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José Luis López García: "Muertos en vida. Una crónica veraz del llamado terrorismo de baja intensidad de ETA"

Editado por Almuzara, Córdoba, 167 páginas.
Por Alfredo Crespo Alcázar
jueves 16 de septiembre de 2021, 23:00h
Muertos en vida
Muertos en vida

En muertos en vida, José Luis López García nos acerca una etapa, no excesivamente alejada en el tiempo, que en ningún caso debería olvidarse, como es la que alude a la existencia de Eta y las repercusiones que generó entre determinados colectivos de la población vasca. El autor aborda como objeto de estudio la persecución sufrida por miembros del Partido Popular, en particular concejales que desarrollaban sus tareas públicas en pequeños municipios de la geografía vasca.

De manera general, una lección que debe extraerse, como bien refleja esta obra, es que la desaparición de Eta no ha provocado que la libertad de opinión esté garantizada en el País Vasco. En efecto, en determinadas localidades aún resulta imposible simpatizar con el PP, estigmatizándose tal elección política con el epíteto de anti-vasco. Este fenómeno no constituye novedad alguna; por el contrario, hunde sus raíces en la época de la transición, lo que generó la división de la comunidad en dos mitades.

Como hemos indicado, López García se centra en aquellos miembros del PP vasco que fueron víctimas de la violencia de persecución por parte de Eta y de todo su entramado social y mediático. Así, nos acerca las trayectorias vitales de una serie de héroes anónimos a los que entrevista, mostrándonos la valentía con la que encararon sus responsabilidades con la ciudadanía en un escenario complejo: “personas que estaban hablando conmigo y si veían que venía uno de HB de repente te cortaban, te dejaban con la palabra en la boca, o no te saludaban y te hablaban cuando no les veía nadie” (p. 79-80). Como resultado, asistimos a una inversión de roles que transformó a las víctimas en victimarios. A modo de ejemplo, Berta Rodríguez se vio obligada a alterar rutinas, como renunciar a ir a la peluquería a la que acudía siempre “porque todo eran miradas raras, gestos, palabras” (p.73).

De una manera más concreta, los concejales del PP en los pequeños pueblos del País Vasco fueron víctimas de atentados y de acoso en los plenos. Sin embargo, su valor debería permanecer en la memoria ya que representaron al Estado y garantizaron la vigencia de la Constitución, combinando el servicio público con el ejercicio de otras actividades profesionales las cuales significaban la base fundamental de su sustento. Como acertadamente reivindica el autor, constituyeron una muralla democrática y en ningún caso insuflaron el odio entre sus familiares y amistades. A modo de ejemplo de esta afirmación, Guillermo Sánchez explica al autor lo siguiente: “desgraciadamente no fue sólo uno, luego dos, luego tres. Y al final en la Audiencia Nacional había papeles en cinco comandos sobre mí. Obligado me fui a Madrid. Tuve que dejar mi familia más cercana, mis hijos. Y mi hijo que en ese momento vivía conmigo no lo consiguió entender. Tardó años en entenderlo” (p.52).

Con todo ello, también resulta necesario realizar un recordatorio para apuntar que el centro-derecha se convirtió en objetivo prioritario de Eta desde el mismo momento en el que se inició la transición de la dictadura a la democracia. No se trató de una mera amenaza retórica; por el contrario, en la mayoría de los casos, el “señalado” finalmente resultó asesinado. Por tanto, Alianza Popular y Unión de Centro Democrático, mientras en el resto de España obtenían resultados notables en cuantos comicios se celebraban, en el País Vasco en muchas ocasiones no lograban confeccionar sus listas de candidatos electorales, es decir, una anomalía democrática que benefició y beneficia en la actualidad electoralmente al nacionalismo vasco.

En definitiva, una obra oportuna y necesaria que expone con realismo la persecución física y el sufrimiento psicológico del que fueron víctimas la mayoría de los integrantes del Partido Popular en Euskadi durante la existencia de Eta a través del testimonio de quienes la sufrieron. Sus declaraciones nos describen un ambiente tóxico del que cabe responsabilizar no sólo a los victimarios sino también a amplios sectores sociales e institucionales: “la situación irrespirable que padecían los cargos públicos del Partido Popular, familiares y muchos de sus amigos, podía haber sido mitigada si desde el nacionalismo vasco gobernante hubieran advertido algún destello de solidaridad, algún tipo de complicidad. Fue en vano. Su elocuente silencio y la falta de empatía daba pábulo al axioma del “algo habrán hecho” y su abyecta versión del “ya sabían donde se metían”; es decir, legitimando la desaparición de todo un espectro político para, acto seguido, pasar la Visa y cobrarse el voto popular huérfano de representantes” (p. 135).

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