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María Teresa León
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María Teresa León (Foto: wikimedia commons)

María Teresa León: exilio en carne viva

Una patria, Señor, una patria pequeña como un patio, o como una grieta en un sólido muro. Una patria para reemplazar a la que me arrancaron del alma, de un solo tirón”[1]
jueves 28 de octubre de 2021, 10:00h

Así se lamenta María Teresa León en su “Memoria de la melancolía”, esa autobiografía suya que parece tejida con tiras arrancadas de su propia alma para ir luego hilando cada página. Las suyas son unas confesiones que le brotan de lo más profundo del corazón, un corazón, como ella confiesa “cristianísimo[2]”, que siente como propias las desgracias de los más desfavorecidos: sus privaciones, su incultura, todos los lastres que les han provocado los más poderosos. Por eso al abandonar España experimenta un desgarro que le hace sentirse rota.

Exilio, mujeres, escritura
Exilio, mujeres, escritura

Como bien anticipa esta logroñesa, nacida el 31 de octubre de 1903, de padre militar, combatiente en la guerra de Cuba: “la vida me parecía hecha para acomodar los ojos a cosas nuevas[3]. Eso pensaba aquella niña, hija de militar, acostumbrada a los constantes cambios de destino del padre. Sí, aquella niña intuitiva, seguramente presentía entonces, en aquellos constantes trasiegos, con la casa a cuestas de un lado para el otro: de Burgos, a Barcelona, a Madrid…, lo veleidoso que podía ser el destino. Como si la vida la estuviera ya preparando para ese posterior vagabundeo suyo por el mundo.

El ultimo grano de la tierra española se le había escurrido ya de los zapatos. Poco a poco las imágenes de su memoria se le volvían huidizas. Durante años únicamente sus amigos judíos comprendieron su soledad, y hubo un momento en que creyó que podía fabricarse un mundo de esperanzas teja a teja [4].(…)

(…)¿Cómo es posible que no se haya detenido ninguna de aquellas primaveras para acompañarme ahora en el invierno?” [5]

Salieron ella y Rafael Alberti de España en 1939 rumbo a Orán y de allí a Marsella e inmediatamente a París, donde Picasso les había conseguido un trabajo de traductores en la emisora de radio Paris Mondial y donde vivieron acogidos en las casas de Corpus Barga y de Pablo Neruda. Pero la Francia de Petain al que ridiculiza Alberti en su libro: Vida bilingüe de un refugiado español, provoca las iras del mandatario y las de su gobierno, que no querían en Francia revolucionarios como ellos. Hubo incluso una queja contra ellos en el mismísimo parlamento. Conocedores de este hecho María Teresa y Alberti deciden partir en el barco Mendoza rumbo a Argentina.

¡Qué lejos habían quedado, en el espacio y en el tiempo, aquellas vivencias suyas de la infancia!... Cuando conociera ella a Emilia Pardo Bazán, amiga de sus padres que le regaló un libro el día de su primera comunión, con una dedicatoria: “A la niña María Teresa, para que siga siempre por el camino de las letras”. Firmado: Condesa de Pardo Bazán.

¡Una pitonisa resultó ser aquella condesa literata!, porque como la propia María Teresa confiesa en ese libro suyo de memorias: “Ni un solo día he dejado de escribir”.

Conoció también a Galdós cuando ya el escritor estaba totalmente ciego. Adaptaría ella más tarde su “Misericordia” para el teatro. En casa de sus tíos María Goyri y Ramón Menéndez Pidal conoció también a Giner de los Ríos, Cossío, Machado. Américo Castro la enseñaría a jugar al tenis: a ella y a su prima Jimena. Abandona este ambiente, de marcado regusto cultural, para unirse con 17 años, a Gonzalo Sebastián de Alfaro con el que protagonizó una escapada de película[6] antes de casarse. Dos hijos le nacieron: Gonzalo y Enrique. Muere su padre y la relación con el marido se convierte en imposible. Gonzalo no solo era incapaz de comprenderla y de compartir su mundo, sino que la empujaba hacia todo lo contrario a su naturaleza. Y finalmente tal y como ella describe “sintiendo el alma arañada con las armas que algunos hombres usan para tratar a las mujeres”[7], lo abandona y marcha a Madrid con sus tíos María Goyri y Ramón Menéndez Pidal.

Conoció a Alberti en casa de unos amigos, en una lectura privada de la obra de éste: Santa Casilda. Surgió entre ellos un amor potente que se enraizó en sus vidas y las mantuvo unidas durante muchos años. Aquel encuentro Alberti lo poetizó como el arribo “al más hermoso puerto del mediodía”, en uno de los poemas de su: Retorno de lo vivo lejano.

Época también fructífera literariamente en la que María Teresa publica entre otros títulos: “Rosa fría, patinadora de la luna” con influencia entre otros de Chagal como apunta Carmen Bravo Villasante, y en menor medida de Picasso y Joan Miró. Ella pintaba con palabras, Alberti ilustró este libro con sus pinceles. Pero de cualquier modo, como los críticos aprecian en esta obra, la pintura no le era ajena a la prosa de María Teresa.

Yo soy España”, dijo solemnemente María Teresa León interpretando precisamente el papel de España en la obra “Cantata de los héroes y la fraternidad de los pueblos” escrita por Alberti para despedir a las Brigadas Internacionales cuando éstas abandonaron España. “Lentamente rodándome las lágrimas lo repetí de nuevo: yo soy España/ sobre mi verde traje de trigo y sol han puesto/ largo crespón injusto de horrores y de sangre/ Aquí tenéis en dos mi cuerpo dividido/ un lado, preso; el otro, libre al honor y el aire. Todos aquellos hombres combatientes por la libertad del mundo, se habían puesto en pie, cuadrados y firmes ante la figura de España”.[8]

Sí, España nunca saldría del corazón de María Teresa León. Formaba en sus adentros una herida lacerante, una carne viva, bajo su propia carne. El abandono de las brigadas internacionales lo vivió con una profunda tristeza, parecía un adelanto de su propia marcha. Los países habían decidido renunciar a la causa española, y esa injusticia le produjo un llanto incontenible, porque María Teresa era una persona que se entregó con todas las fuerza de su ser a una lucha inquebrantable por la libertad y los derechos de los más desfavorecidos. Ella, fuera de España se sentía privada de sus raíces, por eso se acuerda tanto de Castilla y de otros exiliados como ella: El Cid, Cervantes. Se consuela de su propia pena metiéndose en sus vidas, en sus destierros.

Estoy cansada de no saber dónde morirme. Esa es la mayor tristeza del emigrado. ¿Qué tenemos nosotros que ver con los cementerios de los países donde vivimos?.[9] (…)No quiero ser enterrada en Roma, prefiero que me dejen tenderme en la pobreza de Castilla, sobre el poco humus de aquellos campos oscuros donde apenas nace el trigo. Allí oiré galopar a los caballos, aunque la civilización mecánica los desprecie.[10]

El galopar de los caballos la lleva a su infancia cuando ella aprendió a montar en un pequeño pony. En los momentos de depresión nos refugiamos en la guarida de la infancia. Pero ella era una mujer muy valiente, y sacaba pecho hacia adelante, entregándose a la terapia del trabajo.

En Argentina multiplica por cien su capacidad de compromiso, su entusiasmo y su talento: Acaba Contra viento y marea, una de las primeras novelas sobre la guerra civil española, que se publicó en 1941. Al año siguiente un libro de cuentos Morirás lejos. Dos años más tarde el ensayo: La historia tiene la palabra, y a partir de entonces la novela Juego limpio y Menesteo, marinero de abril: una especie de versión en prosa del libro de poemas de su marido Ora marítima. Elaborará luego Las peregrinaciones de Teresa y Fábulas del tiempo amargo, y las biografías noveladas: El gran amor de Gustavo Adolfo Bécquer, Don Rodrigo Díaz de Vivar el Cid Campeador, y Doña Jimena Díaz de Vivar, gran señora de todos los deberes. Empezó asimismo a trabajar en Cervantes el soldado que nos enseñó a hablar que se publicaría en 1978 ya en España. Escribió también en Argentina guiones para cine lo que alivió la economía familiar y les permitió cambiarse a una mejor casa. Convirtió en un largometraje La dama duende de Calderón. Dio conferencias, escribió artículos y trabajó en varias emisoras de radio: Radio El mundo o radio Splendid. En alguna de ellas aceptó un programa que tuvo bastante éxito, donde se hablaba de buenos modales o recetas de cocina, mientras se prescribía a los oyentes lecturas de libros. Se reunió esto en un volumen: Nuestro hogar de cada día, breviario para la mujer de su casa. Se intercalaban citas de escritores: Guy de Maupassant, Juan Ramón Jimenez, Mark Twain, Neruda, Oliverio Girondo, Alfonsina Storni…

María Teresa León desplegó durante el exilio una actividad desbordante en todos los lugares en donde estuvo. Debían ella y su marido ganarse la vida, lo que a veces la llevaba a trabajos llamémosles “nutricios” como tal vez lo fuera éste de la radio en Argentina. Pero la necesidad imperiosa de escribir la acechaba cada día: no encuentro diferencias entre escribir y vivir, porque escribir era para ella un oxigeno sin el cual podría llegar a morirse, lo necesitaba como el soñar, para inmortalizar el recuerdo: esa obra cultural emprendida por ambos en España que quedó interrumpida tras la derrota. Escribiendo mantenía vivo el sueño. El sueño era como el fuego sagrado que había que alimentar a toda costa.

Porque todos los desterrados tenemos los ojos abiertos a los sueños (…) nosotros somos los que miraron sus pensamientos uno por uno durante treinta años. Durante 30 años suspiramos por nuestro paraíso perdido, un paraíso nuestro, único, especial, de casas rotas y techos desplomados, un paraíso donde quedó la muchacha, el muchacho, la canción, la flor, el amor, la juventud, los ojos, los labios tensos para besar, los dedos entre el pelo, la gracia, las palabras de camaradería, la promesa, el gesto, el aliento, todo, todo, todo…[11].

(…) Es casi un escándalo. Treinta años. Ningún reinado dura tanto.”[12]

¡Tonta si es para volver!, recuerdo que me decían. Nos vamos porque el gobierno va a reorganizarse. Ha vuelto el presidente Negrín ¿no lo sabías?. Ya verás será por poco tiempo….[13]

Pero esa predicción no se cumplió. Aquel gobierno republicano nunca se reorganizaría. Y sería Franco quien tras militarizar el país, clausurar sus conciencias y llenar sus estómagos, lo pondría luego sobre las ruedas de un Seat 600 para que su régimen no pudiera detenerse en 36 años.

Los desterrados españoles asumieron entonces que su tarea política era también una herencia cultural, una complicidad con la lengua española y con sus clásicos. En Méjico, en Chile, en Argentina, los exiliados españoles pusieron en marcha editoriales para reunir la literatura del día con la de unos clásicos que consideraban parte indiscutible de su estirpe.

María Teresa León derrama su tristeza de exiliada en sus relatos. En uno de ellos confiesa. “Se acercó a mi reposo un mensajero. Te traigo una virtud serás constante. Yo me alcé de mi lecho. Lo que tengo es que regresar. Me esperan. Yo no quiero quedarme fuera de mis límites. Me ahogo. Por ahora no conozco otra canción.”

A partir de 1951 Perón fue cercando a los escritores de izquierdas. Perdieron su casa “La Gallarda” al cerrar Perón la frontera con Uruguay donde estaba la casa. Compraron otra “La arboleda perdida”. No obstante a partir de 1955 les dieron a María Teresa León y a Rafael Alberti en esa Argentina, donde residían, un pasaporte que les permitió viajar por Europa, Checoslovaquia, Alemania, Polonia, y por medio mundo. Llegaron hasta China y tras aquel viaje la pareja publicó el libro Sonríe China.

Pero a partir de 1960 la situación empeoró. La censura en la radio era tremenda. Prohibieron recitar un poema de Rubén Darío, cantando a la Argentina porque repetía 20 veces la palabra: libertad. La persecución se convirtió en cacería la llamada “Noche de San Bartolomé” Registraron su casa y ellos supieron que tras 25 años allí tenían que irse.

Lo hicieron a Milán, y al poco tiempo a Roma. Su primera vivienda estaba en la calle de Montserrato. En 1965 se trasladaron a Vía Garibaldi en el Trastevere. Disfrutaron también de una pequeña casa en Anticoli Corrado, en el valle de Aniene, a 60 kilómetros de Roma. Entre estas dos casas María Teresa se entregó a la escritura de sus memorias, que tituló: Memoria de la melancolía.

En su libro “Conversaciones con Alberti” José Miguel Velloso, escribe sobre María Teresa: María Teresa trabaja mucho: para la televisión italiana, para editores italianos, haciendo unas biografías de escritores ilustres. También preocupándose de Anticoli, donde ha organizado un museo, una biblioteca, conferencias….infinidad de cosas, ya que su capacidad organizativa no tiene límites”. Rafael por su parte ganaba bastante dinero con sus recitales y sus trabajos pictóricos, y su reputación en Italia crecía.

Pero su tristeza de exiliada no desaparecía, quienes iban desapareciendo eran los compañeros del exilio.

¡Cuántas tumbas hemos ido dejando por el mundo en estos treinta años de vida desterrada que vivimos los españoles!. Gentes de España, sembradas al voleo de la desdicha.[14] (…)Cuantas, cuantas…y cada día un nombre más que añadir a los que no pudimos dejar sobre tu suelo. Un hombre más, madre, que debes escribir en ese inmenso cementerio de valientes donde van cayendo tus hijos desterrados[15]

(…)[16]No olvides madre España a estos hijos tuyos desterrados.

En Roma reciben muchas visitas de españoles que a ella le avivan el recuerdo y la nostalgia

“(…) llaman a la puerta de esta casa nuestra de Roma personas que son como sueños que regresan. ¿Tu? Y nos quedamos entrecortados, porque es como si mirásemos detenido el reloj del tiempo, nuestro propio reloj. Llaman a nuestra puerta muchos seres que son como reflejos, como luces (…) y entonces nos quedamos sujetos a sus ojos para descubrir en ellos lo que pasó con aquella fuente, o con la placita, o con la fachada plateresca de la iglesia, o si está en pie la tapia que no se acababa nunca o el árbol donde apoyábamos la espalda (…) Ay, aquella mujer joven que cruzó la calle de Alcalá del brazo de un poeta, hoy hace ademán a los recién llegados para que se sienten. Le cuesta siempre darse cuenta de que vive en la calle del destierro y mira y habla como entonces, con Rafael junto a ella, creyendo que es entonces y han distribuido mal los papeles y le han dado por equivocación el de vieja”.[17]

En 1970 apareció en Editorial Losada “Memoria de la melancolía”: Ese río revuelto de jugosos recuerdos como peces escurridizos que ella agarra por unos instantes antes de que se le escapen de las manos. Pescamos algunos que nos parecen magos con artes premonitorias:

Mi corazón ha extraviado no sabe dónde las claves que lo hacían vivir. Está magullado. Se sabe perdido, ya no acierta a que su ritmo concuerde con el de los pulmones. Corre, huye. Vive en un paisaje extraño (…) una oscura cinta azul o verde, le respira al animalito por dentro y le hace que huya hacia el mar que es el morir[18]

Aún tardaría en llegar a ese mar el animalito perdido que era ya el corazón de María Teresa. Ella, según manifestaciones de su hija Aitana, ya captaba el desapego del marido, entregado a una nueva relación amorosa, y su paisaje interior se iba ensombreciendo. Al final de este libro suyo de confesiones íntimas desea, según palabras propias, continuar con ellas en otro volumen: Pero, aún tengo la ilusión de que mi memoria del recuerdo no se extinga, y por eso escribo en letras grandes y esperanzadas. CONTINUARÁ.[19]

Sin embargo, empezaba a caer en continuos olvidos, a sentirse de pronto extraviada. Alarmada por los síntomas visitó a un médico y éste le diagnosticó un grave principio de arterioesclerosis, la misma enfermedad que devastó a su abuela y a su madre.

A partir de esos momentos la, tantos años, exiliada María Teresa León, pisa el umbral de un nuevo exilio: la desmemoria. Con la enfermedad de Alzheimer, la escritora que pretendía regresar a España a lomos de un caballo blanco, apenas comprendió la muerte del Funeralisimo, como lo llamó su marido en un poema de Fustigada luz. Cuando en 1977, se preparaban ya para regresar a España, animados por sus colegas del partido comunista, ella penetraba con pasos cada vez más seguros en el país del olvido.

Treinta y ocho años después de aquella salida desde Monovar, patria de Azorín hacia Orán, regresaban Alberti y María Teresa a Madrid, el 27 de abril de 1977. Salió ella del avión tras su esposo y saludó, con la mano abierta y la mirada perdida, a la multitud que los aguardaba. Se la veía como metida en una nube que la tuviera atrapada, tal vez se trataba de ese caballo blanco a lomos del cual ella cabalgara en sueños hacia la patria.

Como si se tratase de una enfermedad contagiosa, su compañero del alma, cae también en una incomprensible desmemoria hacia ella. Olvida pronto sus años de amor y colaboración, ese apoyo incondicional que ella le brindó siempre, en detrimento incluso de su propia obra, y emprende ya en Roma una aventura sentimental con una bióloga, a quien dedica el poemario Amor en vilo. Será ella: Beatriz Amposta, quien ocupe la casa que dejan ellos en la ciudad eterna.

En España tras el aterrizaje en Barajas, los servicios de seguridad del partido comunista los condujo a unos apartamentos de la calle Príncipe Pio. Alberti se instaló en unas habitaciones del primer piso. A ella la acomodaron en otras del tercero[20]. Alberti a partir de entonces realizaba viajes a Roma por motivos amorosos. Con Beatriz Amposta viaja, una vez que reside ya en Madrid, a Nueva York. Conoció más tarde en España a la profesora de literatura María Asunción Mateo con la que, tras siete años confesados de relación, se acabará casando en 1990, tras la muerte de María Teresa, en 1988.

Llama la atención que Alberti en su discurso de recogida del premio Cervantes en 1983, no pronuncie ni una sola vez el nombre de María Teresa León cuando ella había escrito una maravillosa biografía de Cervantes de la que, según se aprecia, Alberti echa mano para aderezar sus palabras de acogida del premio, y cuando, además, no deja el poeta de nombrar a compañeros exiliados que han fallecido en el destierro. Cierto que María Teresa aún no había fallecido, pero sí permanecía desterrada, como desaparecida, en una clínica de lujo en donde el propio Rafael la había enclaustrado.

María Teresa vivió en ese lugar de los alrededores de Madrid, acompañada de algunas cuidadoras. Apenas si Alberti la visitó alguna vez. Allí, ajena a sí misma, falleció en diciembre de 1988.

Ella fue sin duda, la tres veces exiliada:

Las circunstancias políticas, la arrojaron de su patria.

El Alzheimer, la expulsó de su mente,

Y su gran amor: Rafael Alberti, la apartó de su vida

Hortensia Búa Martín

Coautora de: “Exilio, mujeres y escritura”. Xoroi Edicions

Notas

[1]Memoria de la melancolía. María Teresa León. Clásicos Castalia 1998 (p.81)

[2] Ibídem. “Todo era impulso de nuestro corazón cristianísimo” (p.172)

[3] Ibídem,(p.73)

[4] Ibídem (p.81)

[5] Ibídem (p.86)

[6] Benjamín Prado. Prólogo de: El soldado de que nos enseñó a hablar. María Teresa León. Universidad de Alcalá de Henares 2004

[7] Memoria de la melancolía. María Teresa León. Clásicos Castalia 1998 (p.100)

[8] Ibídem (p.117)

[9] Memoria de la melancolía. María Teresa León. Clásicos Castalia.(p.97)

[10] Ibídem (p.91)

[11] Memoria de la melancolía. María Teresa León. Clásicos Castalia 1998. (p.98)

[12] Memoria de la melancolía. María Teresa León. Clásicos Castalia 1998(p.105)

[13] Ibídem (p.131)

[14] Memoria de la melancolía. María Teresa León. Clásicos Castalia 1998. (p.128)

[15] Ibídem (p.129). Se refiere al brillante piloto y militar republicano Ignacio Hidalgo de Cisneros.

[16] Ibídem (p.130)

[17] Ibídem (p.103)

[18] Ibídem (p.192)

[19] Memoria de la melancolía. María Teresa León. Clásicos Castalia 1998.(p.544)

[20] Benjamín Prado. Prólogo de: “El soldado que nos enseñó a hablar”. Universidad de Alcalá de Henares 2004

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