Libro paradójico en su comienzo. Se define a dos reinas con nombres controvertidos. En primer lugar, se denomina a la regia esposa de Alfonso II de Aragón como Sancha de Castilla, como es posible este calificativo críptico, ya que si su padre es ALFONSO VII “EL EMPERADOR” DE LEÓN, su titulación debe ser obvia, por lo tanto, será la de infanta de León y de Castilla, ya que su nacencia toledana eliminaría a Castilla, porque Toledo es Reino propio y ciudad en cortes. En segundo lugar, la titulación de Urraca I es inaceptable como soberana de Castilla, ya que desde Alfonso VI de León, la otrora Castilla de Sancho II de León, está atomizada en condados diversos, todos dependientes del Reino de León. Inclusive existe un documento del propio monarca Sancho II de León, a priori de la batalla de Golpejara y hasta su muerte en la leonesa Zamora, que indica que: “Imperando el príncipe Sancho en Burgos, y mi hermano el emperador Alfonso en León”. Pero, parece obvio, que las dos historiadoras de los Reinos de Aragón orillan los títulos rigurosos de la primera reina titular de Europa, Urraca I “la Temeraria” de León: “V. IMPERATRIX ET LEO CIVITAS” O “EGO, URRAKA GRATIA DEI LEGIONIS IMPERATRIX ET TOTA YSPANIE REGINA”. Es más, cuando la gran emperatriz de León muere en el condado de Saldaña, por una infección puerperal o una endometriosis, se indica claramente que dicho condado es del Reino de León. Los rigurosos historiadores leonesistas medievalistas seguiremos luchando por desfacer entuertos medievales sobre el Regnum Imperium Legionensis, lo indubitablemente más conspicuo y paradigmático en Europa: infantazgos, cartas puebla, concilios, leyes, conceyus de los pueblos con sus pendones, los fueros, las Cortes (1188) o Cuna del Parlamentarismo, la igualdad regia de sus mujeres (Reina Sancha I de León, propietaria del reino), el nacimiento de la lengua romance/el llionés con la Nodicia de Kesos, etc. Y, como escribía Stanley G. Payne: “El Reino de León concedió mayor reconocimiento legal a los intereses de sus distintas Regiones, Ciudades y Clases Sociales que cualquier otro sistema de libertades locales en la Europa de la Alta Edad Media”. En el siglo XII la gran abadesa y compositora de música culta alemana, Hildegarde von Bingen (1098-1179) escribía, de forma muy extraña que: “La mujer es débil y mira al hombre para sacar fuerza, como la luna recibe su fuerza del sol; por lo que tiene que estar sujeta al hombre y servirle siempre”. No obstante, unos siglos antes el geógrafo griego Estrabón (4, 18) escribía sobre las mujeres astures cismontanas o augustanas: “Entre los astures es el esposo el que aporta la dote a su esposa, y son las muchachas las que heredan y las que se ocupan de elegir a las esposas para sus hermanos, lo cual supone una cierta ginecocracia o dominio de las mujeres. Éstas no son costumbres salvajes, pero no son completamente civilizadas”. Y estas mujeres ocuparían, en la época medieval, desde los Picos de Europa hasta el Duero las tierras del Reino de León en sus provincias de León y Zamora. Verbigracia, además en el siglo IV a. C. el 40% de las tierras de Esparta tenían como propietarias a sus mujeres. Sí es verdad que, en el año de 1222, el Papa Honorio III prohibía, de forma taxativa, que las abadesas pudiesen predicar desde el púlpito de las iglesias, ya que: “las mujeres no deben hablar porque sus labios llevan el estigma de Eva, cuyas palabras han sellado el destino del hombre”. Está claro que existía en algunos ambientes medievales la idea preconcebida de que las mujeres eran simples y débiles, por lo que era preciso y necesario la tutela de los varones sobre ellas. Este aserto, falso de toda falsedad, no lo tendrá nunca claro la Reina Isabel I “la Católica” de Castilla y de León, cuando contestaba sin ambages al arzobispo Alfonso Carrillo de Toledo, que ella era la titular poseedora de la Corona: ‘porque yo soy la reyna e subcessora destos reynos de Castilla et de León’, yendo las armas de sus reinos de Castilla y de León por delante de las de Aragón. Existe una mujer entre 1364 y 1430, de Venecia a París, llamada Cristina de Pizán, que en su obra ‘La Ciudad de las damas’ de 1405 reivindica de forma muy analítica, los derechos femeninos que deberían ser siempre ineluctables y obvios. “Me preguntaba cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos, a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra bien en escritos y tratados… filósofos, poetas, moralistas, todos -y la lista sería demasiado larga- parecen hablar con la misma voz para llegar a la conclusión de que la mujer, mala por esencia y naturaleza, siempre se inclina hacia el vicio… Me era casi imposible encontrar un texto moralizante, cualquiera que fuera el autor, sin toparme antes de llegar al final con algún párrafo o capítulo que acusara o despreciara a las mujeres… Así, me deshacía en lamentaciones hacia Dios, afligida por la tristeza y llegando en mi locura a sentirme desesperada porque Él me hubiera hecho nacer dentro de un cuerpo de mujer”. Cuando muera el Rey Sancho III “el Mayor” de Pamplona, de León y de Nájera, ha decidido como titulado imperial dividir su corona entre sus hijos, García para Pamplona como territorio nuclear, Fernando como conde de Castilla o de Burgos; el joven Gonzalo para las tierras de Sobrarbe y Ribagorza; y el imberbe monarca de León, Vermudo III, recuperará su trono imperial legionense. Aparece también en las donaciones el nombre de un infante llamado Ramiro, nacido fuera del matrimonio, e hijo natural habido con una mujer llamada Sancha de Aibar, quien recibirá unos 600 kilómetros cuadrados en el valle del río Aragón. Ramiro nunca se intitulará como Rey de Aragón, aunque los historiadores del Alto Medioevo lo consideramos como el primer monarca del naciente Reino de Aragón, y asimismo lo hicieron así sus contemporáneos, lo que le confería el estatuto patognomónico especial para ser el representante político de Dios en el gobierno de esas nuevas tierras de Aragón. “En los inicios del segundo tercio del siglo XI, Ramiro, el primer soberano aragonés, fue consciente de las posibilidades que la herencia recibida tenía y se mostró dispuesto a ampliar los límites de sus territorios, a costa tanto de los gobernantes cristianos del momento como de los musulmanes. Pero en esta época incierta Aragón pudo crecer no solo por el avance frente a ambos, sino también por la anexión de las posesiones de Sobrarbe y Ribagorza tras la oscura muerte de su hermano Gonzalo en torno a 1043 o 1044, que unos localizan en el puente de Monclús y otras fuentes en Lascort e incluso en Lascuarre”. Ramiro tiene problemas con sus poderosos hermanos que le rodean, y su intento de expansión impedido por los musulmanes meridionales, por lo que buscará apoyos al otro lado de los Pirineos, matrimoniándose con una condesa de Bigorra, llamada Gisberga-Ermisenda-Hermesenda, además el territorio condal de su esposa está en la proximidad de los condados de Sobrarbe y Ribagorza que ha obtenido, tras la muerte de su hermano Gonzalo. En el mes de agosto de 1036 se produce boda y nombramiento de ella como nueva reina de Aragón. En estos momentos tenemos el momento de la nacencia del Reino de Aragón. «Las mujeres de la nobleza en la Edad Media, ya fueran reinas, hijas de yeyes, condesas o amantes del monarca, han permanecido casi siempre ocultas a ojos de la Historia. En el reino de Aragón se convirtieron en piezas indispensables del tablero político, porque ellas daban a luz a futuros soberanos, transmitían el linaje y, mediante sus matrimonios, establecían importantes alianzas con otros reinos. Pero de esas mujeres poco hemos sabido. En los casos más desconcertantes ni siquiera trascendieron sus nombres; en otros, los historiadores no pudieron conocer ni sus orígenes. De la vida de muchas solo queda un documento. Incluso de alguien tan crucial para Aragón como la reina Petronila existen escasas evidencias. Visibilizarlas es una cuenta todavía pendiente, en la que en los últimos años se ha avanzado paso a paso. Ese es el objetivo de este libro, ‘Reinas, damas y señoras’ de la historiadora Anabel Lapeña y la periodista Ana Segura. Desde la época de Ramiro I hasta la de Jaime el Conquistador, las autoras han rastreado en la Historia con el fin de rescatar del olvido a mujeres que fueron fundamentales para dar vida al reino de Aragón. Sin ellas, nuestra historia no hubiera sido posible, pero la Historia las condenó al olvido y desdeñó su papel». Esta obra conformará, por lo tanto, otro libro didascálico, ya que nos analiza el hecho de la existencia de las regias mujeres en el trono de Aragón. Quizás pueda ser una hipérbole, pero el libro es mirífico, en el sentido admirable del necesario estudio de las féminas imperantes en el Medioevo aragonés. ¡Libro estudiado y que debe ser conocido!, ya que todo es aditivo para la gran Historia del Medioevo de los Reinos de Aragón. «Igitur qui desiderat pacem, praeparet bellum et creatio ex nihilo». Puedes comprar el libro en:
Noticias relacionadas+ 0 comentarios
|
|
|