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Beatriz Torregrosa Campos
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Beatriz Torregrosa Campos: "Las palabras me salvaron cuando todo se desmoronaba"

domingo 08 de marzo de 2026, 14:31h

Hay libros que no nacen de una intención literaria, sino de una necesidad vital de dar orden al caos. Para Beatriz Torregrosa, escribir Te quise, te quiero y SIEMPRE te querré fue el proceso natural de transformar una experiencia de pérdida profunda —la de su hijo y la de su madre— en un testimonio de fortaleza. Lejos de ser un texto sobre el final, esta obra se presenta como un mapa emocional diseñado para quienes buscan entender cómo el amor sobrevive a la ausencia física y se convierte en una presencia nueva y constante.

Te quise, te quiero y SIEMPRE te querré
Te quise, te quiero y SIEMPRE te querré

En esta entrevista, nos desvela cómo construyó un diálogo sincero con la muerte, tratándola no como un enemigo, sino como una maestra de lecciones difíciles pero esenciales. Su enfoque huye de los gérmenes tradicionales para abrazar una verdad sin filtros, donde el duelo se convierte en una oportunidad para reconstruir una identidad más consciente y libre. No es un relato de derrota, sino una crónica sobre cómo "acunar" el dolor y aprender a convivir con él sin permitir que gobierne nuestra existencia.

Descubrimos que el núcleo de su mensaje es la permanencia del vínculo. La autora nos invita a mirar la espiritualidad y la memoria como refugios de luz, recordándonos que la vulnerabilidad es, en realidad, una forma de empoderamiento. Es una conversación pensada para cualquier lector que necesite una linterna en momentos de oscuridad, recordándonos que, aunque los cuerpos se vayan, el amor que generaron sigue latiendo como un motor de vida y transformación.

"Te quise, te quiero y SIEMPRE te querré" nace de una pérdida profunda. ¿En qué momento sentiste que escribir no era una opción, sino una necesidad?

Lo supe desde el instante en que la vida me desgarró el alma. Cuando perdí a mi hijo, no me quedó otra que escribir para no morir yo también. No era una opción ni una terapia: era un salvavidas. Las palabras me salvaron cuando todo se desmoronaba. Y más adelante, al perder a mi madre, entendí que escribir no solo me sostenía a mí, sino que podía sostener también a otros.

Has dicho que el libro es una conversación íntima con la muerte. ¿Cómo se construye ese diálogo a lo largo del texto?

Es un diálogo sincero, sin maquillaje. A veces es un susurro, otras un grito. Le hablo a la muerte como quien le habla a un antiguo enemigo que terminó enseñándote lecciones vitales. En cada página hay una negociación: por qué te llevaste esto, qué me dejaste a cambio, cómo me reconstruyo sin ellos. No hay reproche, hay intento de entendimiento.

¿Qué fue lo más difícil de poner en palabras durante el proceso de escritura?

Lo más difícil fue narrar los últimos momentos de mi hijo, y luego de mi madre. Hacerlo sin caer en el dramatismo, con la crudeza que merecía, pero sin perder la belleza del amor que había detrás. También fue complicado hablar del después, de ese silencio insoportable que deja la ausencia, de la vida que sigue, aunque no quieras.

El libro parece escapar de los géneros tradicionales. ¿Cómo encontraste la forma adecuada para contar una experiencia tan personal?

No me senté a encajar en un género. Me senté a contar la verdad. Y la verdad no cabe en una etiqueta. Es memoria, es espiritualidad, es testimonio, es carta, es guía, es desahogo… De alguna forma, el libro se escribió con su propio ritmo, como si ya supiera qué forma tenía que tomar.

¿De qué manera el duelo transformó tu mirada sobre la vida y sobre ti misma?

El duelo me rompió y me reconstruyó en otra versión de mí. Una más humilde, más consciente y también más libre. Dejé de tener miedo a muchas cosas, porque cuando atraviesas el mayor dolor, todo lo demás se recoloca. Comprendí que lo importante no es cuánto vives, sino cómo. Y, sobre todo, con quién y desde dónde.

¿Escribías pensando en un lector concreto o fue, al inicio, un acto profundamente íntimo?

Al principio fue absolutamente íntimo. Escribía como quien se cura una herida abierta. Pero a medida que avanzaba, me di cuenta de que esas palabras no eran solo para mí. Que había muchas otras personas caminando por ese túnel oscuro, y que este libro podía ser una pequeña linterna para ellos.

¿Tuviste dudas o miedos a la hora de exponerte emocionalmente en el texto?

Claro que sí. Es abrirte en canal, mostrar las entrañas. Pero decidí que, si quería hablar de la muerte desde el amor, debía ser honesta al 100%. Y cuando escribes desde el corazón, desde la verdad más profunda, el miedo se transforma en coraje.

¿Qué papel juega la memoria en el libro: como refugio, como herida, como forma de permanencia?

Todo eso y más. La memoria es mi refugio, porque ahí siguen vivos. Es también herida, porque duele recordar cuando ya no están. Pero, sobre todo, es una forma de eternidad. Mientras los recordamos, no se van del todo. Y yo necesitaba construir ese puente entre la ausencia y la presencia.

¿La escritura te permitió comprender el dolor o simplemente aprender a convivir con él?

Más que comprenderlo, me ayudó a acunarlo. A dejar de pelearme con él. A entender que el dolor es el precio del amor profundo. Aprendí a hacer espacio para el dolor sin que me devorara. A convivir con él como se convive con una sombra: sin negarla, pero sin dejar que te gobierne.

¿Qué lugar ocupa el amor en un libro atravesado por la pérdida?

Es el núcleo. La pérdida duele tanto porque mi amor hacia ellos es inmenso. Este libro no habla únicamente de la muerte, sino del amor que nunca muere. El amor que sostiene, que transforma, que sigue latiendo, aunque ya no haya cuerpo. Es un canto de amor eterno.

¿Crees que este libro solo puede nacer desde la experiencia vivida o que la literatura tiene la capacidad de acercarse a ese dolor desde otros lugares?

Creo que hay heridas que solo quien las ha vivido puede narrar desde la entraña. Pero la literatura tiene la maravillosa capacidad de hacer que cualquier lector —incluso sin haber vivido lo mismo— se sienta acompañado, comprendido, en definitiva, menos solo. Eso es lo mágico de escribir desde la verdad: conecta, aunque los caminos sean distintos.

Después de escribir este libro, ¿sientes que algo se cerró o, por el contrario, que se abrió una nueva etapa en tu escritura?

Se abrió algo completamente nuevo. Fue como quitarme una segunda piel. Este libro me ha mostrado que puedo escribir no solo ficción, sino también desde la experiencia, desde la espiritualidad, desde la sanación. Me ha enseñado que la vulnerabilidad no debilita, sino que empodera. Y que compartir lo más doloroso puede ser el mayor acto de amor hacia los demás.

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