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Pilar Úcar Ventura y Antonino Nieto Rodríguez
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Pilar Úcar Ventura y Antonino Nieto Rodríguez (Foto: Javier Velasco Oliaga)

Antonino Nieto Rodríguez, el poeta que nunca nació

martes 11 de mayo de 2021, 13:00h

El poemario del escritor invita a conocer el infinito de la realidad y el abismo de los sentimientos desde una visión personal y trascendente del tiempo y de la vida. Versos encarnados en experiencias llenas de lucidez y desvarío. Un juego de luces y sombras que sorprende siempre al lector.

Antonino Rodríguez Nieto. Selección y edición crítica de la obra poética
Antonino Rodríguez Nieto. Selección y edición crítica de la obra poética

“desde siempre yo me representaba a mí mismo. sin pantalla ni escenario. en tal condición mi poesía no distingue entre vivos y muertos: porque todo es en presente” (Antonino)

Estos son algunos de los intersticios versales que el autor nos regala. Antonino Nieto Rodríguez desprende un aroma a poesía, a experiencia y a sentimientos. A vida. Poeta, fotógrafo, filósofo, artista…tantas facetas como un caleidoscopio. Y todas auténticas. Versos…no lo tengo tan claro. Poemas. No lo tengo tan claro. Sospecho que bucea en la necesidad categórica e imperiosa al modo de los juicios kantianos, para escribir (se) y para expresar (se).

Conviene parar y reflexionar: tomarse su tiempo y observar y es entonces cuando damos con la clave, con alguna clave, al menos.

Líneas existen, algunas más largas que otras; algunas cortísimas, la sola escritura de un signo fonético y ortográfico. Estrofas hay y párrafos también, o mejor, piezas a la manera del kintsagi japonés: recompuestas, brillantes por sí solas. Únicas. Rotundas, potentes, distintas, sorprendentes, hiperbólicas, transgresoras, melting pot de contenidos, temas, ideas, pensamientos, encuentros y desencuentros, crítica acerada y oración dulce, esperanza acotada e ilusión previsora…Todo eso y mucho más. Ante esta poliantea, cualquier intento de clasificar y etiquetar a nuestro poeta se desbarata; resulta más productivo y alentador, encajar el ánimo y la disposición para encontrar en su prolífica obra de todo o de casi todo: literatura, arte, protocolo urbano, herencias y futuribles. Verdades, credibilidad y salvación…

Los títulos que nos ofrece suponen un valor añadido a cualquier estudio sobre la poesía generacional de la centuria anterior y la presente; nos aportan las pautas para entender y desentrañar espacios históricos, para navegar por aguas procelosas de antaño y surgir renacido en la calma o inquietud venideras.

Aquel lector curioso y avezado en poesía, también ávido de lírica, por qué no, se va a topar con un escritor vivo, generoso y clarividente; transgresor y rompedor de moldes arcaicos, arriesgado en su expresionario, sin corsé moldeador de figuras más o menos acomodaticias. Forja su materia poética con los objetos más comunes y cotidianos y los “embarra” hasta la sublimación de un intimismo exacerbado.

“le doy pues la mano a los que estando no se ven. enciendo al calor de la común finitud, lo interminable de la llama: que aquí estamos y juntos la celebración es mayor: más inútil…”

No tiene empacho en diseccionar los temas más prosaicos y ramplones, y convertirlos en misticismo arrebatador pleno de filosofías y esencias humanas y espirituales. De su lectura se desprende rabia, dolor, alegría del mundo, del nacer y del morir, agradecimiento del existir y del ser.

En esa amalgama versal se dan cita Calderón, Beckett, Nietzsche, Quevedo, Machado, Picasso, Lorca, la biblia, los mitos clásicos, Alfonso X, Jorge Guillén, Caravaggio, Kafka, Munch, Monterroso, Gloria Fuertes, Cortázar, Rosalía de Castro…y podríamos seguir.

El autor se ha vaciado poéticamente y rinde homenaje y pleitesía a su ser y su estar en este mundo, del otro ya nos lo contará…

Entre su poemario destacamos: Sudor del agua y La edad del tiempo, publicados por Terra Natio en 2019; En el infinito no hay refugio, de 2020 y El ojo del abismo toma de la mano el arco iris, de 2018 ambos en Cuadernos del Laberinto.

En torno a la fecha de 1965 vamos a asistir a la confluencia de la poesía de los 50, junto con la social y otros modelos innovadores basados en el realismo heredado de la posguerra pero con nuevos matices, algunos residuales y significativos como el simbolismo o el esteticismo. Desde Biedma, Barral o Valente, Brines y Nieto entre otros, no pocos ejemplos de modelos extranjeros tendrán su baluarte entre ellos: Rimbaud, Ezra Pound, Eliot, o los hispanoamericanos Borges, Octavio Paz o Lezama Lima.

En la actualidad, el panorama ha alcanzado distancia y, por tanto, perspectiva a la hora de encuadrar la poesía de las décadas posteriores a la guerra civil; los representantes poéticos de dicho momento son herederos de sus antecesores y la temática de su obra oscila entre la intelectualización purista y la narratividad, o el hedonismo e irracionalismo de sus versos.

Los poetas se van a volcar a partir de su yo individual en un yo colectivo: todos ellos han constituido un universo casi estrafalario y extravagante que los convierte en precursores de nuevos planteamientos a partir de los recibidos con anterioridad, de forma que no niegan todo lo que aportaron generaciones pasadas, y comparten un discurso poético abrupto y casi quebrado.

No resulta arriesgado asegurar que pasamos de lo estético a la cochambre cotidiana sin transición, de la belleza de un sentimiento al descaro físico siempre sorprendiendo a público y crítica. Quizá sea ese uno de los objetivos de estos poetas, nada transitorios ni transicionales. La mezcla de figuras retóricas se entreteje con un vocabulario ordinario en perfecta aleación de registros idiomáticos. Para todos los gustos. Tal vez sea esa la característica común del grupo. En algunos casos seguirles el rastro supone cierta dificultad pues su carrera profesional tomó derroteros sin mucho que ver con el germen poético: cruzaron la frontera del verso realista y personal para refugiarse en la insolencia y frivolidad del rechazo hacia todo lo que rezumara pasado (no tan lejano, por cierto).

Por lo que respecta a nuestro autor, Antonino Nieto Rodríguez se define como firme defensor de la cultura, un acérrimo convencido de su carácter de bisagra: abre espacios y mundos pues nos transporta a nuestra identidad; celebra la cultura y la convierte en pintura verbal, edificio erguido, pentagrama rítmico. Antonino apuesta por la comunión variopinta de una liturgia que ayuda a sobrevivir en el oleaje y a remar por el compromiso humano y social. Sus poemas unen mares con lazos de hermandad acuñando valores al aprender y al saber en un maridaje de convivencia a veces difícil y traumática: Toda la carne y el infinito (Líneas paralelas, 2016) o Un fantasma perfecto (Endymion, 2011), sin olvidar La voz del escorpión (Sial, 2010) o Dibujas ausentes (Huerga y Fierro, 2006) constituyen claros exponentes de todo ello.

En su conjunto, versos y poemas rezuman una calidad de superación del ser humano que no se doblega ante la adversidad; la posibilidad de fundirnos en un abrazo, aplanar distancias y festejar que miramos el futuro con ilusión; vislumbrar el infinito con fe y con esperanza…eso sí, poéticamente.

Antonino Nieto quiso y supo recoger velas y esperar a que amainara el viento y nunca se alineó con la versión coqueluche, los denostadores de lo anterior, del pasado. Marcó su propia ruta y sigue en vigencia hasta ahora. Y lo que le queda. Su metapoesía llega a nuestros días y ayuda a recomponer y a reconstruir la vida que él protagoniza.

Detectamos música, sonidos discordantes, caducidad y aspiración; ilusiones, frustración, profundidad y roces. Recovecos y meandros que conducen a seguir leyendo. Con tiempo. Marcando nuestro propio compás.

Un juego de adivinación estimulante supone desentrañar dónde surgen recuerdos del beatus ille o de la vanitas vanitatum ante un tempus fugit que invita al carpe diem.

La naturaleza armónica en ocasiones desentona con un mundo umbrío de formas lóbregas que anticipan la primavera a dentelladas.

Nos dejan perplejos las descripciones vívidas, imaginadas y anticipatorias casi visionarias, diálogos a capella, historias de la historia real e infrahumana. En definitiva, todo un banquete lírico digno de ser contemplado. Y…leído.

“sin haber nacido, tendría menos de diez años, en otro sueño, me vi sin mí en mí, y de nuevo tuve que aprender a andar. y en ello estoy”

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