“Platero y yo”: Una de las cumbres absolutas del poema en prosa y de la prosa lírica en lengua española. VI jueves 03 de septiembre de 2026, 08:07h
Un texto saturado de sonoridad: “El pan”.
El pan
Te he dicho, Platero, que el alma de Moguer es el vino, ¿verdad? No; el alma de Moguer es el pan. Moguer es igual que un pan de trigo, blanco por dentro, como el migajón, y dorado en torno —¡oh sol moreno!—, como la blanda corteza. A mediodía, cuando el sol quema más, el pueblo entero empieza a humear y a oler a pino y a pan calentito. A todo el pueblo se le abre la boca. Es como una gran boca que come un gran pan. El pan se entra en todo: en el aceite, en el gazpacho, en el queso y la uva, para dar sabor a beso, en el vino, en el caldo, en el jamón, en él mismo, pan con pan. También solo, como la esperanza, o con una ilusión... Los panaderos llegan trotando en sus caballos, se paran en cada puerta entornada, tocan las palmas y gritan: “¡El panaderooo!...“ Se oye el duro ruido tierno de los cuarterones que, al caer en los canastos que brazos desnudos levantan, chocan con los bollos, de las hogazas con las roscas… Y los niños pobres llaman, al punto, a las campanillas de las cancelas o a los picaportes de los portones, y lloran largamente hacia adentro: “¡Un poquiiito de paaan!…”.
Juan Ramón Jiménez: Platero y yo, XXXVIII. Madrid, VisorLibros, 2006. Contiene CD. De viva voz, núm. 4.
Apoyo léxico. Migajón. Miga de pan o parte de ella. “En el queso y la uva, para dar sabor a beso”. El refrán popular dice: “Uvas con queso saben a beso”; funciona como una metáfora del placer gastronómico, sugiriendo que la mezcla de ambos ingredientes genera una sensación tan agradable como un beso. Cuarterón. Cuarta parte de una libra de pan; es decir, algo más de 100 gramos. Cancela. En Andalucía, verja, comúnmente de hierro y muy labrada, que en muchas casas sustituye a la puerta divisoria del portal y el recibimiento o pieza que antecede al patio, de modo que las macetas y otros adornos de este se vean desde la calle. Portón. Puerta que separa el zaguán del resto de la casa. El texto se resume en una sola frase: “El alma de Moguer es el pan”. El fundamento que hace posible la identidad “pan/Moguer” es la belleza de este “pueblo blanco”, con las fachadas de las casas completamente enjalbegadas -encaladas- no solo por estética, sino por higiene y para mantener el interior fresco durante los calurosos meses de verano. Y como el pan de trigo es “blanco por dentro” y dorado en torno”, el poeta da el salto a la metáfora y pasa del “migajón” blanco por dentro al “sol moreno” en referencia a la corteza. Y es a mediodía cuando el pueblo se percata del olor a pan -se pasa, así, de lo cromático a lo olfativo-; y ni solo a “pan calentito”, sino también “a pino”, porque históricamente en Moguer se ha utilizado la leña de pino -en Moguer hay extensos pinares- para calentar los hornos de sartén. (Dada la elevada cantidad de resina que tiene el pino, arde con gran facilidad y genera una llama rápida y viva que resulta ideal para calentar las bóvedas de piedra o ladrillo refractario de los hornos de sartén antes de retirar las brasas e introducir la masa. Y coincidiendo con el mediodía “el pueblo entero “empieza a humear” y se difunde por el ambiente un característico olor resultante de una mezcla de pino y pan calentito). De ahí que el poeta pueda confesarle a Platero que “el alma de Moguer es el pan”. Porque el pan acompaña a los alimentos que son propios de la gastronomía de la zona; y Juan Ramón los enumera de forma asindética para darles realce: “El pan se entra en todo: en el aceite, en el gazpacho, en el queso y la uva […], en el vino, en el caldo, en el jamón…”; incluso el pan puede acompañarse con pan; y “También solo, como la esperanza, o con una ilusión…”. Y así la enumeración se cierra con una nota de nostalgia muy propia de Juan Ramón. El pan termina, pues, por convertirse en algo imprescindible en la vida cotidiana del pueblo. El tercer párrafo del texto es un ejemplo de hasta dónde el lenguaje se puede emplear para crear un clima de estridente sonoridad: los caballos de los panaderos “trotan”, y ellos “tocan palmas y gritan”. La prolongación de la última vocal de una palabra para anunciar la presencia de un vendedor ambulante con su producto, en este caso la “o” (“¡El panaderooo!”) produce una inflexión melódica que cumple varios objetivos: la onda sonora gana amplitud y puede penetrar en las casas a través de puertas y ventanas con más facilidad; durante unos segundos la atención se concentra en la figura del vendedor, lo que permite su identificación y la de su producto sin necesidad de verlos; y despierta el interés por la compra inmediata antes de que continúe con su recorrido habitual. Y sigue la sonoridad: los cuarterones, al caer en los canastos, producen un “duro ruido tierno” (original sinestesia con los adjetivos a ambos lados del nombre, en simultánea anteposición y posposición que, además, constituye un oxímoron: estridencia frente a delicadeza, lo que traduce cierta complejidad emocional). Y, además, los cuarterones “chocan” con los bollos, las hogazas con las roscas, y esa violencia del choque genera ruidos desagradables que rompen el sosiego del entorno. Y en el cuarto párrafo los ruidos no cesan: los niños pobres “llaman” a “campanillas” y “picaportes” de cancelas y portones, y “lloran” desconsoladamente desde lo más profundo de su alma solicitando pan por caridad: “¡Un poquiiito de paaan!…”, y ello produce un fuerte impacto psicológico y emocional en quien escucha, y más si se trata de niños desvalidos que piden comida. Y aquí el texto adquiere una dimensión de crítica de la injusticia social: niños indigentes que no tienen qué comer. El encanto poético del texto se rompe y el pan se convierte en el pretexto con el que Juan Ramón Jiménez denuncia situaciones intolerables. El poeta, como siempre, al lado de los más débiles y desfavorecidos por la fortuna, con especial sensibilidad hacia los niños. Puedes comprar el libro en:
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