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Ricardo Bellveser
Ricardo Bellveser (Foto: Archivo)

VIDA Y LITERATURA

"ESTANTERÍAS VACÍAS" DE RICARDO BELLVESER
martes 12 de enero de 2021, 23:00h
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Siempre tuve la certeza de que la vida no significa nada sin los libros: “Vivir y leer, una misma cosa, leer es vivir”. Es un binomio que nos acompaña durante nuestra existencia y están tan imbricados que no podemos hablar de uno u otro indistintamente. El escritor valenciano Ricardo Bellveser es uno de los imprescindibles escritores contemporáneos que patenta su creación en este binomio que, en realidad, es la misma cosa: “La razón de mi existencia;/ sin ellos, ¿qué hago en este mundo?,/ más allá de observar la vista y esperar la muerte/ que me aguarda disfrazada con una piedad/ impropia de su tarea y condición”.

Estanterías vacías
Estanterías vacías

Cuando una estantería se queda vacía, la existencia ya es anónima. De ahí que este profundo y sentido homenaje a los libros es en realidad una oda ardorosa a la existencia. Porque leer es vivir, soñar, pensar, sentir y padecer. Un aturdimiento, una atracción, acaso un vencimiento. Algo extraño y sin sentido para el que no ha tenido la ocasión de abrigar el alma de un libro.

Ricardo se despide de “8.000 teselas” por amor a la palabra, esa palabra que tiembla y se oscurece en la nada. Un poemario cargado de franqueza, de reconocimientos hacia la palabra como justificación de nuestra existencia, como bálsamo que nos permite subsanar este universo en la tierra.

Una inferencia que nace de una comunicación médica sobre su estado de salud lo adentra por la axiología de la eternidad, del ser y de su equipaje terrenal. Una eternidad en la conciencia, una eternidad que justifica toda una forma de ser.

De ahí que exista mucho en esta obra de “empinado barranco de la melancolía”, de convulsión, de singladura, acaso de ceremonia de despedida, aunque la despedida solo podría ser real desde el vencimiento, y en el libro se exaltan las ganas de vivir, de ser, de estar en el permanente dasein heideggeriano: “Hace poco los médicos/ me dijeron que tengo los/ días contados, y quién no./ Pero desde entonces me despido de todo”.

A medida que avanza el libro, vamos adentrándonos en el ser más personal, en los “asuntos fronterizos” que nos advierten del recorrido vital, de la senectud, de la “frugal levedad del tiempo”, de su inexistencia, de su añoranza… y con la templanza del sabio recorre su vida y sus conclusiones y alegatos: “Ahora lo voy comprendiendo:/ he vivido, si no mucho, sí lo bastante/ pero apenas he aprendido nada”. Un inventario de derrotas, quizá, como esos personajes que se asoman al abismo: “Me voy como en un sueño/ de vida y de verdad, como si la vida/ tan solo hubiera sido un guion escrito/ en el vacío de un papel imaginado, / desconsolado ante mis estanterías vacías/ ante mis venas contaminadas”.

Es la enfermedad con su cadencia silenciosa y la contemplación desde fuera del ser que transmite una subterránea desolación contenida en ese encuentro con la soledad, es decir, con los estantes vacíos, “extraviados por esa selva oscura a la que llamamos vida/ de la que solo se sale solo”. Pocos libros existen tan profundos, demoledores, estimulantes y vitales en la poesía contemporánea, pocos libros que hagan sentir con tanta desolación la profundidad de la existencia, sus límites, sus desvaríos…, y con tan profunda sinceridad, con tan profundo amor a la palabra.

El poeta se siente en la necesidad de estar ahí, con el verbo en libertad ante el vacío del ser, en su compañía, contemplando ese reloj que está junto a la librería “como una prolongación de los libros”, siendo libros en el tiempo, siendo brevedad del tiempo en ellos, muy pendiente de que no se detenga, un reloj al que solo él puede dar cuerda. El desaliento va ocupando su espacio, y “aquellos valores en los que tanto creí/ se han convertido en humo, en polvo”; hay un desasosiego creciente que le conduce hacia “la esterilidad/ incomprensible de la no luz”; desesperanza que conduce al desaliento sobre todo lo que le rodea, quizá por haber esperado demasiado de la vida. Y ante este estado de postración, se pregunta si todavía existen los pájaros: “¿Dónde están los pájaros cuando ofician/ la inquietante ceremonia de su muerte y se callan…?”. Sin embargo, la vida sigue ahí y “vivir es la única razón de esta aventura”. Como el sabio que se retira, Ricardo Bellveser hace germinar la palabra, remonta el vuelo del mundo, se hace semilla y crece en el poema como “un parto hacia la luz”, acreciendo en su interior, siendo conscientes de que solo la palabra nos salvará, ese mundo en los demás, ese lector desconocido que un día sienta la turbación que nosotros sentimos porque “la muerte no lo es todo”. Más allá está el límite de los estremecimientos, del gozo de sentir, del gozo de amar, de saber que hay siempre alguien ahí que estará esperando el vivir en los demás, el seguir vivos con la palabra que otros nos dieron como un consuelo, como una salvación, como una dádiva, como un canto a la emoción y a la dicha.

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