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Javier Krahe
Javier Krahe

Un lustro sin Javier Krahe

lunes 13 de julio de 2020, 11:00h
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Escribo este par de páginas en las mismas vísperas del quinto aniversario de su muerte allá, en Zahara de los Atunes, donde inalterablemente veraneaba desde hacía más de cuatro décadas. Y lo primero que me asalta es algo que le divertiría mucho, pues Gómez de la Serna —madrileño como él y creador de una corriente humorística que sin duda Krahe heredó y revivificó por los tablados del país— afirmaba que los muertos envejecían en su ejercicio de difuntos, por lo que ya comienzo dudando si titulo a esta nenia “un lustro” o “un quinquenio”; aunque como Ramón no precisó a quién y cómo deben cobrarse los correspondientes devengos, optaré por lustro, que queda mucho más circunspecto y entonado con el género de la necrológica.

Lo cierto es que no podía sustraerme a redactarla; pues, para empezar, Javier fue como un hermano mayor, al que consulté siempre los pasos más decisivos de mi vida madrileña, que por supuesto ponderó y observó, aunque no lo crean, con una severidad rectoral. También fue quién, con una paciencia de exégeta bíblico, corrigió mis primeras novelas, y de quién escuché atinadas críticas que sopesé y apliqué, y por descontado, con quién escribí el libreto de una zarzuela que las autoridades del ramo no mostraron el menor interés en estrenar, por más golpes de pecho que se dieran en los días posteriores a su muerte, y con el que también emprendí un guion cinematográfico sobre el Desastre de Annual, que se malbarató para su enorme enojo, como me recordó, durante la semana de su homenaje en el Café Central (en diciembre de 2016), Annick Bloyard, su mujer y custodiadora de todas esas flaquezas que Javier, como caballero antiguo, jamás se permitió exhibir en público y rara vez ante los amigos. Y a todo esto tendría que añadir las inacabables veladas de los lunes, en el Café Estar, con los más jaraneros de los ajedrecistas de aquella liguilla que no creo que ganase nunca, pero en la que jamás dejó de participar.

Conocí a Javier Krahe sobre marzo o abril de 1990 por medio del gran Jaume Sisa —entonces Ricardo Solfa— y al año siguiente, ante los últimos calvatruenos que quedábamos en el Elígeme y a unas horas propensas para cualquier desliz —cuando no, fanfarronería—, un preboste de la cultura me aseguró que si era capaz de conseguir que Javier escribiese una zarzuela, él garantizaba su estreno. Y no hubo más: en un par de días acometimos el libreto de El revoltoso (1991). Nos ocupó un mes y medio, entre mayo y junio, y algunas semanas de septiembre donde, amén de fraguarse nuestra amistad, palpé la pulcritud y exigencia que imprimía Krahe a sus composiciones; eso que se llamaba Preceptiva y que ahora es bochornosamente desconocido por tantos poetas, y así les luce el verso. Debo recordarles que, en aquellos días, Krahe padecía la maldición de Cuervo ingenuo (1986), que lo proscribió para cualquier contrato oficial, entonces vivero casi exclusivo de su profesión. No obstante, algunas universidades y cafés —debo citar aquí al Central de Madrid y, desde luego, a Pedro Sahuquillo cuando regentó el del María Guerrero— le procuraron no desaparecer del todo. Huelga decir que el gremio de los cantautores, tan firmante de escandalizados manifiestos, poco hizo por oponerse a este veto; incluso, alguno de sus integrantes dio crédito al pérfido bulo que propagó el poder para encubrir la persecución: “Krahe no actúa porque es un vago…”

Pero el tiempo ajusta las cuentas y de una manera tan irreprochable en este caso que, allá por 2006, Javier era el cantante que anualmente más actuaba en España, y así se mantuvo hasta su muerte. Además, sostenido sobre un circuito fiel de salas y cafés de todo el país que, año tras año, lo esperaban abarrotados sin importarles un bledo que hubiese o no estrenado disco: solo querían a Krahe sobre el escenario para que los divirtiese una vez más con las contradicciones admirables y ridículas de nuestra existencia. Con lo que desbarató de paso esa otra estupidez de que era un “cantante de culto”; mote que, ya saben ustedes, adjudican los petulantes a algunos artistas para arrumbarlos en ese desván supuestamente exquisito y solo accesible para unos cuantos espíritus enrevesados. En fin, nada que ver con Javier Krahe en disco y, menos aún, sobre un escenario.

Claro que el memorial de cominerías urdidas contra Javier y que lidió con una hidalguía imperturbable sería el cuento de nunca acabar. Aunque si algo verdaderamente lamento, al recordarlo ahora tras su sonrisa perspicaz y burlona, es que los escenarios nos raptaron a un excelente poeta satírico. Alguna vez hablamos de ello, y supongo que otras muchas estuvo tentado de escribir una obra literaria ajena a la canción; tal vez un libro de aforismos para espantarnos el aburrimiento o quizás una novela costumbrista que de cotidiana no presentase ni la primera frase; tal vez, pero los compromisos y el fervor inmediato del público... El caso es que fue uno de los talentos más agudos, sorprendentes y luminosos que he conocido y que andaba tan corrientemente por un país que, como dijo Joaquín Sabina, nunca lo mereció.

Ahora nos queda echarlo de menos y escuchar de cuando en cuando sus discos, aunque en absoluto nos alivien de su ausencia. Y, claro, esperar que para octubre el bueno de Federico de Haro pueda publicar esa biografía que todos aguardamos desde hace meses.

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