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Michel Houellebecq

Este verano –ya lo he contado en alguna parte- he leído por fin “Serotonina” de Houellebecq. Siempre que puedo, evito hacer algo al mismo tiempo o en el mismo lugar que todo el mundo, ya sea leer una novela o cantar “Resistiré”, de ahí la demora. Y ese mismo escrúpulo antigregario ha complicado mucho mi fallida intentona de convertirme en un escritor destacado en este país en el que nadie lee pero todo el mundo publica, o lo hacían antes de la COVID. Pero ya llegaremos a eso.

Dante Alighieri narró en La Divina Comedia el descenso a los infiernos para representar el fin del Medievo en su tránsito hacia el Renacimiento. La labor del bardo, en ocasiones, es la de adelantarse a las grandes catástrofes de la Humanidad como si fueran profetas de toda una civilización.


Como en una película de sobremesa donde abuelos y nietos dan cabezadas mientras ven al policía de turno desesperado por conseguir salvar ese pobre banco del atraco montado. ¿Era necesaria tanta medida de seguridad? ¿De veras corre tanto peligro Michel Houellebecq?
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Nihilista lúcido, Michel Houellebecq construye un personaje y narrador desarraigado, obsesivo y autodestructivo, que escruta su propia vida y el mundo que le rodea con un humor áspero y una virulencia desgarradora. "Serotonina" demuestra que sigue siendo un cronista despiadado de la decadencia de la sociedad occidental del siglo XXI, un escritor indómito, incómodo y totalmente imprescindible.