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"Ibéros", de Rafael Fontán Barreiro

EDAF. 2021
martes 06 de enero de 2026, 21:20h
Ibéros
Ibéros
La colonización de la Península Ibérica, realizada sobre sus habitantes fue muy numerosa, probablemente por las riquezas de sus tierras. Los primeros que llegaron serán los fenicios, según escribe el historiador de la Edad Antigua, Diodoro Sículo, en busca de los necesarios metales para todas las actividades de la época. Todo ello aderezado con los peligros que representaba acercarse al extremo geográfico de la Europa, donde se encontraba Iberia.

La región encierra las más numerosas y ricas minas de plata… los indígenas ignoran su uso, mas los fenicios, expertos comerciantes, compraban esta plata a cambio de otras mercancías. Después, llevando la plata a Grecia, Asia y casi todos los demás países, los fenicios conseguían grandes ganancias. Y así, practicando durante mucho tiempo un comercio de tal naturaleza, se enriquecieron y fundaron muchas colonias: algunas en Sicilia y las islas vecinas, otras en Libia, en Cerdeña y en Iberia”.

Aquella civilización que primero Asiria y Babilonia en el Asia Menor, y luego Roma en África, arrasaron, poseía una inteligencia preclara para las relaciones comerciales, de cualquier tipo y condición. La colonización de los hombres de púrpura en el Mediterráneo arrancará con la fundación, por un grupo de tirios, de la Ciudad Nueva, es decir Cartago/Qart-Hadash, donde gobernó la mitológica Reina Dido o Elisaht/La Errante. Los fenicios coinciden con la llegada de otro grupo humano, que es el de los griegos, los cuales siempre estuvieron carentes de posibilidades de subsistencia en una Hélade que no tenía capacidad de alimentos para poder subvenir a las necesidades de todos sus habitantes. Los fenicios fundarían Gadir o Cádiz hacia el año de 1110 a.C.; mientras que los helenos lo harían en forma de colonizaciones de tipo cultural, aunque también económica, verbigracia: Ampurias/Emporion, o Sagunto/Saguntum. La enemistad entre griegos y fenicios será de tal calibre, y ya en el principio de su competitividad, que llegarán hasta el límite marcado por los enfrentamientos bélicos. Esta inquina será transmitida por los griegos hacia los romanos, que odiarán a muerte a los africanos hasta llegar al genocidio final con la Tercera Guerra Púnica. Los intereses que defienden los griegos conllevarán que consigan empujar a los fenicios hacia Iberia, y no hacia las costas occidentales de Italia, aunque estos cerrarán el paso helénico hacia la gran isla de Cerdeña y el mediterráneo occidental.

La debacle destructora provocada en la urbe de Tiro, la más importante de la Fenicia, por medio del Rey Nabucodonosor II “el Grande” de Babilonia, en el año 572 a.C., será una tragedia para aquellos seres humanos, con un sentido mercantil tan desarrollado, y que se autocalificaban como cananeos o chananí. Le ha llegado el turno, pues, a las colonias fenicias occidentales, apoyadas en el auge imperial y comercial de Cartago. Por todo lo que antecede, se pueden definir ya como púnicos o cartagineses a los fenicios ibéricos. Existen dos momentos bélicos obvios, que definen la relación de púnicos contra los griegos: Alalia (537 a.C.) aliados a los etruscos contra los griegos foceos, en Córcega. Los foceos abandonarán, por lo tanto, la más mínima apetencia hacia Tarteso e Iberia; e Hímera (480 a. C.), en la que los helenos de Siracusa y Agrigento lucharán contra una milicia cartaginesa comandada por Aníbal Magón, el deseo es el dominio de Sicilia, Cartago perdió, su inepto general sería crucificado, y los cartagineses ya solo controlarían el occidente siciliano con su capital en Panormo/Palermo.

«Los siglos centrales del primer milenio antes de nuestra era vieron el nacimiento de las Iberias, su desarrollo y, finalmente, su integración como Hispania en el mundo romano. Es el tiempo brillante de la protohistoria de la Península Ibérica, de la incorporación de sus habitantes al mundo mediterráneo, propiciada fundamentalmente por la colonización de fenicios y griegos, y por contactos asiduos con otros pueblos de aquella koiné. Los íberos son imprescindibles para entender nuestra historia posterior, pero son muchas las limitaciones que nos impiden profundizar en su conocimiento. Es el caso, para empezar, de la escritura: el signario de una lengua que podemos leer, pero no interpretar. O el del misterio de unas murallas construidas no para la guerra, sino para ser imagen del poder. O el de la enigmática destrucción de muchos de sus monumentos funerarios poco tiempo después de haber sido erigidos, de lo que constituye un buen ejemplo el conjunto de esculturas mutiladas del Cerrillo Blanco (Porcuna), hoy en el Museo de Jaén. Este libro presenta al lector el estado actual de la cuestión basándose en la nutrida bibliografía más reciente. Pero es, sobre todo, un exigente y osado intento de reconstrucción. Precisamente porque los íberos no estaban solos, debemos estudiarlos sin perder de vista a aquellos otros pueblos con los que compartían tiempo y paisaje, y que nos son más conocidos. Al rompecabezas de los íberos le faltan algunas piezas, y el autor trata de suplirlas mediante la comparación, tal como procede la arqueología cuando restaura una vasija rota a la que le falta algún pedazo, o cuando consigue poner en pie la escena derruida de un teatro romano por analogía con los de otras ciudades del imperio. Los íberos no son, desde luego, el ‘pueblo pintoresco’ de la periferia. Este libro pretende sacarlos de la penumbra en la que tradicionalmente se los ha situado entre las culturas del Mediterráneo, y hacerlos lucir con el resplandor que merecen».

Los tratados entre Roma y Cartago comienzan en el año 509 a.C., donde el historiador Polibio refiere que los africanos se reservaron el control de África y de Cerdeña, y el occidente siciliano, aunque hoy se pone en duda su existencia. Además, por ello, los cartagineses se comprometen a quedarse al margen de los plausibles problemas que pudiesen tener los romanos en el Lacio, la Toscana o la Campania. Este tratado dejaba ya, por lo tanto, a Iberia fuera del influjo de los griegos. Pero, el tratado que ha llenado ríos de tinta a lo largo de la historia es el malhadado del Ebro, del año 226 a.C., y que está conformado entre los tiempos que transcurren desde el final de la Primera Guerra Púnica y el inicio de la Segunda, que los romanos maliciosamente denominaron como la Guerra de Aníbal, cargando todo el peso de la misma sobre la responsabilidad del caudillo cartaginés Aníbal Barca “el Grande”. Polibio y Tito Livio lo recogen y analizan, indicando, de forma prístina, que sí existió un río que separaba las costas mediterráneas de Iberia entre el influjo septentrional de Roma, del meridional de Cartago; este río debería ser, por cuestiones geográficas y políticas obvias, el Ebro, pero en algunas ocasiones se ha referido a la posibilidad, más remota, de que pudiese ser el Júcar o el Turia.

Si no resulta clara la identificación del Iberus flumen que aparece en estos historiadores es debido a que con tal adjetivo se podría designar cualquier río de Iberia (Iberus) y al hecho de que Sagunto se convirtiera en el casus belli entre romanos y cartagineses. Se trata de una antigua colonia griega que quedaba al sur del Ebro, y el ataque de Aníbal, sin embargo, fue considerado por Roma como una provocación”.

Y bien que se aprovecharon los romanos de este hecho, para tratar de borrar de la faz de la tierra, y lo conseguirían, a sus irredentos enemigos cartagineses. El hecho comienza por el ataque de los saguntinos a un pueblo aliado de Cartago. En este caso sería el de los turboletas, de las tierras de Teruel. Aníbal Barca indica, sin circunloquios, a los romanos, que los púnicos siempre defienden y dan la cara por sus aliados. Pero, la oligarquía de Roma desea cerrar, definitivamente, el grave problema de Cartago, que es el único estorbo que existe ya para el desarrollo de su imperialismo. “Hasta que Roma se convirtió en la potencia hegemónica del Mediterráneo occidental tras la segunda guerra púnica, más o menos en el año 200 a.C., el mundo ibérico formó parte de un mapa dinámico, cambiante. Estaba inicialmente en un apartado territorio buscado por los colonizadores fenicios y griegos, y mantuvo incluso algún contacto con los etruscos; como hemos visto, los griegos fueron alejándose cada vez más y las colonias fenicias tomando mayor peso”. Tras la derrota inesperada e inasumible por el genial Amílcar Barca, en la Primera Guerra Púnica, que la Balanza o Senado de Cartago se apresuró a cerrar, de cualquier forma, y endeudando su economía hasta límites insospechados, Cartago preparó la revancha y Roma la esperó.

La política expansiva de los Barca cartagineses -los púnicos- incluyó en sus planes buena parte del territorio ibero de la Península, hasta el punto de fundar en su costa su nueva capital, Carthago Nova, en el año 237. Finalmente, a partir del 197 a.C. Iberia se convirtió en provincia romana; curiosamente, en dos provincias romanas que incorporaban en su título el nuevo nombre de estas tierras: Hispania Citerior e Hispania Ulterior. Se abría un nuevo capítulo en la historia de los pueblos y las tierras de la Península Ibérica”. Roma tratará y conseguirá, obviamente, ya que para eso tiene el poder del exterminio de los púnicos, la desaparición de cualquier concepto sociopolítico ibérico que les recuerde a sus enemigos. “La sociedad íbera es una sociedad de la Edad del Hierro, en la terminología clásica, que se incorpora definitivamente en el siglo VI a. C. al mundo de ciudades y de ciudadanos que se estaba dibujando en las orillas del Mediterráneo”. Estamos, por consiguiente, ante un magnífico libro sobre los habitantes primigenios, e históricamente conocidos de la Península Ibérica, que, recomiendo, sin ambages, como excelente. «Duos habet et bene pendentes. Deo gratias!».

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