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Una novia judía de Berlín en los tiempos de Hitler

Sobre el libro “Una novia judía” de José Luis Torrego
domingo 08 de marzo de 2020, 12:16h
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Una novia judía
Una novia judía

“Sólo hay sombras donde brilla el sol. Y ese es el fondo de tu alma.”

Así se expresaba Heidegger en una carta que escribía a Hanna Arendt. Una carta forjada en medio de dos conflictos: el amoroso y el bélico.

No sé si Heidegger, de haber sido poeta, hubiera escrito un libro como este. Un libro titulado Una novia judía.

No lo sé porque él no era yo: yo era otro él, el mismo que es señalado en el principio.

Él tenía

una novia judía de Berlín en los tiempos de Hitler

que no se llamaba Hanna

Porque yo sí tuve una novia judía, en un escenario irreal, que se vivió por la sinrazón de personas que apartaban y asesinaban, a otras personas, por el hecho tan simple de ser distintos a ellos.

Afortunadamente distintos a ellos.

Bestias irracionales que masacraron arte y literatura, música, historia y almas. Bestias cuya ansia final se ceñía a la palabra supremacía, al poder y al dinero. Bestias que asesinaron dos de cada tres judíos europeos que vivían en Europa antes de la guerra.

Entonces era cuando:

Nos amábamos

como nos dejaban los tiempos.

Porque no corrían buenos tiempos para la vida donde no sólo los enamorados éramos extraños en ese mundo hostil.

Eran tiempos duros…

Turbios tiempos pardos que pusieron

a la puerta de la Universidad

Juden Zutritt verboten a los inferiores

judíos y los judíos superiores.

Éramos extraños como eran extraños Chagall, Munch, Kandinsky...

Éramos apestados como eran apestados Anna Frank, Max Jacob, Sigmund Freud, Stefan Zweig…

Y no era difícil saber, con el desarrollo de los acontecimientos, cómo iban a acabar aquellos tiempos. Cómo el devenir se iría tornando pardo, color uniforme, impecable en la plancha, pero impregnado de sangre.

Era fácil para todos ver cómo acabaría esta historia

salvo si joven

salvo si enamorado

Ante esa ideología única, ante la pureza de la raza y el pensamiento, sólo quedaba la huida o la muerte. Y ambas salidas dejaban una inmensa sensación de ausencia, un desierto donde el poema y el amor eran como el agave que florece y muere.

Paradójicamente a este desierto la solución pudo ser beber demasiado para, así, atravesarlo:

Los desiertos beben ron y duermen..

Uno se olvida de todo en los desiertos...

Y todo para qué.

Pudo ser desdoblarse en dos y sobrevivir a la esquizofrenia de aceptar lo inaceptable, de dejarse absorber por las circunstancias de la vida, de tener un espejo que no imitaba los movimientos.

Walter Ebrio llama a casa en medio de la noche

y le contesta desvelado Walter Sobrio

Para que la nostalgia y el terror, míos siempre, se materializasen, a veces, en forma de:

Paloma disecada que pinta un niño de diez años

encerrado en vez de mirar el mar

cuando quería llorar por esa niñez asesinada.

O que esa nostalgia y terror se materializasen desde

la importancia de los silencios

por el tormento intangible cuando

se pega a mi cuerpo tu ausencia

y con la razón principal que aplasta la existencia:

De pronto soy un hombre en la noche sin refugio

llamando a su propia puerta. Que no se abre.

ella ha muerto y yo

estoy bebiendo demasiado.

Al final la vida seguía. Y se materializaba el tiempo como algo viscoso que anegaba las articulaciones impidiendo moverse deprisa.

O también pudo no materializarse.

Y pasar tan rápido que alguien pudiera anticipar paréntesis críticos hacia las prostitutas, la explotación infantil, Schopenhauer, los tiempos modernos, la mentira del progreso o las nuevas tierras prometidas, tan falsas y absurdas como los altares de Hollywood. Como los altares de los primates.

Primates orgullosos a los que filmará, esos años después, Kubrick.

Pero entonces, al final, la vida seguía

¿hasta dónde

sin nosotros?

En ese infierno entre la fecundación (espermatozoides hacia el óvulo) y la cremación (pavesas que ascienden indecisas en bandadas / como gaviotas), entre los teólogos equivocados por tantos dioses, entre el yo que escribía y ahora escribe, entre el yo que ocupaba nada y ahora ocupa todo, entre el sonido que ya no se oía de

Las campanas de Frauenkirche

destrozadas por el Comandante Tyrrell a bordo de su Lanc 686

En ese infierno, presente en

Espíritu común y único

en el que yo soy todo y parte

En ese infierno entre el dolor y la desvalida voluntad,:el cuerpo títere gritando reiteradamente

Solo ante ti, amor, yo sé quién soy

Cuando se decía que sólo había un Dios que, al tercer día, dio rebelión y revelación.

Rebelión innata en el artista. Revelación ante la barbarie.

Cuando, en realidad, sólo hubo trompetas ante ese Dios del Juicio, aunque fueran las de Miles Davis retumbando en las copas, deduciendo que

La lógica de las piedras lleva a estas conclusiones.

Pero siempre quedaba Corinto, después del terremoto, para levantar los párpados y amanecer, para recordar con la congoja de lo imposible, para escribir o borrar, para resucitar, para amar (aunque fuese una ausencia), para seguir siendo yo mismo el protagonista del poema y acurrucarme, muy despacio, en el rincón más íntimo de mis evocaciones

La ciudadela de Corinto

No sé si contaros esto

O guardarlo en el silencio intacto.

Siempre estaba y estará Corinto con la compañía de Cézanne, Corot, Degas, Van Gogh, Monet, Klee… ¡Todos menos ella!

Nada desespera más a un amante que el recuerdo que no volverá de aquello no conseguido: la insensatez del corazón defraudado es la debilidad más vulnerable de las encarnaduras.

En ese destierro reiteraba mi convicción de que

Ser eterno es haber sido

el agave y su silencio

en el verso que los guarda

y continuaba pensando que

Quizá la felicidad sea

llegar con tiempo a una cita

cuando sabía que no había cita alguna en mi agenda. Ni la volvería a haber.

Tan sólo unos versos que ni siquiera yo escribí, pero de los que soy protagonista.

Y ella

Tan bella tan pura tan azul.../...

Ella y yo, entre las ruinas

de la gloriosa ciudadela de Corinto

Yo tuve una novia judía. Una mujer perdida en una época. Así de sencillo,

así es como cada amor

se inicia en el destello

y así como acaba y trasciende.

Heidegger, aunque hubiera sido poeta, nunca habría escrito un libro como este.

Pero puede que alguien lo haya hecho y lo pueda mostrar como si lo hubiera vivido.

Como yo

Que soy yo repetido

espíritu común y único

en el que yo soy todo y parte.

Y que ese alguien pueda versar lo vivido como si yo fuera el protagonista.

Y hubiera perdido a mi novia judía.

Y me llamase José Luis Torrego.

José Luis Torrego (Segovia, 1967) Es Licenciado en Filología y profesor de idiomas, actividad con la que ha ido compaginando la colaboración con el CU Cardenal Cisneros de la Universidad de Alcalá así como conferencias en eventos como la Semana de Estudios Románticos de Valladolid. Ha entrado tardíamente en el mundo de las publicaciones, que no en el poético, de hecho, su primer libro, Levantas los párpados y amanece, presenta poemas que abarcan dos décadas. A raíz de la luz de Levantas, ha sido el responsable del espacio de poesía dentro de “Mundo noticias” en radio Inter y ha dado recitales bilingües en el Centro Español de Núremberg, donde se traduce su obra al alemán. En Lastura ha publicado los poemarios para adultos Piel disidente y Una novia judía; y los libros de poemas infantiles La calle Berrebés y El cerdito guarrete y algún amiguete.

Enlace de compra: http://lastura.es/?product=una-novia-judia

José Luis Torrego en la presentación de su poemario
José Luis Torrego en la presentación de su poemario
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