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Máximo José Kahn
Máximo José Kahn

Kahn, el judío que se convirtió en español

miércoles 24 de abril de 2019, 07:39h
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En Madrid todavía rige aquella sentencia de D’Ors de “a las siete de la tarde o das una conferencia o te la dan”. Y si se anda con tino en la selección, cualquiera, en cuatro o cinco años, conferencia a conferencia y exposición a exposición, completa un bachiller de lo más presentable.

Aunque, en realidad, en la mayoría de estas citas mondaines lo mejor es el cocktail posterior; es más, hubo unos años —allá por finales de los ochenta y principios de los noventa—, cuando los canapés eran verdaderamente encomiables, y amén marcharse uno instruido y cenado a casa, hacía amistades de relumbre y hasta trenzaba idilios que, con un poco de suerte, duraban más allá del tropiezo de una noche. Luego, llegaron las sucesivas crisis y recortes, y los vernissages decayeron mucho y, claro, la asistencia a estos saraos menguó. Y no me cabe la menor duda de que la cultura nacional se resintió.

No obstante, de cuando en cuando, todavía acontece una de estas citas a la que ha merecido la pena asistir. Sin ir más lejos, hace un par de semanas con el abrigo y patrocinio de la Fundación Ramón Areces, otra fundación, la Menéndez Pidal, presentó "El romancero sefardí", de Máximo José Kahn, cuyo material documental —romances y escritos político-administrativos que lo promovían— se halla, por razones aún un tanto intrigantes y sin dilucidar, depositado en su curiosa y excepcional biblioteca. Por lo pronto, los tres presentadores; Jon Juaristi —que nos habló del pernicioso prejuicio encerrado en la voz judío a lo largo de la historia de nuestra lengua—, Mario Martín Gijón —máximo divulgador de la figura de Kahn, que nos expuso un sucinto pero sustancioso resumen de la biografía de este escritor renano y toledano a la vez—, y el editor del texto, Jesús Antonio Cid —que nos relató la génesis y clasificó los contenidos de este proyecto inédito hasta ahora, concebido durante la Guerra Civil, para atraer las comunidades sefardíes de Grecia y de los Balcanes hacia la agonizante II República española—, resultaron de una enjundia poco habitual y, por tanto, muy reconfortadores. Pero el bordón, que superó por emocionante cuanto de una tenida de esta índole se espera, lo puso el concierto de Alia Musica, con canciones litúrgicas y profanas hispanojudías. Y, encima, a los asistentes se nos obsequió con el romancero, quizá con el didáctico consuelo de que alimentásemos el espíritu, en ausencia del ágape con el que nutrir nuestras carnes.

En cuanto al protagonista del encuentro; no resultó tanto el romancero como su compilador, Máximo José Kahn Nussbaum, el extraño cónsul español de Salónica durante 1937 y unos meses de 1938. Quien no solo facilitó pasaportes a unos cientos de hebreos para que abandonasen Grecia —a la postre, la mayoría de los supervivientes del cajal de Salónica tras el Holocausto—, sino que concibió y seleccionó este poemario de bolsillo con vetustos romances para conmover a las aljamas de los Balcanes, recordándoles de paso que quién aún —pues Alfonso XIII había promulgado un decreto, en 1924, que concedía la nacionalidad española a cuantos sefardíes la solicitasen— las consideraba como trozos de España era la II República, contra la España Nacional, que daba, por sus servidumbres a la Alemania nazi, sobradas muestras de antisemitismo —bastaría con mencionar algunos artículos de Arriba en aquellos días o el Poema de la Bestia y el Ángel (1938) de Pemán—. No obstante, las andanzas literarias de Máximo José Kahn presentan muchos más alicientes que esta truncada cuanto singular aventura editorial en Salónica.

Desde que se instaló en España en 1921, Kahn fue un sólido puente como traductor pero sobre todo como articulista de las novedades editoriales entre Alemania y España; allá, en las revistas Der Querschnitt y Die literarische Welt; y acá, habitualmente en La Gaceta Literaria y ocasionalmente en Revista de Occidente, así como en el diario El Sol y en sus herederos Claridad y luego Luz. Para sus lectores alemanes era el fiel propagador de Ramón Gómez de la Serna y también el heraldo del Romancero gitano de García Lorca, por poner dos célebres ejemplos sobre los otros muchos títulos y autores hispanos que divulgó. En cuanto a sus artículos para el público español, fue conocido por su vaticinio sobre la profundidad y la categoría literaria de El castillo, de Franz Kafka, o su empeño por difundir la obra de Heinrich Mann —hoy olvidada injustamente—o de Remarke, entre otras puntuales reseñas sobre novelistas vigentes todavía en nuestras librerías, como Thomas Mann, Alfred Döblin o Hermann Hesse. Ya habrán adivinado que escribía en español con soltura, aunque, de tanto en tanto, alterado por algunos giros bastante curiosos, que si bien pudieran tener algún origen tudesco, aspiraban ante todo al vanguardismo pregonado por su admirado Ramón.

Tras su breve estancia en Salónica y otra más breve aún en Atenas, como Encargado de negocios de la embajada, a Kahn le llegó el acuciante y desastrado exilio como a cualquier significado republicano español: desde París a México, pasando por un campo de concentración en el África francesa y un ominoso confinamiento en la Isla Ellis, para acabar en Buenos Aires, donde murió en 1953. Sin embargo, allí, en América, nos dejaría sus títulos más notables como Apocalipsis hispánica (1941) o la traducción —anterior a la de Millás Vallicrosa—, con la colaboración de su amigo Juan Gil-Albert, del gran místico Yehuda Ha-Levi, en 1943. Y sus dos novelas: Año de noches (1944) y Efraín de Atenas (1950). Y si nunca había descuidado a los escritores o los asuntos judíos en su periodismo y en sus cavilaciones intelectuales —no en balde eligió Toledo, mítica capital de Sefarad, como residencia en España—, tras la ascensión del nacionalsocialismo al poder, se convirtió, por el comprensible y tenebroso desgarro, en una auténtica obsesión, que alentará ya toda su literatura; "El romancero sefardí" no es más que una prueba. Al compás, renunció a su nacionalidad germana —obtuvo la española, tras arduos trámites, en 1934— e incluso al alemán, en el que ya escasamente escribió, para convertirse en un escritor judío en lengua española, afrontando, claro, el incierto, y a menudo heridor, destino que le aguarda a cualquier escritor, que lo sea, en nuestra lengua.

Por todo ello y si disponen de tiempo, no estaría de más que le echasen un vistazo a alguno de sus títulos, aunque fuese solo como homenaje a un hombre que tanto quiso procurar a nuestra cultura, al punto de integrarse decididamente en ella.

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