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Paul Celan
Paul Celan

El doble y triste aniversario de Paul Celan

lunes 05 de octubre de 2020, 12:00h
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Huyendo del vergonzoso guirigay político que se ha levantado por adueñarse de Madrid, en mitad de esta infección donde boquea el país entero, reparé en una singular gacetilla que informaba de que el gobierno británico estudia, tras el aluvión de inmigrantes que han arribado a sus costas durante estos últimos meses, hacinarlos en la remotísima isla de Ascensión.

Por lo pronto, descubrí la existencia de ese terruño en mitad del Atlántico Sur, a mil y pico kilómetros al norte de Santa Elena, que otrora debió de ser muy conocido para los balleneros y aún para sus descubridores, los portugueses, donde apenas habitan hoy unas novecientas personas, sin impuestos ni cajeros automáticos y al cargo solo de seis policías, supongo que para apaciguar las borracheras, que en un lugar tan olvidado y monótono, deben de ser de aúpa y con estropicio de acompañamiento. Por supuesto que recluir a los foráneos en un lazareto —cuanto más alejado, mejor— es un ardid antiguo; aquí mismo lo usamos con los prisioneros de la batalla de Bailén, desembarcándolos en la isla de Cabrera y allá se las compusiesen como pudieran, y claro, acabaron devorándose unos a otros; aunque de eso —conviene precisarlo— hace más de dos siglos. Sin embargo, este método de desterrar al más indigente olvido a congéneres inoportunos sigue vigente, y en países tan civilizados como Australia, que recluye a cuantos intentan traspasar sus lindes de extranjis en las islas de Naurú, Navidad y Manus; además, por periodos —si no son auténticas condenas— cercanos a una década, mientras sus funcionarios dilucidan meticulosamente si los deportan o les otorgan el permiso de ingreso. Por supuesto, de allí ha extraído esta siniestra ocurrencia el gobierno del señor Johnson.

Y no pude evitarlo, la noticia me suscitó una honda y conmovida compasión por esos aciagos destinos ahora tan incómodos para el gobierno inglés, como me la provocó en su día la visión de esos cientos de miles de sirios acampados en Jordania o en Turquía sobre una provisionalidad carente de cualquier porvenir. Y he aquí que, mientras, en Alemania están conmemorando el centenario del nacimiento y el cincuentenario del suicidio del poeta que conoció e intentó, más que cantar, describir con sus descoyuntados versos qué se siente en uno de esos degradantes limbos, donde hasta tener memoria agravia, porque es un recuerdo de la dignidad arrebatada: Paul Celan. Y lo curioso es que Paul Celan apenas sí vivió periodos cortos en la actual Alemania y un par de años en Viena, pues nació en la bellísima Czernowitz —hoy Chernivtsí, en la Ucrania occidental— aunque demasiado tarde; justo cuando el imperio Austrohúngaro acababa de desaparecer; quizás el único mundo propicio para él y para los suyos. Allí, en la capital de la Bucovina, su madre, Fritzi, le inculcó el alemán, la lengua de la gran cultura y también de un pueblo que, de pronto, se volvería feroz contra los de su estirpe. No por otra razón, Paul emprendió, en 1938, Medicina en Tours, pero regresó casi de inmediato a su ciudad por la II Guerra Mundial y lo intentó con la carrera de Románicas, que tampoco concluiría por la adhesión al Eje de Rumanía —país que había ocupado el territorio y aquella ciudad mayoritariamente judía en 1918—. Y ya se imaginan: llegaron las deportaciones, sus padres a campos de exterminio, y él, a uno de trabajo para el ejército rumano, en Moldavia; lo que le salvaría la vida pero con tales destrozos que lo convertirían en un hombre desjarretado anímicamente —tanto que se resignó a pasar una temporada en un psiquiátrico tras intentar asesinar a su esposa— y, sobre todo, en el poeta alemán más singular y decisivo de la segunda parte del s. XX.

Sus poemas —o al menos los más célebres— brotan de esa inmensa llaga de su alma y son casi intraducibles —pese a los muy encomiables esfuerzos que se han hecho—, e incluso en alemán resultan violentamente quebrantados; no solo por su aparato metafórico sino por sus intempestivas elusiones sintácticas con las que expresar ese balbuceo y esa vacuidad existencial que se sentía —si se era capaz de sentir algo— en uno de aquellos Arbeitslager; en fin, la única poesía que cabía siguiendo y contradiciendo a la vez la máxima de Adorno, que negaba la posibilidad —al menos en alemán— a cualquier poema tras Auschwitz.

Es absurdo, lo sé, pero me gustaría que este homenaje a Paul Celan traspasase las fronteras germanas y azuzase a Europa para que despertara de su molicie moral, y adoptase por fin una solución eficaz y digna para cuantos buscan en ella el imposible remedio a sus atroces penurias. No olvidemos que tras esta epidemia seremos más pobres, y esos síntomas, como el reciente antisemitismo en Francia o los atrabiliarios nacionalismos de algunos países del Este, pudieran constituir el germen de un nuevo horror. Y no nos consideremos inmunes los españoles, y no lo advierto solo por esos ayuntamientos que han decretado el boicot a Israel, sino por el creciente desprecio al magrebí o por el indisimulable racismo de los independentistas por el maketo y el charnego, aunque ahora, en lugar de brazaletes rojos y camisas pardas, se camuflen bajo el pelo cortado a cazo y esas sudaderas de capuchón, pues el aullido de la embriagadora e inane venganza acecha hoy ahí; para despabilar, como acostumbra, solo precisa de alguien que señale al extranjero.

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