Sabemos de antemano que Francisco Morales Lomas es un escritor prolífico, y lo subrayo, muy prolífico, que en su trayectoria ha tocado prácticamente todos los palos de los géneros literarios, incluso ese menos difundido pero que tanto le apasiona como es el del teatro, para el cual ha creado un término que por su temática ha denominado “teatro caníbal”. Sin duda en sus inicios demostró ya que era un investigador de valía cuando se atrevió a realizar su tesis doctoral sobre Valle Inclán. Y esta atención investigadora tan constante no ha cesado de dar muy variados frutos, uno de los cuales -aunque dejo atrás muchos otros- digo que es el del ensayo, con datos siempre muy bien documentados; por ejemplo, el dedicado al más admirado poeta también de la Generación de 1898, titulándolo Poética machadiana en tiempos convulsos que a la vez subtitula como Antonio Machado entre la República y la Guerra Civil. Toda esta actividad literaria la completa, y muy dignamente, con la poesía y la narración (incluyendo en esta la modalidad del relato breve). Sin más detalles ha de notarse que a la par que esta novela que ahora comentamos se ha dado al público, en diciembre de 2025, su último poemario Pajaros blancos (Málaga, Anáfora, 2025). Incluso dejando aparte los prestigiosos premios literarios de los que se ha hecho acreedor, también son muy consultadas sus antologías -sin espacio ahora para su cita- e igualmente sus recopilaciones de actas propias o colectivas o la edición de monografías. De estas, muy reciente es la que ha coordinado titulada La escritura luminosa de Antonio Hernández. Ensayos sobre poesía y narrativa (Tirant Humanidades, Valencia, 2026). Hay que denotar que toda esta pluriforme remesa de títulos haría muy gruesas estas palabras sobre su bibliografía. Nadie entre sus muchos lectores duda de su indeclinable interés por indagar en los más diversos recovecos de la literatura. Entendiéndolo así, esta persistente vocación explica que durante años haya sido presidente de la Asociación de Críticos Españoles en su sección de Andalucía y, tras ser nombrado Presidente Honorario, dio paso a que accediera a la presidencia el poeta cordobés Manuel Gahete, otro escritor polígrafo incesante. La constancia indeclinable de Morales Lomas por la escritura narrativa explica que desde muy lejos hayan ido surgiendo obras detenidas en el relato breve, como aquella hoy ya lejana titulada El sudario de las estrellas (1999) y otras que han alcanzado la categoría de novela: solo dos títulos (obviando la importancia de otros), El extraño vuelo de Ana Recuerda (2007) o Bajo el signo de los dioses (2013). Así, una ininterrumpida serie de argumentos ha ido dando lustre a su ya dilatada experiencia de narrador. Y siguiendo esa trayectoria llegamos a dar con esta última creación que es Un siglo llamado invierno, texto impecablemente bien editado por Ediciones Esdrújula. La consecuencia de toda esta suma lleva a subrayar la evidente y siempre constatable capacidad de Morales Lomas para observar y narrar según muy diferentes géneros narrativos. Y debe quedar patente, como principio de base, que es un escritor que domina admirablemente su intención de crear espacios, personajes y ambientes que exploran palpables circunstancias de la realidad, de esta o de otras épocas anteriores. Después de este necesario y sucinto esquema de la bibliografia del autor, debe hablarse ya aunque sea someramente de esta nueva novela de su autoría a la que él ha titulado muy acertada y adecuadamente Un siglo llamado invierno, que ya ha contado con la presentación en muy diversos espacios culturales y en todas las provincias andaluzas (incluso fuera, en la feria del libro de Madrid y en Valencia); a lo que hay que sumar las frecuentes y lógicas reseñas o artículos y su análisis en determinados periódicos y revistas especializadas, donde se la ha abordado desde variados puntos de vista y que están teniendo un esperado eco en el interés del lector. No hace falta contar todo el argumento de Un siglo llamado invierno porque el lector poco a poco irá descubriendo todo el interés que encierra cada uno de sus apartados (tres en total), desde el primero titulado “Amor sin sombras”, hasta el último, “Reencuentro”. Tres apartados, cuarenta y cinco capítulos, cuatrocientas noventa y cinco páginas, que forman un conglomerado que al fin se comprende que debe ser atendido a partir de dos claras puntualizaciones: la de que “Los vencedores imponían de nuevo sus normas a las de los alemanes vencidos” y la de que “Aunque era primavera, para mí había llegado el invierno. Un siglo llamado invierno”. Se hace evidente que la extensión narrativa va disminuyendo según avanzan las distintas secciones, pues en ese primer apartado se contabilizan 22 títulos, mientras que el segundo y el tercero descienden, respectivamente, desde los 17 hasta los 6. Ante esta estructuración, y de manera inversamente proporcional, al mismo tiempo que se va disminuyendo la extensión narrativa, desde esos 22 capítulos iniciales hasta los últimos 6, también se va aumentando la intensidad de los hechos. Esa fuerza de la narración se manifiesta ya en la cuarta línea, en cuanto que en esta se dice que la protagonista (identifiquémosla como Joana) “había iniciado una huida hacia lo desconocido”. Se produce aquí el primer toque de atención con el que se adelanta la sospecha de que algo contundente va a suceder pronto. Sin embargo, habrá que esperar todavía, pues ese atisbo de futuro se repliega enseguida a un pasado que -según leemos- “estaba marcado por los últimos meses vividos y el lento deterioro con el que Joanna” -según queda dicho, la protagonista- vive su existencia y comprueba que ese pasado habrá de contrastarse “con un cierto gusto por el descubrimiento de lo nuevo”; un punto de vista que lleva a titular el quinto capítulo como “Un mundo en la memoria”. Sin duda, de ese enrarecido entorno van a ir emergiendo uno y otro de los escenarios que lo caracterizan: y así, los blancos a derribar “eran obreros comunistas a los que habían encontrado ocultos antes de ser encarcelados para ser juzgados y asesinados”; un contexto donde “Solo podría triunfar la sangre”, y en el que “Judíos y comunistas eran los grandes estandartes contra los que luchar”. En ese dinamismo de atrocidad evidentemente era Hitler quien intentaba “revestir sus actos de apariencia democrática, convencer a los partidos católicos y de centro sobre la necesidad de eliminar a los izquierdistas, comunistas y socialistas”. Por pura lógica, de esta realidad se deriva el comportamiento solidario de Joanna, el cual “la había llevado a socorrer a todos los que se habían convertido en víctimas de un sistema perverso que quería aniquilarlos”. Será en esta insalvable preponderancia del nazismo donde queda justificado, como ya se ha dicho, el adecuado título de la novela. Y todo continúa así hasta que muy posteriormente, en la página de cierre de la obra y enlazando con los comienzos de la misma, puede volver a leerse el motivo de cuantos sufrimientos marcaron una época tan ominosa, con una apreciación tan certera sobre el nazismo que no deja lugar a dudas: “El holocausto siempre seguirá luciendo, con la luminaria de los hornos crematorios, los gritos aterradores en los corredores de la muerte, en las cámaras de gas, en los trenes que un día tras otro no dejaban de cruzar la noche en un siglo en el que siempre fue invierno”. Según se vaya conociendo el mundo de Joanna, crecerá la percepción de que puede volverse la vista atrás y dejar que su mirada explique las vivencias del pasado, porque el pasado mezcla lo que se fue con lo que se vive en presente, y en este presente se dilucida un penoso porvenir político-social debido al que, tal como enseguida reconoce Joanna, “El país se había transformado en un espacio para la batida y ella era una víctima propiciatoria”; y por ello igualmente deberá aceptar que “Todo sigilo era valioso”, y también en consecuencia “asumiría riesgos graves que le podrían haber costado muy caro”: puesto que, por sus propias ideas políticas, era objeto de un férreo hostigamiento por parte de ese nazismo consolidado que la obliga a una continua huida para esconderse en diferentes países y ciudades. A esto último remiten muy concretamente los capítulos “Génova” y “De Génova a Suiza y París. Redundando en la explicación del título de la novela, la primera extracción tiene que ver con ese hecho de que en ella se van sucediendo experiencias vitales relevantes que enseguida se concretan apelando al factor político tan necesario para enmarcar la historia en el mundo que se quiere representar. La aclaración de que lo histórico es el objeto de una narración que está vinculada -según vamos comprobando- a la sombría historia que vive Europa a mediados del siglo XX, es de absoluta conveniencia ligada al acoso que encierra la megalomanía del dictador Hitler. Precisamente es Joanna, de la que como participante principal deberemos hablar por extenso, quien aparece como víctima de ese furibundo personaje. Y es ella la que confirma, en el análisis de sus inquietudes, que está siendo perseguida por la policía hitleriana debido a sus convencidas ideas políticas, y por ello en su periplo vital pasa de una ciudad a otra para eludir su posible apresamiento: claramente, “Joanna preparaba su marcha de Alemania ya que la Gestapo la había detenido e interrogado (…) sabía que la segunda detención podría ser la deportación o algo mucho peor”. Son estos los motivos de la persecución continuada a que está siendo sometida, desde el principio, Joanna. Con estas consideraciones, van surgiendo en el relato muchos de los añadidos que delatan una sucesión de hechos emergentes vistos como nuevas preocupaciones temáticas; de ahí que se incorpore a la historia la realidad de lo que lleva a que “Amor, filosofía y política fueron las tres palabras que conjugaron entonces su vida”. Con el perentorio análisis de estos tres reincidentes aspectos tan vitales, se llega a comprender muy pronto la posibilidad de exponer las ideas filosóficas que emanan tanto de la citada realidad filosófica de Martin (trasunto de Martin Heidegger) como de los grandes maestros del pensamiento clásico, incardinando junto a ellos la actualidad de otros como Paul Sartre o Simone de Beauvoir. Se constata esta concreción cuando leemos que “eran años en los que aquella relación entre filosofía y poesía lo tenían bastante soliviantado”. Y así hay situaciones en las que se acude a la validez científica de Proust, de Heidegger o de los filósofos de la antigüedad clásica, y esto sin faltar igualmente las referencias a otros como Schopenhauer o Thomas Man (por cierto, que de este se valora la importancia de su obra La montaña mágica). Irrefutablemente son muchas las frases con este carácter filosófico que fundamentan o examinan el concepto de “ser” y hablan de convencimientos, adquisiciones o aprehensiones que en este caso están oportunamente reformuladas en la página 246. Todo esto quiere decir que la atención prestada al elemento filosófico es uno de los más necesarios recursos temáticos que se insertan en el argumento, debiéndose concretar -precisamos aquí de nuevo- que Martin y Joanna son los trasuntos reales que en la historia de la Filosofía remiten a Martin Heidegger y Hannah Arendt. Se evidencia que no solo hay afirmaciones filosóficas (incorporando personajes reales con vivencias reales), sino frecuentemente también sociales, algo claramente destacado al afirmarse que “Las clases sociales habrían perdido su lugar en la historia, perdiendo toda clase de privilegios. Tenían pavor al futuro”. Pero lo cierto es que la trepidante ambientación lleva casi continuamente a la mezcolanza de acciones y de espacios, como ocurre en el palmario ejemplo de una frase tan breve como esa en que, junto a su amante, “La joven le acaricia la cara mientras los tanques se pasean por la Ringstrsasse”. Y tampoco debe pasarse por alto cómo algunos capítulos redondean de tal modo el argumento que resultan completamente oportunos para seguir arrojando luz sobre los sucesos. Es posible que algunos no sean de manifiesta necesidad, pero sí aportan un detallismo enriquecedor; que es lo que se percibe en el titulado “Días furiosos”. Ese detallismo se acerca a veces a los momentos más insignificantes del transcurrir diario: son modélicas en esta línea las varias páginas en las que se va desgranando el proceso de elaboración de una pizza y de otros platos culinarios que no dejan atrás el trajín de las habilidades gastronómicas. Queda admitido que, junto a este tema tan fundamental y volcado en el comentario del tiempo histórico-social que vive Europa en el entorno de la dictadura de Hitler, se superpone el que va a ser asunto primordial en tanto que considera la vivencia del amor como lo único realmente imprescindible y en la mayoría de las ocasiones lo esencial que pesa en el argumento. Son numerosas las escenas que así lo confirman y, por eso, en varios puntos de la historia Joanna va a ir centrando sus confidencias: “Hoy perdería mi derecho a la vida sí perdiera mi amor por ti”. Aceptamos, por tanto, desde el principio que el amor lo guía todo. Como en algunas otras ocasiones, también es Martin, en su calidad de amante de Joanna, quien va a reconocer -por ejemplo, extensamente en los pasajes de la página 50- que “el amor podría curar muchas heridas que había conquistado la soledad”; y a la vez la condición para que “el ser humano existiera era en el amor”. En el curso de la lectura, y en la reflexión final que el lector va a hacer de la misma, permanece la idea de que los verdaderos protagonistas han sido Joanna y Martin. Ha de significarse sin titubeos que esta historia brilla por su atractivo y sensualidad, lo que ya se pone de manifiesto en su inicio cuando se detalla que “se reflejó su rostro hermoso de labios bien contorneados y sensuales, con una frente despejada y amplia por la que todavía el tiempo no había realizado sus incursiones y un cutis bello y suave…”. El lector no vacila en ver que el correlato sentimental de Joanna va a ser el profesor y filósofo Martin, quien da lugar a una repetida conexión filosófica que no solo se centra en las preocupaciones epistemológicas o sea del conocimiento científico, sino también -como se ha afirmado ya- en las ideas que más han abordado los grandes pensadores, en este caso elucubrando sobre el concepto de “ser”, lo que conlleva esa mencionada alusión realista a la obra del personaje histórico Heidegger, autor de la aportación filosófica Ser y tiempo: “Pocos hasta ahora se han dado cuenta de esa aleación entre ser y tiempo. El primero y el único que se movió en la dimensión de la temporareidad fuen Kant”. Y el mismo Martin se autocita cuando declara que “En uno de los capítulos de Ser y tiempo me preguntaba quién es quién”. La puntualización de que el asunto filosófico motea el texto con insistencia lleva a reconocer la impronta que deja en él la figura de Martin (repetimos, trasunto de Martin Heidegger), quien aboca la historia a esa precisa reflexión filosófica. Es por ello que abunda la introspección en los más difusos pensamientos vitales, siendo uno de los elementos con que se aviva la llama argumental. De que la filosofía forma parte de la intencionalidad del autor por reflejar su sentido en la cotidianeidad de algún personaje, habla el hecho de que las reflexiones filosóficas se extiendan a pensadores de la actualidad de la narración y a la vez de otros que han remodelado la historia de la Filosofía. Y llegamos enseguida al que es el curso principal de la novela. Este se debe a que en el transcurrir de los personajes, estos reflejan sin reparo (casi siempre por parte de la protagonista Joanna) sus emociones amorosas, ampliándolas por cierto con la mención de versos de grandes poetas, sobre todo de los escritores del romanticismo alemán, como Hölderlin, Trakl y Rilk; apostillando esta rememoración con la idea de que “La poesía siempre fue el último sentido de la palabra y la interpretación del mundo”. Todo ello es una prueba de que la poesía es con cierta frecuencia una preocupación mental insoslayable. Por ello, en un momento se aceptan en el discurso los siguientes versos de un poema de Hölderlin que comienza: “¿Pretendéis que me apacigüe? ¿Que domine / este amor ardiente y gozoso, este impulso / hacia la verdad suprema? ¿Que cante…”. Consecuentemente, debe bordarse sin dilación la circunstancia determinante del avance del argumento: la incorporación del proceso amoroso-sexual, que es el que acapara una repetida atención y empuja al lector hacia un interés que poco a poco lo va satisfaciendo. Es esa dilatación del acontecimiento amoroso lo que domina en estas páginas, a las que se van adhiriendo poco a poco el resto de los ingredientes temáticos, que sin embargo deben considerarse secundarios. Y es en este contexto amoroso y sentimental donde se plasma un erotismo incontrolable que el lector interpreta como un ingrediente ineludible que ensalza la narración y traslada al lector un enardecido deleite ante el cual se siente subyugado por su selecta claridad, tal como se anota por ejemplo en la secuencia “sus cuerpos enfebrecieron de amor, acercándose palpitantes, consumiéndose en la corriente profunda de la pasión”. El transcurrir amoroso lo llena todo, siempre en la certeza de que para Joanna podía haber dos hombres en un mismo corazón, Martin y Heinrich, reflexiones que también alcanzan al manifiesto amor de un hombre por mujeres como Joanna, Friedrich y Margot. Obsérvese aquí que en su experiencia de intimidad con otros hombres (la promiscuidad de Joanna esta fuera de toda duda), ella rebusca en sus recuerdos y halla, entre otros, el de Angelo Argento, al que el narrador recurre en los últimos párrafos del capítulo 11, “Caracortada”, de nuevo de urgente lascivia incontrolada: “… le repetía a Angelo Argento mientras su cuerpo se retorcía de placer y las cerezas se ahormaban en su boca junto a los labios de Angelo Argento”. Por lo demás, el detallismo con que se desea matizar las vivencias sentimentales propicia que estas se amplíen -como ya hemos anotado- con la mención de grandes poetas, cuyos versos Morales Lomas inserta en el relato con citas oportunas. Es irremediable que los recuerdos (véase por ejemplo “Un mundo en la memoria”) vaguen con obstinación y atados frecuentemente a dichas recalcitrantes experiencias amorosas o eróticas, que dan lugar a párrafos incandescentes en que se narran momentos de apasionada entrega y de la íntima felicidad experimentada por Joanna, tales como: “Martín cabalgaba sobre su cuerpo y le acariciaba los senos sin pronunciar palabra alguna”. Para Joanna, indiscutiblemente Martin aparece como el amador “del que había sido o acaso seguía siendo el único amor de su vida”. Así pues, las escenas de erotismo exacerbado se van repitiendo a lo largo de toda la novela, a la que van convirtiendo en un manual de la pasión y del placer. Si en un momento se habla de “El amor-pasión, el amor-fou, el amor deseo, el amor mundano”; en otro se precisa que “ella está ahora revolcándose sucia y pringosa entre las sábanas enlazada con el cuerpo de Günther, al que ve disfrutar como un bebé entre brazos maternales”. El remate de estos comentarios obliga a enlazar los acontecimientos relatados en las primeras páginas con estos otros de las finales, gracias a todos los cuales se ha ido configurando una completa claridad expositiva y una soberbia exposición que ya delatan el estilo del autor. De este modo, con esta adecuación entre historia narrativa y perfección estilística (ambas dignas de admiración) se van sucediendo los necesarios capítulos con vistas al mejor entendimiento de la novela. En su totalidad, este amplio texto de Morales Lomas mezcla con habilidad las diferentes escenas y espacios en un punto y luego los va recordando después en otros; todo ello en lo que parece una decisión estructural del argumento que da viveza e interés a la historia. Adviértase, como colofón final, que todo el placer o deleite vivido por Joanna y otros intervinientes no va a borrar definitivamente la atmósfera política en la que cada vez se entrecruzaban aún más los acontecimientos y llevaban a reflexionar sobre el movimiento político que en el presente de la protagonista se le va acumulando con tanta ignominia y le hace entrever un tiempo salpicado de falsedad y engaños. El lector puede cerciorarse de cómo detrás de esa enrarecida ambientación política se esconden enérgicos diálogos cuyo efecto es la distensión anímica que amortigua la soledad y el aislamiento de los personajes, al menos del principal que es Joanna. Ejemplos de este dialogismo vivo podemos localizarlos a lo largo del capítulo 7 (“El taxista”) y sobre todo en el siguiente, “Encuentros con la pasión". Y son estos los que envidan inesperados momentos de felicidad también marcados por la duda: “Sueños cargados de congoja y alegría llenos de dulzura y de amargura”. Al final de la lectura seguro que se saca la conclusión oportuna de que en el lector ha quedado el regusto de una excelente novela, muy bien construida y diversificada pero con una permanencia temática recurrente que la hacen necesaria para comprender un lapso despreciable, política y socialmente, en el que caben, sin embargo, unos cálidos episodios sentimentales y unas referencias culturales y literarias que la encauzan definitivamente. Su valor documental, que es uno de los méritos del basamento de la historia, se muestra en todo caso con una contundencia evidente. En este sentido, el gran crítico Fernando de Villena escribió en el suplemento de Diario Córdoba “Cuadernos de Sur” (8-11-2025), que todo el texto debiera ser calificado “como una novela histórica documentadísima”. Por añadidura, alguno de los comentaristas que han presentado el relato en diferentes lugares han comunicado que este constituye una de las mejores novelas a que han tenido acceso durante los últimos años. Lo cual es una verdad, creemos, que irrefutable. En sus 495 páginas permanece un argumento que mantiene continuamente su vigor narrativo y un interés que le llega al lector con fidelidad al tiempo histórico documentado y con una raigambre que en lo emocional y en lo cultural tienen su completa validez, lo que ofrece la ocasión de continuar la trama en capítulos como “Hablar al corazón”, en el que se anuncia que “A aquel encuentro inicial siguieron otros muchos en los que Joanna percibía cómo la pasión amorosa, como un impetuoso huracán, lo iba ocupando todo (…)”.
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