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Benito Pérez Galdós: "Episodios nacionales. Cuarta serie" (ed. de Ermitas Penas) 2 vols

Biblioteca Castro, Madrid, 2019

viernes 10 de enero de 2020, 10:00h
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Episodios Nacionales. Cuarta serie
Episodios Nacionales. Cuarta serie
Quisieron adjetivarle (o, peor, quisieron apodarle, como atributo prosaísmo barato en su función de escritor) como ‘El garbancero’, más he aquí que, a día de hoy (próximo a cumplirse el centenario de su fallecimiento), el agraviado ha sido el ignorante adjetivador por cuanto no hay menoscabo, o bajeza de alimento literario o promiscuidad debilitada en la frase de don Benito, sino al contrario. Su prosa permanece viva, expresiva, certera.

Leamos, si no, como ejemplo: “entró (en el despacho del ilustre canonista) el amigo con su nene, que ya venía muy cansado y soñoliento, frotándose con los puños los ojitos. Púsole su padre en una silla, ordenándole la quietud (…) El chiquillo, que era de oposición, interrumpió a los graves conjurados rompiendo en clamores de protesta y tirándose de la silla. Tuvo don José que cogerle en brazos, acariciarle, arrullarle, decirle mil ternezas, y el niño, agradecido, inclinó la cabecita sobre las patriarcales barbas de su papá, y se durmió profundamente. Era en aquel momento el buen demagogo la perfecta imagen de san José” (Prim, vol. II, p. 866)” Sí, tal como el canon exige a la expresión narrativa la concisión, la precisión del lenguaje y la descripción veraz de una situación, aquí se cumple con creces la estética literaria, y quédese con el garbanzo el malhablado calificador.

Quiere resaltarse con esto que Pérez Galdós -sería de justicia, hoy más que antes-, que se le ha de reconocer como un escritor sobrio, claro, conocedor de la regla gramática y, sobre todo, un autor dotado de rara calidad en su decir. Ojalá muchos de los textos actuales en apariencia rompedores o novedosos pudiesen aproximarse a la precisa concisión con que aquí se muestra de cómo ha de construirse una frase para describir una situación; pero aún más, no es un decir que se quede en un contar sino que, teniendo en cuenta la inteligencia de lector, a éste se le sitúa en la acción para comprender, para interpretar y aún para llevar el gesto, la escena más allá de un significado distinto acaso, pero complementario. Es la función del escritor trasladar su pensamiento al lector para que permanezca viva la escena, el significado; y, ennoblecido el destino de la palabra, del discurso.

El autor canario, de vida pródiga en interiores, en matices (tanto en la propia como en la de su escritura) nos ha legado, así, una obra literaria que ha supuesto, con el tiempo, un mosaico claro y descriptivo de los aconteceres en una sociedad pujante en avatares socio políticos, en mismidades humanas y exhibicionismo guerrero.

Al margen del interés histórico que pueda derivarse de esta minuciosa crónica, a mí me gustaría destacar la calidad literaria de estas páginas, que, al margen de la crónica socio-política, se adentra –en parte gracias a la ficción- en un lenguaje muy sugestivo y limpio, lo que aproxima el contar a la voluntad del lector como didáctica y compañía narrativa de un alto nivel. De aquí podría deducirse incluso que ha partido, en su día, una variante de los estudios históricos; es lo que ha venido en sustanciarse, dentro de la consideración genérica de los textos literarios, la prosa literaria como fuente histórica.

En nota aclaratoria de los textos comprendidos en estos dos volúmenes –siempre en muy cuidada edición y, en este caso, bajo la vigilante tutela de la profesora Ermitas Penas- se nos indica como, en las diez novelas que comprenden estos libros se recoge “un abigarrado entramado histórico donde se reflexiona sobre la esencia de España, viajando desde los intentos revolucionarios de 1848 hasta los avatares y descalabros del reinado de Isabel II, que derivarán en el triunfo de la revolución del 68 y termina con la monarca en el exilio” Y se precisa, oportunamente, el que en la narración “se aprecia la voluntad didáctica del novelista que desea instruir entreverando los hechos notables, los grandes personajes con la historia menuda que nos adentra en otra dimensión del relato, la de lo privado y ficticio para dar verosimilitud y amenidad al conjunto” Así he pretendido señalarlo en esta nota, donde se puede reparar en lo preciso de tantos datos históricos junto a la gozosa verbalidad dialéctica que don Benito sabía convocar en sus textos.

España, pues, una vez más vista desde dentro, con sus luces y sombras, observada con inteligencia literaria e imaginación contenida.

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