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Periférica

El pánico y su vertiginosa capacidad de cambio nos convierte en seres huidizos, distantes e inertes. Como inerte es el cuerpo que yace en la profundidad del pánico. Uno de los riesgos de la negación propia es la de verse reflejado en un espejo y no ver aquello que los demás adivinan de nosotros, ni lo que nosotros mismos somos capaces de ver a la hora diferenciarnos del resto.

No hay mayor soledad que la que nos acoge en la muerte, o quizá sí, aquella que nos acompaña cuando nacemos antes de caer en brazos de nuestra madre. La muerte es ese espejo oscuro que debemos atravesar solos, a veces, en la cercanía de nuestros familiares; y en otras ocasiones, lejos de todo aquello que nos resulta cotidiano o cercano.

Entrar en "La Librería Encantada" es hacerlo, a través de las cortinas del tiempo, a un espacio, un lugar y un mundo que ya no existe, porque entre otras cosas, ni podríamos contaminarnos con el humo de la pipa del Sr. Mifflin ni tampoco percibir el gusto por las buenas lecturas que ponderan sus opiniones y los sentimientos más íntimos de su vida.

La escritora bielorrusa fue la última ganadora del Premio Nobel de Literatura

No sé si por causa de la propia realidad literaria o por la antipatía iconográfica que distingue a estos tiempos modernos, el caso es que la condición de premio nobel llevaba aparejado, últimamente, una cierta sonrisa de duda, de sospecha, de acto pactado por intereses políticos antes que por el respeto al canon que ha hecho distintiva a la buena literatura.

Si uno deja la mente en blanco o hace como dice el autor de "Roma": «un ejercicio físico-espiritual del vaciamiento», corre el riesgo de llegar a la nada, donde la nada es el vacío sin más. Sin embargo, en el caso de Ugo Cornia no es así, porque su vacío es un vacío que crea espacio. Él lo consigue mediante un lenguaje oral, o memorístico como le gusta llamarlo a él para diferenciarlo de la ficción autobiográfica.

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A veces, la vida de una persona cabe en apenas veinticuatro horas, pues la repetición de su día a día es tan monocorde como insignificante. Esa es la afirmación que, al menos, se desprende de la descripción que Wolfe hace de un viejo editor, decrépito y trasnochado, que no supo salir a tiempo de su particular madriguera.

Los latidos del corazón se resisten a mentirnos cada vez que aceleran su ritmo. Desbocados, nos conducen a esa pulsión en la que la vida se asemeja demasiado a una especie de penumbra, donde una vez que nos tropezamos con ella, no nos queda sino atravesarla.

Hay mucho vacío en esa soledad que no encuentra ni respuestas ni salidas a todas las preguntas que somos capaces de formularnos, sobre todo, en nuestra juventud, cuando todavía no entendemos cómo funciona el mundo. Sin embargo, esa desdicha del explorador insatisfecho, nos llevará a terrenos que nunca imaginamos y mucho menos que seríamos capaces de vivir