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Aficionados del Atlético de Madrid y la Real Sociedad llenan el estadio durante un emocionante partido al atardecer.
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Aficionados del Atlético de Madrid y la Real Sociedad llenan el estadio durante un emocionante partido al atardecer. (Foto: Imagen generada por inteligencia artificial – Cibeles AI)

“PASIONES BALOMPÉDICAS”

Por Álvaro Bermejo
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beralvatelefonicanet/7/7/18
sábado 11 de abril de 2026, 17:16h

A diez días de la Final de Copa que enfrentará a la Real Sociedad con el Atlético de Madrid, y ante la ola de entusiasmo que viene concitando en San Sebastián -muy por encima de la recabada en la Villa y Corte-, conviene hablar de fútbol como lo que es. Un fenómeno sociológico en el que se cruzan un fractal de vectores, de lo dramático a lo catártico pasando por lo litúrgico, con una disyuntiva clave: ¿Aliena o cohesiona? Es decir, ¿es el nuevo opio del pueblo, abierto a derivadas violentas, o un catalizador de identidades abiertas a su vez a la transmisión de un ethos?

Esta es la tesis que defendieron Norbert Elías y Eric Dunnin en Deporte y Civilización, estudiándolo desde la antropología cultural, y tomando como base el surgimiento del “fútbol folclórico” en la Gran Bretaña del siglo XII. ¿Vinculado a qué? A mitos de guerra. Parece ser que el primer balón, en Escocia, fue la cabeza cercenada de un soldado inglés. Nada del otro mundo si consideramos que en el ciclo artúrico ya aparece un “juego de la decapitación” en el que esa cabeza cortada simboliza un rito de paso asociado a las festividades de carnaval.

Con la “pacificación de las costumbres” la cabeza muta en una bola de cuero, pero el juego perpetúa los mismos patrones binarios: identidad y alteridad, fraternidad y violencia festiva, reafirmación de la tribu en la competición. Un sistema de lealtades, a un equipo o un color, como sucedía en las carreras de carros del circo romano. Ahora bien, ¿hasta qué punto se mantienen esas lealtades en los clubes de élite actuales?

Aunque sus colores sean muy identitarios, su gestión se asemeja a la de las corporaciones transnacionales. Accionariado exótico, compraventa de jugadores foráneos. Esos que juegan, ¿son realmente los nuestros?

La respuesta, en el paso de la globalización a la glocalización. El fútbol moderno o la manera de sentirse global desde lo local. Fusión de nacionalismo, o localismo, y cosmopolitismo. Civilización. Con su dosis de violencia reglamentada. Sobre el terreno, en los límites del juego. En la grada, con la afición. También regida por dicotomías: ultras y dóciles, pasivos y activos, estetas y pragmáticos. Entre códigos y rituales, pasiones que representan familias sustitutas.

Una forma de poder blando no exenta de instrumentalizaciones simbólicas. Así como tendemos a olvidar que un club de fútbol es una empresa, su capital social resulta muy apetecible para otros partidos, los políticos.

Conocemos el peso de la política en el fútbol. Pero, ¿qué efecto tiene el fútbol en la política? La respuesta inmediata nos lleva a otro escenario: El Betis se juega el pase a la semifinal de la Europa League el próximo jueves. Si pasa, el 5 de mayo se dirimirá partido de vuelta de esa semifinal. Y el 17, elecciones andaluzas. Aquí o allá, los goles son votos. A favor de la tribuna.

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