La muerte de un hijo o una hija, como ha sucedido en este caso, es uno de los acontecimientos más terribles que puede sufrir cualquier ser humano. El concepto de lo inefable, tan estudiado en teoría de la literatura, alcanza en este momento todo su sentido. No alcanzamos a tener palabras para expresar tanto dolor, tanta agonía, tanta desolación. Nos sentimos estériles para encontrar el término, el símil, la imagen que desde las tripas, desde lo más profundo del ser, llegue al lector y lo haga partícipe de nuestro desconsuelo, de nuestro desamparo, de nuestra nadería. Pero este dolor, siendo tan difícil de verbalizar, aunque lo intentemos una y otra vez, nunca será cercano a la muerte de ese ser querido al que le hemos dado vida, al que hemos visto crecer cada día, cada hora, de cuya alegrías y tristezas hemos participado, al que le hemos dado ánimos para seguir el camino, para “creer”, para ser y estar en el mundo con la esperanza y la fortaleza de que mereció la pena. Es demoledor este sentimiento. Y desde la crítica literaria es muy difícil no contagiarse del mismo al escribir y permanecer ajeno. Y queremos compartir esta desolación y esta circunstancia vital tan frecuente. A lo largo de la historia de la literatura ha habido elegías sublimes, elegías que nos han dejado huella. Literariamente el lamento de Príamo por Héctor y el duelo de Andrómaca constituyen uno de los primeros modelos de dolor. No olvidemos el de Aquiles por Patroclo. La elegía por la muerte de Adonis de Bion de Esmirna está en esa línea, pero es con Jorge Manrique cuando de un modo más cercano nos llega ese eco junto con el Planctus Mariae, la elegía de Keats, la de Alfred Tennyson, Miguel Hernández y su amigo Ramón Sijé, Lorca y Sánchez Mejías, Auden y el Funeral Blues, Dylan Thomas y su padre moribundo, Ted Hughes y la muerte de su hijo; Joan Didion y la muerte de su hija. Desde luego uno de los más importantes que nunca leí fue El dolor (1947) de Ungaretti, escrito a la muerte de su hijo Antonietto, cuyo antecedente inmediato estaría en la lírica elegíaca de Leopardi como categoría filosófica. Y no podemos olvidar Mortal y rosa (en prosa lírica) de Francisco Umbral a la muerte de su hijo Pincho, culmen de la literatura en español. En los últimos tiempos hemos conocido la inmensa obra de Rafael Ballesteros, Almendro y ceniza, dedicado a su hijo Pablo, y Jardín de poco, el enigma del ser y el desconcierto absoluto ante el Dolor y la pérdida. Eternidad azul de Fernando de Villena, es una obra donde el dolor estalla desde los versos iniciales: “¡Qué amargo es al volver de cada sueño/ encontrar la verdad de que te has ido”. Está estructurado en dos grandes apartados: “In morte”, con treinta y siete poemas, y “Eternidad azul” con veintiuno. Esta división temática no nos impide pensar que estamos en realidad ante un único poema con variantes, el que expresa el dolor presente en su más profunda esencia, en su singladura más actual…, pero, al mismo tiempo, la fe que siempre ha pervivido en Fernando de Villena se manifiesta llena de la esperanza del reencuentro, en la simbólica eternidad azul del título: “La eternidad azul siempre regresa;/ concedida nos fue cuando nacimos/ y vendrá con nosotros tas la muerte”. Y en el último poema: “Pero el cielo sereno de esta tarde/ alto muy por encima de los sueños,/sonríe y nos promete/ eternidad azul”. En la primera parte, notamos la presencia de Teresa, su cercanía, su vuelo breve. El poeta la acoge, la siente, la traslada al poema desde la ausencia, “gozo de mi camino, viva fuente”. Sentimos esta hipocondría de la pérdida, del abatimiento, de la desposesión de su luz, pero también la bruma del silencio, de la soledad, del desconcierto: “y yo mismo estoy perdido/ creo que para siempre”. A través de sonetos o de endecasílabos y heptasílabos el poeta recuerda los hermosos momentos vividos en la primera parte de los poemas, pero siempre existe esta partícula adversativa en la segunda parte de los poemas: Pero… “¡qué difícil vivir sin tu mirada…! (…)Pero… “Nada es igual/ cuando una pieza falta/ en el puzle sutil de la existencia” (…) Pero… “Yo ya no puedo más” (…) Pero… “Tú no estás a este lado” (…) Pero… “Al presente la amargura/ se acrecienta”. El poeta se pregunta cómo aceptar tanto dolor y por contraste recuerda los felices momentos vividos y recuerda dolorosamente su voz. En “Eternidad azul”, ahora emplea simbólicamente elementos de la naturaleza para hablar de ese encuentro, para expresar el amor “que desciende a las raíces”, encumbra su vértigo, “vértigo de los días/ y también de las noches,/ que son crueles espejos, los más crueles/ de todo el desamor que nos circunda”. Hay una voz que otea el mar, abunda en los símiles de la existencia, y rememora el pasado feliz y el presente desgraciado, la vida crepuscular, el menoscabo, el abandono… pero siempre queda al final un hálito de esperanza, de reencuentro en la eternidad azul: “la victoria final del tiempo bueno”, “la Luz que da a todo su sentido”. Puedes comprar el libro en:
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