En Terrorismo y represión. La violencia en el ocaso de la dictadura franquista, Fernández Soldevilla, Jiménez Ramos y Martínez Álvarez, coordinan una obra coral cuya lectura es necesaria por varias razones. En primer lugar, por el rigor científico y metodológico que encontramos en todos los capítulos, analizando los autores un binomio complejo (dictadura y terrorismo) sin incurrir ni en filias ni en fobias. Al respecto, en el prólogo, frente a revisionismos populistas que vemos en la actualidad, el periodista Fernando Ónega reivindica a todos aquellos que hicieron posible la Transición a la democracia, sobre todo a los que salieron de la cárcel o regresaron del exilio renunciando a cualquier actitud revanchista, destacando en este terreno la política de reconciliación nacional defendida por el PCE de Santiago Carrillo. Junto a ello, en el tardofranquismo se consolidaron una serie de cambios que debilitaron la solidez de antaño mostrada por el régimen, como certificó el viraje dado por un sector de la Iglesia. En efecto, como sustenta Marín Arce: “a finales del franquismo la posición de la Iglesia y sobre todo de un número importante de católicos no era ya la misma que en los años del nacional-catolicismo. Desde finales de los años 60 se reveló la existencia de un pluralismo real en su interior que arrancaba del impacto del Concilio Vaticano II y que se expresó claramente durante los últimos años de la dictadura” (p. 77). De una manera más concreta, Antonio Oñoveros, obispo de Bilbao, defendía la distintividad del pueblo vasco, al que consideraba debían concedérsele una serie de derechos en función de su trayectoria histórica. En segundo término, otra razón que refrenda la importancia del libro que tenemos entre manos radica en su estructura coherente. En este sentido, aparecen varias disciplinas del saber, entre las que sobresale la historia lo que hace que el mito esté ausente, perfectamente armonizadas. Esto se traduce en un análisis tan exhaustivo como preciso del terrorismo en los años 70s, ubicándolo en la tercera oleada establecida por David Rapoport. Al respecto, aunque en la obra ETA es la organización terrorista que más espacio ocupa, aparecen algunas otras (FRAP, GRAPO, Brigadas Rojas, IRA…), tanto nacionales como internacionales, que recurrieron a la violencia con intencionalidad política. Como subraya Fernández Soldevilla: “ETA fue la organización pionera pero no la única. Jóvenes radicalizados, tanto de izquierdas como nacionalistas, tomaron las armas para imitar a la banda terrorista, a sus homólogas europeas y a las guerrillas de los otros continentes. Estaban deslumbrados por el protagonismo político y mediático que había adquirido, al que contribuyeron los fusilamientos del 27 de septiembre de 1975. Su actividad también provocó la reaparición del terrorismo ultraderechista y parapolicial” (p. 29). En este sentido, países de Europa Occidental, además de España, como Francia, Italia, República Federal de Alemania y Reino Unido, debieron combatir a un terrorismo doméstico (tanto de extrema izquierda como de extrema derecha), que perseguía implantar regímenes dictatoriales camuflados bajo diferentes subterfugios léxicos. Esta finalidad principal no la consiguió pero sí logró, mediante un uso torticero del lenguaje, transformar a victimarios en mártires. En palabras de Mireya Toribio: “a pesar de sus diferencias ideológicas, los terroristas compartieron modelos, tácticas y técnicas. De igual manera, ante el desafío a la seguridad que suponían los atentados, los diferentes Estados reaccionaron de manera parecida: con la promulgación de sucesivas leyes y decretos. Sistemas políticos de diversa naturaleza recurrieron a respuestas similares: introdujeron nuevos delitos y penas más duras, aceleraron los procedimientos judiciales y otorgaron amplias facultades a los gobiernos, sustrayéndolas de los tribunales” (p. 121). Como se deduce, la respuesta estatal se basó en la aprobación de una legislación de excepción (en el caso de España, con la aprobación del Decreto-Ley Decreto Ley 10/1975), un hecho que ponía de manifiesto la ausencia de colaboración entre las naciones, algunas convertidas en santuarios para grupos terroristas, como Francia. En efecto, en el país galo, además, un buen número de intelectuales y políticos de izquierda comulgaban con la visión que de nuestro país daban los etarras allí refugiados, aspecto abordado con precisión por Víctor Aparicio Rodríguez: “y es que la izquierda francesa mantuvo durante décadas una visión romántica de ETA que la identificaba esencialmente como una organización “resistente” antifranquista y asimilaba a sus militantes como luchadores contra el franquismo y la por la libertad del “pueblo vasco”, una imagen distorsionada que pervivió tras la reimplantación de la democracia en España” (p.235). En última instancia, esta obra contiene una dimensión ética mayúscula ya que concede entidad propia a las víctimas del terrorismo, las grandes olvidadas por los poderes públicos y por los medios de comunicación en los 70s, cuestión abordada de manera exhaustiva por Jiménez Ramos, Labiano y Martínez Álvarez. Así, el protagonismo de los victimarios contrastaba con la ausencia de las víctimas, una anomalía moral, ética y política cuya reparación se inició en los años 80, resultando pionera en nuestro país la AVT. Dr. Alfredo Crespo Alcázar, Profesor Asociado, Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.Puedes comprar el libro en:
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