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"Covadonga. La batalla que nunca fue", de José Luis Corral

viernes 26 de junio de 2026, 20:35h
Covadonga. La batalla que nunca fue
Covadonga. La batalla que nunca fue

Dentro del actual revisionismo; estimo que se puede considerar historiográfico e inteligente, y lo escribo sin el más mínimo rechazo a dicho planteamiento; que se está produciendo sobre el Medioevo hispánico, tenemos aquí un libro que merece leerse y conocerse, con el mayor cuidado y rigor que sea posible, ya que es muy complejo de reseñar o de analizar.

En este caso la época contemplada está bien visible en la portada interior. Es decir, Hispania entre los años 700 a 756. La Península Ibérica siempre ha recibido su nombre de los invasores, ya que los habitantes autóctonos estaban divididos en múltiples gentilidades, y estas en grupos tribales o familiares, muchas veces proveniente su nombre de accidentes geográficos, y mayoritariamente de los ríos. Los fenicios la denominarían como SHAPÁN/Tierra de Conejos/L-Spanya. Para los griegos aludiendo al gran río Iber/Ebro, sería nominada como IBERIA, ya que esa gran corriente de agua sería lo que los helénicos se encontrarían cuando entraron en la península por los Pirineos. Para los legionarios y políticos del SPQR o Senatus Populusque Romanus, venidos desde la ciudad de Roma, bañada por el río Tíber, sería HISPANIA. Y, por fin, para los políticos y militares del Imperio Romano de Oriente o Bizancio sería SPANIA. Pero, está claro que, toda esa pléyade de nombres, cualificaban a un espacio geográfico o territorial, listo para domeñar, conquistar y explotar, pero nunca un hecho conceptual político sensu stricto. Los judíos la definieron como SEFARAD, y aplicable a toda la península. Y, por fin, AL-ANDALUS sería la denominación mahometana para todo el territorio, desde el año 711 hasta 1492, siglos VIII al XV, en los que dominaron a dichas tierras hispánicas, en mayor o menor medida.

Los indígenas iberos, celtíberos o astures, entre otros muchos pueblos que resistieron la invasión y conquista de Roma, no eran ‘españoles’, como tampoco lo eran los visigodos, los árabes o los bereberes andalusíes, ni los cristianos leoneses, castellanos, navarros, aragoneses y catalanes del Medievo; y, en cambio, hasta 1975, eran españoles los saharauis, que desde entonces ya no son considerados como tales por el Gobierno español, a pesar de tener su correspondiente tarjeta de identidad española, pero sí pueden serlo desde 2015 los judíos que acrediten sus raíces medievales sefardíes. Ni siquiera lo fueron entre los siglos XVI y XVII, pues cuando algún extranjero hablaba de los ‘españoles’ no se refería a los ciudadanos de un Estado concreto, sino a los súbditos de la monarquía hispánica procedentes de la península ibérica”.

El profesor Corral debe viajar un poco más a la esencia del Reino de León, verbigracia al País Leonés, para observar cómo se ha incrementado la identidad de los habitantes de León, Zamora y Salamanca, inclusive en resultados políticos, culturales e identitarios. Y, por supuesto es inexplicable escribir, y este libro no es el caso, sobre el Medioevo hispánico sin aceptar la existencia obvia del Islam y de los judíos, algunas veces enfrentados, y en otras ocasiones colaborando con los cristianos del norte, sin que existiesen bloques monolíticos a favor o en contra del aserto, ad hoc y sensu stricto. Inexistentes los foráneos castellano-leoneses (SON: Castellanos y Leoneses o viceversa. Página-23), más si cabe para para alguien, catedrático de Medieval, que define como pseudohistoriadores a Pío Móa, César Vidal Manzanares y a Federico Jiménez Losantos, que en el caso de dos últimos subscribo al 100%, y al primero lo tengo en arenas movedizas. Los monarcas visigodos o godos del oeste del Reino de Toledo siempre tuvieron graves problemas por causa de los pueblos prerromanos del Norte hispánico, y con todas esas gentilidades. En el territorio antañón prerromano de la Asturia transmontana y augustana aparecieron unas élites que consolidaron su poder, casi al margen de la monarquía toledana.

Quizá para contrarrestar a esa elite local, los visigodos crearon el Ducatus Asturicensis con centro político en la vieja ciudad romana de Asturica Augusta (Astorga) para vigilar a los astures, el Ducatus Cantabriae, gobernado por un dux, con centro en Amaya para controlar a los cántabros, y el Comitatus Vasconiae, quizá ubicado en Vitoriacum, para dominar a los berones, autrigones y vascones; se constituyó la diócesis de Pamplona en el 589, y se consolidaron Amaya y Alesanco; también se reorganizó el territorio de la antigua Celtiberia, donde se instituyeron y restauraron las diócesis de Oca y Osma en el 597, además de potenciar Segovia”.

Las autosuficientes villas romanas, que se encontraban en las tierras ocupadas, a priori, por los enemigos de los visigodos y de su gran monarca Leovigildo, y que serían los suevos de rito católico, este sistema sociopolítico y de explotación sería substituido, ahora ya en el siglo VI d.C., por una serie de magnates locales, con potestas et auctoritas reconocidas por los habitantes de la zona, y serían una especie de aristocracia para los ástures, situados entre Cantábrico y Duero, y obviamente en las riberas del río que les habría dado nombre en el período del dominio del Emperador César Augusto, y que era el Ástura o Esla. Sea como sea, y en múltiples ocasiones los reyes godos de Toledo trataron de domeñarlos y de someterlos, como fuese, pero siempre sin obtener los frutos apetecidos. Ad contrarium, al sur del río Duero, y en las otroras tierras dominadas por los vacceos y por los vettones, ya existían grandes propiedades señoriales visigodas. Esas elites locales, al norte entre los ríos Navia y Sella, Ástura y Sil, el antañón Conventus Asturum, serían las encargadas de conformar, con toda la idiosincrasia fenotípica sobresaliente que les adornaría, el futuro ASTURORUM REGNUM, y luego el OVETAO REGNUM, para por fin, y ya con el Rey Ordoño I crear con un sistema patognomónico de SEÑORÍO DE MUJERES, el REGNUM IMPERIUM LEGIONENSIS, hasta el Rey Bermudo III “el Joven”.

El Estado visigodo nunca se definió como un territorio, sino como los dominios que gobernaba su rey. No existía ‘España’ o Hispania, como unidad política en los siglos VI y VII, sino un pueblo, el visigodo, que a partir de mediados del siglo VI será gobernada por un rey desde Toledo. Solo Sisenando se denominó como rex Hispaniae et Gallaecia en las actas del IV Concilio de Toledo en el año 633, quizá en referencia indirecta a la conquista del reino suevo y su incorporación al régimen visigodo, en tanto que Rodrigo se proclamó rex Toletus et Egitania”. El problema del acercamiento, para el profesor Corral, estriba en la inconsistencia, parcialidad, tendenciosidad y manipulación que presentan las fuentes cristianas escritas para la Alta Edad Media hispana. Está claro que, con estos apodícticos calificativos, es muy difícil ni tan siquiera analizar el hecho de Covadonga con un mínimo de rigor a favor o inclusive desde el punto de vista del eclecticismo.

«La Historia es lo que se ha contado, y en la manera de contarlo ha intervenido, y sigue interviniendo, el resultado de un sinfín de circunstancias, desencuentros y enfrentamientos. Hispania, años 700-756. En un lugar próximo a Cangas de Onís, los astures que habitaban las montañas se enfrentaron a las tropas de al-Andalus. O, al menos, eso es lo que cuentan las crónicas cristianas… Pero ¿es posible que esta batalla nunca se librara? José Luis Corral, catedrático de Historia Medieval y uno de los autores más queridos de la novela histórica, disecciona en estas páginas la verdad sobre lo que las fuentes documentales esconden y todo lo que revelan las leyendas cristianas y musulmanas. Desde la crisis caída del reino visigodo hasta la creación de al-Andalus y la posterior reconquista de Hispania, pasando por las continuas luchas de poder por el dominio de la Península, este libro es una invitación a revisar con mirada crítica nuestro pasado, el significado de los mitos y la manipulación histórico-política, consecuencia de que el relato siempre lo hayan controlado los vencedores. ¿Es posible manipular el pasado?».

Con respecto a todo lo indicado anteriormente, y sin la más mínima acrimonia, ¿qué hacemos con Roma y con Cartago? Desde los textos escritos y ciertamente sesgados hacia Roma, únicamente realizados por historiadores romanos o prorromanos, sobre todo Tito Livio y Polibio, cuando este último se confunde hasta en señalar donde estaba el río Ebro, sin mencionar la polémica, que por ello, ha conllevado el Tratado del Ebro entre romanos y púnicos, con Sagunto en medio de la diatriba… Es digno de reseñar, por axiomática y dirigida o sesgada, la letanía cualificativa realizada por el historiador de Padua-Patavium (Tito Livio), sobre Aníbal Barca “el Grande”, cuando entre ambos existen alrededor de doscientos años de distancia, y cuando utiliza, en su AB URBE CONDITA, algo relatado por los historiadores cartagineses de Aníbal, que no le agrada por ser un plausible panegírico hacia el genial cartaginés, lo define como ‘charlas de barbería’. Será en el año 878, cuando el Rey Alfonso III “el Magno” de León, por ser su caput regni y su vivienda habitual, la ciudad legionense de Zamora ‘la bien cercada’; logre una importante victoria sobre los musulmanes emirales, ya calificados o definidos como debilitados, en las riberas del río Órbigo. Quizás, como indica el profesor Corral, sea por la euforia de esta victoria y la consolidación regia legionense, además de que con la llegada de los mozárabes/arabizados-mustarabib desde Toledo, se otorgarán ya cartas de naturaleza a su reino de León, por lo que se consiga el enaltecimiento de Covadonga y de la Reconquista. Estimo que, para tener una idea clara de la tesis del profesor Corral se debe, obviamente, leer su obra literaria, que está muy bien desarrollada, y sobre todo desde su capítulo 11.

La batalla de Covadonga apareció por primera vez en las crónicas cristianas en el preciso momento en el que Alfonso III de Asturias traslado la sede regia de Oviedo a León y necesitó un mito fundacional en los orígenes de su reino para justificar su legitimidad y sus derechos al dominio de toda la península ibérica, la Hispania romana”. Los capítulos dedicados a la monarquía visigoda son más que sobresalientes. No obstante, siguen siendo analizables todas las descalificaciones historiográficas realizadas a todas las crónicas y autores que no acepten su aserto. Pero, es obvio, que este volumen es un libro de lectura necesaria, para que cada uno de los que nos acerquemos a su conocimiento, extraigamos nuestras propias y prístinas consecuencias. Sea como sea, la tesis es laboriosa, complicada y notable. ¡Debe conocerse! «Obiit Almansur et sepultus est in infero. ET. Qualis Artifex pereo!».

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