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Carolina Coronado
Carolina Coronado

Carolina Coronado, la escritora que regresó de entre los muertos

sábado 16 de enero de 2021, 14:00h
Yo me siento violenta y comprimida
como el niño que hablar quiere y no sabe;
una cosa en mi alma está escondida ...
vivo abrumada por su peso grave ...
Un concierto suave
escucho en mis sentidos,
cual si dentro de mí hubiera sonidos.
La Sigea
La Sigea

Son los versos con los que Carolina Coronado (Almendralejo 1820-Lisboa 1911) concluía, a sus catorce años, una carta dirigida a otra niña de su edad. Una maravilla, ¿a que sí? El genio romántico que se abre camino en el interior de una adolescente superdotada, autodidacta y tan ávida lectora, que la biblioteca familiar y todas las de las familias adineradas de su pueblo, se le quedaron enseguida pequeñas …aprendí sola el francés y el italiano y subí de un vuelo a leer a Tasso, Pretarca y Lamartine

Debió ser también en la pubertad cuando se le despertó la enfermedad nerviosa que la debilitaba, y que a los a veintitrés años la colapsó, hasta el punto de que su familia la dio por muerta, igual que le sucediera a Santa Teresa, figura a la que admiraba.

Coronado se identificada con la monja abulense: ambas escribían poesía y vivían rodeadas de libros en un mundo dominado por hombres. Pero había más…a Teresa el amor le había atravesado el corazón, la había arrobado y empujado a vivir, muerta de amor, sin vivir en sí… “Pasión, esto es pasión”, se dijo Coronado al leer a la mística doctora y para disgusto de la Iglesia comparó su amor a Dios con el que atormentó a la pagana Safo. Escribió un ensayo “Los genios gemelos: Safo y Santa Teresa”, que no fue bien recibido. No niegue que al leer el título se le han abierto mucho los ojos y la boca. Fue una transgresión, desde luego, pero no tanto como usted supone. A diferencia de hoy, Safo representaba en el XIX el arquetipo de amor heterosexual no correspondido (se suicidó por Faón) y su personaje despertaba el interés de los escritores de la época.

Coronado, que había estado en secreto enamorada de un hombre, conocía de cerca lo que era la hondura de sentimientos. Nunca sabremos a quién amó, pero sí que la pasión la colapsó y la hizo caer en ese estado equívoco y rayano en muerte que llamaban catalepsia. En 1852, después de casi diez años de su “primera defunción” (“moriría” más veces ) y desafiando la censura social y literaria, publicó un cancionero amoroso -“A Alberto”- que ocultaba la identidad de su primer amor bajo un nombre ficticio. Causó gran revuelo, compréndalo: las mujeres de su tiempo no debían sentir ni escribir de esa manera. El Romanticismo las consideraba objeto de pasión, pero no sujetos apasionados (de hecho, “las malas,” las casquivanas no experimentaban pasiones, sino devaneos) La exaltación romántica de la subjetividad y la libertad era un asunto exclusivo del genio masculino. De las mujeres se esperaba que fueran el ángel del hogar, no enamoradas impetuosas.

Coronado no aceptaba (del todo) semejante articulación de lo masculino y lo femenino, y compuso poesías que denunciaban la opresión a las mujeres (“Libertad”, “El marido verdugo”…). Pero su verdadera inquietud fue la mujer como sujeto literario. Escribir era en el XIX igual que el coñac Soberano durante mi niñez, “cosa de hombres”. Incluso los sectores más progresistas de la sociedad consideraban “antinatural” que las féminas tomaran la pluma y Coronado protestó con poemas contra aquella injusticia (“A Elisa”, “La poetisa en un pueblo”…). Lo normativo en su época era que las mujeres no desarrollasen inclinación por la escritura, y de hacerlo, que fuese siempre desde una contención poética tal, que subrayara el rol subsidiario y la condición angelical que la sociedad en general, y los poetas románticos, en particular, les asignaban.

Traspasar esos confines, significaba arriesgarse a ser tildada de poco femenina (falta gravísima), de “pedantuela”, de rara, loca y hasta de impostora, porque imperaba el prejuicio de que las mujeres carecían de la inteligencia imprescindible para escribir y, por consiguiente, copiaban o alguien escribía por ellas. La poetisa (voz, en el futuro, denigratoria) era satirizada por querer imitar al varón de talento. Coronado advirtió que en España se parecen las poetisas a las santas en que para ir a la gloria tienen que pasar por el martirio. Créame, hablaba por experiencia. Fue admirada en espacios selectos -y por grandes escritores contemporáneos (no sin condescendencia y paternalismo) como Espronceda, Martínez de la Rosa o Juan Varela- pero antes de cruzar tan parnasianos umbrales, tuvo que soportar el rechazo de propios y ajenos. Incluso la crítica post mortem fue “elogiosamente injusta” con ella. Durante décadas la llamaron de “modo admirativo” la Bécquer femenina (a Rosalía de Castro le sucedió igual). La realidad es que Coronado es anterior a Bécquer y sus golondrinas (los pájaros son un símbolo recurrente en su obra), y es el intimismo becqueriano el que bebe en fuentes coronadianas, no al revés.

La poesía (filósofica y de compromiso, amorosa y religiosa) constituye la parte más relevante de la producción literaria de Coronado. Según sus biógrafos -y sobre todo biógrafas- el montante de sus versos asciende a más de 40.000. Destacan los poemas “la rosa blanca”, “Tú eres el miedo”, “Se va mi sombra, pero yo me quedo” y sobre todo, “El amor de mis amores”, inspirado en el Cantar de los Cantares y articulado en seis cántigas que recogen ecos de Horacio y San Juan de la Cruz.

Retornando a la hostilidad que cercaba a las mujeres con aspiraciones a sujeto lírico y no solo a musa, permítame contarle que nuestras poetisas románticas (Fenollosa, Cambronero, Grassi, Massanés…) se defendían del desdén machista tendiéndose puentes de amistad, pues el público andaba siempre presto a aborchornarlas. Se carteaban, se dedicaban composiciones y se prologaban unas a otras. Conformaron un círculo de apoyo mutuo -la hermandad lírica- que Coronado lideró. Por entonces ya gozaba de reconocimiento literario y protegía su imagen de mujer y de poetisa (así en femenino), que no de literata, término y condición que desdeñaba y que encarnó otra escritora brillante y más libre, Gertudris Gómez de Avellaneda. Esta además de poeta -así la llamaban sus defensores y detractores- era dramaturga de éxito y vivía de sus obras. Coronado exhortaba a sus amigas a respetarla y a admirarla, pero no a seguirla en lo personal ni en lo literario (debían mantenerse virtuosas y poetisas). De anciana lanzaría dardos a una joven Pardo Bazán.

En 1852, con treinta y dos años, contrae matrimonio en Madrid con el norteamericano Horacio Perry, primer secretario de la embajada norteamericana. Es un hombre atractivo, inteligente, educado en Harvard y Coronado lo adora. De su unión nacen tres hijos: Horacio, que fallece a los pocos meses de vida, Carolina y Matilde. Viven en una mansión de la madrileña calle Lagasca, que Coronado transforma pronto en espacio de fiestas y encuentros literarios, pero también en refugio de políticos perseguidos. Junto a Concepción Arenal integra la cúpula de la Sociedad Abolicionista, lo que ubica a Perry -también antiesclavista- en una posición políticamente incorrecta, pues España apoya durante la Guerra de Secesión a los Estados del Sur. Casi a la vez que Perry es cesado, fallece en plena adolescencia, Carolina, la hija mayor de ambos. Desquiciada de dolor y miedo, Coronado en lugar de enterrarla, la embalsama y consigue que las monjas Pascualas la guarden en un armario de la sacristía conventual de Recoletos. “Si despierta, podrá al menos, golpear la madera…”

Algo después, Perry es nombrado gerente de la compañía Eastern Telegraph que pretende tender un cable submarino con América, y el matrimonio y su otra hija -Matilde- se traslada a Lisboa. Habitan un palacio maravilloso a orillas del Tajo y vuelven a llenarlo de artistas e intelectuales. Coronado ya no es poetisa, es novelista (“Paquita”, “Adoración”, La rueda de la desgracia”) y concibe su obra más ambiciosa, “La Sigea”, sobre Luisa Sigea, una humanista castellana en la corte de Manuel I, y sus amores con Luis de Camoes. Todo marcha bien…hasta que un revés los arruina. A la catástrofe económica se suma la muerte por apoplejía de Perry. Coronado, enajenada, se niega a enterrarlo…repite lo que hizo con la hija: lo embalsama y lo deposita en el oratorio del Palacio. Cada tarde, durante veinte años, Matilde ve como su madre habla allí a su padre. Viven oscuras y aisladas en la clara y bulliciosa Lisboa. Coronado no escribe, no sale, no recibe visitas, pero aun así el amor se cuela en el palacio. Matilde, de 30 años, se ha empeñado en casarse con el abogado extremeño Pedro Torres Cabrera, hijo de un carlista. “¡Nunca lo permitiré!”, dictamina Coronado. Matilde suplica y su madre consiente a condición de que continúe durmiendo con ella… ¿Y Torres? en el piso de abajo, naturalmente. No quiere contacto alguno con su yerno. Los enamorados aceptan y soportan veinte años de noches separados y conversaciones vespertinas de Coronado con el esposo momificado (“el silencioso”, según Ramón Gómez de la Serna, sobrino de la poetisa).

A los 90, esta fallece “por última vez” y Torres dispone enterrar a sus suegros en Badajoz, bien lejos. Bien pronto, sin embargo, haría lo mismo con Matilde. Seis meses les duró la felicidad a solas. Veinte años de matrimonio y apenas medio de noches de pasión. Maldito Romanticismo.

Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras.
Y quisiera exhalar mi ultimo aliento
abrasada en el aire que respiras

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