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“Días sin pájaros” de Perfecto Herrera Ramos

martes 10 de febrero de 2026, 14:31h
Días sin pájaros
Días sin pájaros

Encontrar hoy un poeta que trabaje el verso como un orfebre y que sea capaz de trasmitir la esencialidad del poema a la luz del credo poético que dejó escrito León Felipe: “Deshaced ese verso. / Quitadle los caireles de la rima, / el metro, la cadencia/ y hasta la idea misma. / Aventad las palabras, / y si después queda algo todavía, / eso/ será la poesía” es una empresa bastante complicada. En la prolífica cantidad de poemarios que se publican hoy lo que brilla es justamente lo contrario, la prosificación del verso y la insustancialidad del contenido, cuando no la fiel rendición a una manera de hacer versos ya suficientemente manida o la moda perversa de escribir versos como quien pregona en un mercado. ¡Cuánto daño le están haciendo las redes sociales a la poesía!

Pues bien, afortunadamente, todavía hay poetas, como Perfecto Herrera, cuyo último poemario, “Días sin pájaros”, ha sido presentado recientemente que nos reconcilia con la poesía bien hecha y mejor pensada. Se trata de la sexta entrega poética del autor, publicada por la Ed. Olé libros, que supone un peldaño más de calidad y perfección en la trayectoria del poeta birgitano. En 45 poemas, que constituyen un corpus bien estructurado y definido dispuesto claramente en dos partes, el poeta expresa de manera clara y precisa lo que quiere transmitirnos. En la primera, el dolor y la tristeza, junto a la melancolía y la nostalgia, que ya se desprenden del propio título, pues no hay nada más triste en el mundo que un día sin pájaros -sólo hay que recordar los días de la pandemia-. Todo ello lo ejecuta, además, a través de un discurso estético marcado por la oscuridad, las sombras, la niebla, la neblina o los nublos que se mantiene hasta el poema 19, cuyo título, además, es, curiosamente, “Al trasluz”, y que marca, a la perfección, la diferencia entre los dos planos de contenido del poemario. Y es que, a partir de ahí, y hasta el final, se produce el paso de la oscuridad a la luz, del dolor a la esperanza, del abatimiento y la soledad al consuelo y al reencuentro con el mundo.

Desde los primeros versos del poemario ya entramos de manera decidida, sin preámbulos, en la atmósfera de angustia y de dolor en la que quiere introducirnos el poeta para que entendamos, sin ambages, su estado de ánimo: “Cierto, también hay días sin hojas y sin pájaros,/con palabras de niebla por la boca/y manos invisibles desde la oscuridad” y desde los primeros versos también la expresión del sentimiento del autor y las claves temáticas de su obra: “nunca se sabe si es vacío este dolor”, “el desamparo ardía en la desesperanza”, “Al final, al fin, solo es un día sin pájaros…/Permanezcan ahí como piedras oscuras,/ como silencios negros al lado de mis alas”. Ese sentimiento que expresa el poeta se manifiesta de manera especial en el léxico y en el metaforismo empleados. El poema VI es un buen ejemplo, se trata de un texto relativamente corto y, sin embargo, recoge todos los términos posibles para introducirnos en el dolor y el sufrimiento del poeta: “asfixia, penumbra, niebla, helor, veneno, agraz, fastidio, perdición, miedo, hollín, dolor, sangre”. Y por citar sólo algunos ejemplos del metaforismo: “vacío hasta el lamento del aliento tembloroso y sombrío”, “la espuma espejeante del abismo”, “la noche gira y canta un son de soledades”. El poeta, profundamente herido, va por el mundo con su dolor a cuestas, y que, a la manera de Blas de Otero, querría encontrar algo que lo redimiera o rescatara de tanto dolor y que Herrera, al igual que el maestro Fernando de Herrera en el Renacimiento o Vicente Aleixandrfe siglos más tarde, lo encuentra en la luz, elemento determinante en la segunda parte de la obra, como veremos a continuación.

La segunda parte, efectivamente, nos trasporta a la luz. Así se cierra el poema XIX que, como he dicho, se titula ¡Al trasluz” y con el que el poeta quiere expresar, metafóricamente, ese paso de la sombra del dolor a la luz de la esperanza: “Sí, al trasluz;/en el difuso límite/donde se transustancian/lo oscuro y lo lumínico”. Si antes el poeta miraba para abajo, hacia la tierra que sustenta el mundo doloroso y sombrío y cuyo metaforismo se enraizaba en las piedras, los horizontes las playas o el asfalto, ahora lo hace mirando hacia arriba, hacia la luz, las estrellas, los cielos, las nubes, en suma, el universo donde encontrar esa salvación para soportar el dolor “mas espero que el dios del territorio/donde triunfa la luz, no me abandone nunca”. Ahora ya el poeta “Vive a bocanadas” o “simplemente abril eras tú” y ahora ya “las moreras alimentan pájaros” y amanece “ardiendo la luz” y, al final, todo es luz “inverosímil luz, indefinible luz, luz errante, vertiginosa luz”. O en palabras del poeta “el atardecer oscuro” se torna en “la pulcritud de los amaneceres”

Nos encontramos, en fin, ante un poemario, ajeno a cualquier moda o escuela poética, que es, en sí mismo, un perfecto ejemplo, haciendo honor al nombre del poeta, del buen hacer poético, del trabajo bien hecho, del ajuste expresivo más que medido entre el sentimiento del autor y la manera de trasmitirlo al lector. Estamos, pues, ante una bella muestra de un quehacer artístico coherente que nos hace pensar en un mundo imperfecto donde los días sin pájaros son demasiado frecuentes y necesitamos asirnos a la luz para poder soportarlos. Léanlo y disfruten.

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