con versos muy afectuosos de despedida dirigido al poeta amigo Antonio Hernández. La vocación humanista de Francisco Morales Lomas se evidencia en todo el libro, pero de manera singular en la cuarta parte titulada «Gaza también existe». No hay nada más icónico de la maldad y del terror que el asesinato de niños, y en Gaza esto es lo cotidiano, por eso dice él «Ahora existe la costumbre de matar niños», título del primer poema de esta parte en el que expresa con hondura que «Son niños que nacieron para la muerte,/con mucha metralla que llevarse al cuerpo/y muy poco pan que llevarse a la boca». La vileza de aquellos que optan por tomar decisiones contra la vida de otros seres humanos y que provoca enorme sufrimiento se expone en estos poemas. Por ello, en esta composición Morales Lomas expresa que «Lo han decidido otros, dirigen el mundo/miran por encima del hombro/y se sienten tocados por el halo divino». En el segundo poema, «II. Quiero buscar las palabras entre los escombros», el sujeto poético se dirige de manera epistolar al poeta palestino Nasser Rabah como mecanismo de expresión de su consternación ante la terrible realidad de destrucción y muerte padecida en Gaza («Seguro que ya no hay corazón porque está asfixiado,/Nasser Rabah, porque las palabras han ardido,/y los pájaros hace tiempo que se marcharon»). Un escenario de terror y desolación que los versos del tercer poema describen con intensidad («Luego la angustia, la grasienta y arrasada/por el óxido del silencio,/por los mendigos que surcan los campos,/que andan extraviados en un refugio/de angustia, de miseria, y perros que ladran/asustados en la noche»). En la quinta parte («Esta blanca ausencia»), el poeta bucea en sí mismo para dejar pasar emociones en torno a la soledad en el mundo («Yo no me conocía/y estaba solo en medio de la cumbre,/pastor de mí, un túnel/en el concierto de las estrellas»), al paso del tiempo («Todo lo que fui ha marchitado/hace tiempo, fugitivo/entre las nubes lacerantes/de los espectros»), al amor en la veleidad que arrastra el transcurrir de la vida («Recuerdos lentos somos/de una película subtitulada/cuyos protagonistas/lamieron la gloria un incierto instante»), a sus raíces en su pueblo natal, Campillo de Arenas, con versos que expresan una rememoración feliz (blanca ausencia) de momentos vividos allí, en su infancia, al tiempo que incorpora de forma poética referencias sobre la historia y la fisonomía del pueblo. El tono vitalista se hace palpable en este poema, pero también en otros de temas inicialmente más sombríos carentes casi siempre de desgarro. Asimismo, las palabras en general y la poesía en particular son objeto de la mirada de Morales Lomas en tres composiciones de esta parte, entre otros poemas del libro. «Había siempre un aliento/que las envolvía,/una especie de ternura en sus manos,/como un anillo de luz/que las llevaba y las traía/por la inmaculada espera del papel», expresa en unos bellos versos del poema «Las palabras». Esta necesidad de dedicar espacio a la comunicación escrita, concretamente a la literaria, y de expresarse sobre las palabras surge a menudo en los escritores. La metaliteratura constituye en esta obra una reflexión y, al mismo tiempo, un reflejo del sujeto poético. La palabra no vive aislada, sino que su esencia se fundamenta en la del propio poeta que la nombra y la disecciona para hacer de ella un lugar de encuentro consigo mismo y con otros poetas, como resulta palpable, además de en estos poemas, en los de la sección con la que Francisco Morales Lomas homenajea a Antonio Hernández. Por otro lado, el deseo de aferrarse a la vida a pesar de sus zonas umbrías, de percibirla y de sentirla en el esplendor de todo lo bueno que alberga, se trasluce o se intuye (según el caso) en más de una composición de este libro, siendo muy evidente en el poema de esta sección titulado «Crepúsculo de los dioses», donde el autor expresa que «…a la vida hay que darle/argumentos para que viva/un lápiz y un papel/en el que garabateemos/los rumbos inciertos de nuestro buque». En la penúltima parte, «Cuadernos de la memoria», Morales Lomas abandona el verso libre para utilizar el metro clásico, concretamente el soneto. Desde una posición crítica, esta variedad formal en una misma obra la dota de un mayor valor literario al elevarla a cotas más altas de creatividad, que no se sitúa bajo el paraguas de la uniformidad total en la ejecución del ritmo y de la métrica (también de la rima o de la ausencia de la misma), sino que procede de la riqueza que la heterogeneidad aporta en la obra en su conjunto. Ocho hermosos sonetos conforman «Cuadernos de la memoria» que vienen precedidos por cuatro citas de Arthur Rimbaud, Petrarca, Gabriela Mistral y Pablo Neruda, respectivamente. Se trata de composiciones de carácter alegórico, con excepción del bellísimo poema dirigido a su madre («En tus entrañas, firme, hallé mi suelo»). Elementos de la naturaleza (río, mar, bosque, arena, alba, día…) nos conducen, bien a una plenitud de sosiego y belleza en la que la vida es gozo («De vida nueva todo aquí se viste,/y el agua clara, corre sin tristeza,/llevando al tiempo un gozo que persiste»), o bien a un estado perturbador de la existencia («Llora la luna, blanca, en su reflejo,/y el viento, cruel amante, le desgarra/el velo de su calma, azul espejo»). Finaliza el libro con dos poemas que, como el título de esta última sección indica («Coda»,) tiene una función concluyente entendiéndola en su doble acepción: como finalización de la obra y como síntesis de las composiciones precedentes con dos claros mensajes emitidos por Morales Lomas que constituyen señas de identidad propias expuestas al lector o lectora: el poeta desea ante todo dejar un rastro de amor para el mundo, una mirada solidaria hacia el ser humano, como una herencia de su palabra poética («No quiero dejar cenizas/cuando me vaya,/sino tierra sosegada,/cuerpo caliente que da quietud/a la mirada del hombre»); sin embargo, en el segundo poema («Más desnuda») quiere dejar constancia, mediante una elocuente personificación, de que el mundo se encuentra inmerso en un laberinto de maldades, por ello expresa que «Hoy parece la tierra más desnuda,/más abandonada a su suerte,/como si un arado la hubiera abierto/y arrojado contra el caballo de la soledad». Ante lo cual siente consternación: «Me llena de acíbar/esta tierra abandonada a su suerte». En definitiva, Pájaros blancos, de Francisco Morales Lomas, nace de una visión bondadosa (blanca) de la vida, pese a los abismos inherentes a la misma, y también de una consolidada conciencia humanista con la que mira al mundo, su caos y las vilezas y sufrimientos infligidos hacia seres inocentes. Pero la palabra poética se eleva en su función redentora manteniendo el pulso vital porque su autor no pierde la esperanza y, frente «al ruido del mundo», nos deja una obra de versos deslumbrantes como un «Mágico sueño que germina un día/y el amor lo conduce por la tierra/y lo hace singularmente eterno,/singularmente humano». Puedes comprar el libro en:
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