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Biblioteca Imperial de Viena
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Biblioteca Imperial de Viena (Foto: Javier Velasco Oliaga)

¿Se deben reescribir los libros con lenguaje inclusivo? Veinte escritores nos responden a esta pregunta

jueves 23 de febrero de 2023, 12:11h
La polémica de reescribir ciertas obras literarias con lenguaje inclusivo ha saltado esta semana en todos los medios de comunicación. La plataforma televisiva Netflix, que está viviendo sus peores momentos desde su creación debido a ciertas decisiones empresariales, se ha impuesto el trabajo de reescribir las obras infantiles del gran escritor británico Roald Dahl. Parece ser que palabras de tan grueso calibre como gordo o feo van a estar prohibidas escribirlas. ¿Es o no es censura? Veinte conocidos escritor@s nos dan su opinión. La polémica sigue al rojo vivo.
La escritora y periodista Marta Robles, autora de libros tan interesantes como "Lo que la primavera hace con los cerezos" o "A menos de cinco centímetros" nos da su documentada opinión sobre este tema tan polémico de la reescritura de libros: "Creo que la reescritura de libros con lenguaje inclusivo supone un atentado contra la inteligencia y contra la libertad. Quien pretenda erigirse en defensor de los más desfavorecidos o presuntamente discriminados o de los distintos, adjudicándose una superioridad moral que nadie le ha reconocido debería saber que es imprescindible conocer el pasado para construir el futuro, sabiendo reflexionando sobre los errores, crimenes y delitos, para intentar no volver a cometerlos pero no intentando borrarlos como si no hubieran existido. Por lo demás, cualquier obra de creación corresponde a su tiempo y tiene la mirada de su tiempo. Modificarla es alterarla y corromperla. Queda mucho por escribir, no hace falta reescriblr lo escrito. Por otra parte, en la literatura como en el arte debe caber todo, porque todo cabe en la existencia de los seres humanos y querer ocultarlo con eufemismos y estupidez no ayuda a que seamos mejores sino a que la sociefad cada vez sea más hipócrita y se reduzca a la mirada ridícula de sus censores. Porque querer reescribir los libros o la historia y evitar que se pueda utilizar la mitad del lenguaje no es un acto de integración y de respeto, es un acto de censura".
Luis Zueco, autor de novela históricas tan importantes como "El mercader de libros", "El castillo" o la reciente "El tablero de la reina" nos manda su opinión: "Yo creo que es esencial que los textos se preserven tal y como los escribió su autor. Si se quieren hacer actualizaciones y revisiones, entonces debe dejarse muy claro al lector que ya no es la obra original del escritor y explicar las razones, para que el lector sea plenamente consciente de ello".
Olga Luján es una escritora madrileña que, debido a una enfermedad, quedó invidente hace unos años; eso no la arredró, si bien tuvo que dejar su trabajo como enfermera, y comenzó una nueva vida como autora de novelas, lo que tiene un formidable valor. Su libro "Entre vinos hablaos" se ha convertido en todo un bestseller. Su opinión tiene especial importancia porque sabe en sus propias carnes lo que es el lenguaje inclusivo. Su opinión, no puede ser más cualificada: "¿Están seguros los responsables de los cambios en la obra de Roald Dahl de poder determinar que es inclusivo u ofensivo? Permítanme abrirles los ojos ante una realidad carente de prejuicios. Pidan a un ciego que describa la belleza o la fealdad, expliquen a un sordo la necesidad de cambiar sufijos en su lengua de signos, a una persona Down que juzgue los colores, o a un artista que la gordura en las Tres Gracias de Rubens no es bella… y en base a las respuestas de quien realmente sabe de inclusión puedan revisar sus «sensibles» decisiones de marcado carácter político y comercial. Inclusión es normalización, nunca censura, paternalismo o juicios personales".
Javier Santamarta, autor de obras tan significativas como "Fake News del Imperio Español" o "Siempre estuvieron ellas" es tajante en su opinión: "Cualquier reescritura, esto es, la modificación de la obra de un creador por mor de las modas o la corrección política, es inadmisible. Además de absurda. Lo estamos viendo ahora con los textos de Roald Dahl, y hace unos años, por ejemplo, en el Huckleberry Finn de Mark Twain con la palabra «nigger». ¿Acabaremos cambiando en el Quijote el uso de la palabra «hideputa» por ofensiva? Si permitimos las aberraciones que estamos viendo que se están produciendo, llegará el día en que esa memez ocurra".
La escritora alicantina Paz Castelló, autora de portentosos thrillers como "La llave 104" o "Ninguna de nosotras tendrá compasión", nos dice "Las obras son una manifestación creativa testimonio de una determinada época, cultura y principios sociológicos. En mi opinión, se deberían respetar los originales. Reescribir abre el debate entre si hacerlo es censura o adaptación. Además, ignora el espíritu crítico de los lectores".
Álvaro Bermejo, colaborador de Todoliteratura, escritor de múltiples e interesantes obras como "Aquí hay dragones" o "El secreto del rey Alquimista" nos da su visión de este sindiós que ha armado Netflix, para él, la nueva higuiene no es verbal, es política y nos lo explica: "Haciendo honor a los tres verbos que presiden el blasón de la Academia -limpia, fija y da esplendor- su respuesta eligió tres adjetivos. El primero, respondía a la pregunta de una usuaria indignada ante el hecho de que nuestro diccionario no incluyera una variante femenina para “marrón”, que sería “marrona”. El último, recordaba a la usuaria que tampoco se admite la terminación femenina para “imbécil”. Y se ha hecho viral. ¿Qué hay detrás?

Todo aquello que vaticinó Orwell cuando hablaba de las neolenguas y sus eufemismos presentándolas como herramientas políticas para pervertir, no ya la realidad, sino las mentes de sus víctimas. Lo dice mejor Richard Rotry: “El concepto de poder delata una agenda que deja una mancha indeleble en cada palabra de nuestro lenguaje y en cada institución de nuestra sociedad”. Porque si el lenguaje siempre es político, la variante inclusiva que se pretende implantar desde la Izquierda mal llamada cultural, apunta a una higiene más social que verbal. No busca resolver un problema -por otra parte inexistente-, sino tensionar al cuerpo social, marcar distancias, abrir horizontes de confrontación.

Lo vaticinó Tony Judt poco antes de morir, en 2011: “la Izquierda cultural está más interesada en las implicaciones metafóricas del poder que en el propio poder”. Ciertamente, es más fácil cambiar el lenguaje que cambiar las ideas. Pero ya que las ideas son tercas, cambiemos la realidad. ¿Para qué? Para llenar la insondable vacuidad de sus programas solo con eso: con un irrisorio lenguaje inclusivo, con eufemismos criminales, con neologismos ridículos. Espejos todos ellos de las mentes “marronas” que pretenden gobernarnos, a su “imbécile” manera.

La escritora Lola Montalvo, autora de obras tan significativas como "La Fosa" o "Historia de una enfermera" es muy clara en su razonamiento:

"Considero un error reescribir cualquier obra, de niños o de adultos, para adaptar su texto a un lenguaje inclusivo. Cuando una obra se publica suele ser el reflejo de un instante, de un momento histórico concreto y de la sociedad en la que vivía o vive la persona que lo ideó y redactó. No podemos negar que el mundo evoluciona y que nos preceden tiempos en los que la mitad de la gente moraba (aunque todavía queda mucho por lograr) a la sombra y bajo el yugo de la otra mitad. Conocer de dónde venimos es lo que nos permite ser conscientes de lo logrado y entender todo lo que nos falta por conseguir. Reescribir ciertas obras lo veo tan ridículo como los «braguetoni» que el papa Pío V obligó a colocar sobre las desnudeces de las pinturas de la Capilla Sixtina. Evitemos caer en la misma pacatería y seamos prudentes, no son necesarios los «braguetoni literarios»: a los lectores debemos dejarles el lenguaje desnudo, que sean críticos por sí mismos y disciernan los aciertos y los errores del pasado".

Nuestro colaborador Gastón Segura, autor de novelas tan brillantes como "Los invertebrados" o "Las calicatas de la Santa Librada", con su afilada pluma nos señala que:

"Considero un error reescribir cualquier obra, de niños o de adultos, para adaptar su texto a un lenguaje inclusivo. Cuando una obra se publica suele ser el reflejo de un instante, de un momento histórico concreto y de la sociedad en la que vivía o vive la persona que lo ideó y redactó. No podemos negar que el mundo evoluciona y que nos preceden tiempos en los que la mitad de la gente moraba (aunque todavía queda mucho por lograr) a la sombra y bajo el yugo de la otra mitad. Conocer de dónde venimos es lo que nos permite ser conscientes de lo logrado y entender todo lo que nos falta por conseguir. Reinterpretar ciertas obras lo veo tan ridículo como los «braguetoni» que el papa Pío V obligó a colocar sobre las desnudeces de las pinturas de la Capilla Sixtina. Evitemos caer en la misma pacatería y seamos prudentes, no son necesarios los «braguetoni literarios»: a los lectores debemos dejarles el lenguaje desnudo, que sean críticos por sí mismos y disciernan los aciertos y los errores del pasado".

La profesora universitaria y escritora Pilar Úcar Ventura, autora de "Retratos femeninos: vida y obra de mujeres especiales" o "Sé por lo que estás pasando" opina con su fino humor que:

"Yo nunca uso el lenguaje inclusivo: por dos razones, por economía de tiempo; no puedo emplear ni líneas ni tiempo en desdoblar o incluir masculino y femenino; además, tal y como marca la ideología actual, hay que superar el binarismo y por lo tanto deberíamos expresar algo así, chicos, chicas y chiques o bien optar únicamente por la terminación -es (muy similar fonéticamente al asturiano).

El lector no es capaz de resistir un artículo en masculino y femenino o con la terminación-e/es. Dejaría de leerlo como pasa con las conferencias que se desvincula del contenido y no escucha.

Y dos: siempre me apoyo en la normativa de la academia, por muy jurásica que les parezca a muchos ignorantes. El género gramatical no marcado es el masculino, y punto.

Creo que me costaría mucho conferenciar y escribir desdoblando.

Si tú como director de la revista, me lo obligas, haré el esfuerzo".

Víctor Fernández Correas, autor de "Mülhberg", entre otras novelas históricas interesantísimas, nos hace llegar su ecuánime opinión sobre este tema:

"Igual que la historia es la que es, lo que está escrito así debe quedar. Cada obra es hija de su tiempo, de un momento concreto con sus circunstancias, su realidad y corrientes. Ahí reside su riqueza. Querer alterar esa visión para adaptarla al momento actual supone abrir una senda peligrosa. ¿Dónde está el límite de lo que se quiere cambiar o alterar? ¿Por qué? ¿Con qué intereses? Porque al igual que ahora se quieren revisar obras escritas con anterioridad, como ocurre con las de Roald Dahl, ¿quién es capaz de asegurar que lo que ahora se escriba no correrá la misma suerte pasados unos años porque así se quiera según las circunstancias del momento? Insisto en que reescribir obras para adaptarlas al lenguaje y circunstancias del momento abre un camino peligroso. Y puede que nos arrepintamos con el paso del tiempo. Hoy es el lenguaje inclusivo. Mañana, a saber".

Nuestra colaboradora e incisiva cuentista de los relatos más divertidos que podemos leer hoy en día Azucena del Valle apunta con su acidez y humor característico que:

"Confundir churras con merinas o lachas con borregos de Cuenca es tan absurdo como equivocar sexo con género o pastore con botije. Altera, equivoca y desordena el lenguaje de un idioma rico hablado por 500 millones de personas, según el Instituto Cervantes que, hasta ahora, servía para expresarnos de manera excelente. No podemos caer en censuras estúpidas que nos empobrecen y limitan cuando son el reflejo de una época de nuestra historia que evidencia un modo de vivir y una sociedad concreta que puede gustarnos o no, un suponer. ¿Qué palurdo se atreve a enmendar la plana a Cervantes? !Con Cela teníais que haber dado! a ver quién tenía cojones para cambiarle una coma. Perdón, ¿cojones o cojonas? porque tenían ambos... Dejad de mazorrear y que las obras descansen en paz según fueron creadas. Necesitamos gente abierta, no obtusa y palurda a la vez que inculta, mentecata y rencorosa. !Cabemos todos porque nos complementamos en la diferencia! Por cierto, estoy recordando esa canción que tarareaba cuando salía del despacho de mi jefe y me acababa de comunicar que le debía una mariscada por mandarme a Badajoz cuatro semanas dejando en Madrid a mi marido y a mi hijo de dos años... ¿Cómo era? Ahhh, sí, Bien pagá, me llaman la bien pagá... Mis amigas se partían el culo. Y es que cada vez me gusta más la copla... "

El crítico literario y escritor onubense Paco Huelva, autor de obras tan importantes como "Cordones pareados" opina que:

"Me parece una barbaridad. Las obras de arte, y la buena literatura lo es, están asociadas a un tiempo, a un lugar y a una forma de mirar determinadas. Por la misma razón, ahora, en estos momentos, escribir con un lenguaje inclusivo se hace necesario. Pero, "traducir" lo que el creador manifestó en su momento, es desvirtuar y manosear la Historia".

La profesora y gran escritora Olalla García, autora de novelas históricas como "La buena esposa" o "El taller de los libros prohibidos" tiene la siguiente opiniñon:

"Estoy a favor de introducir el lenguaje inclusivo, pero solo cuando eso no traicione la lógica ni el espíritu del texto original. Hay que tener en cuenta que el espíritu de inclusividad es algo muy reciente, e impensable en la mayor parte de los autores y las obras de la historia de la literatura. Hace poco traduje un texto de un autor, escrito hace unas décadas, en que usaba, por ejemplo, "el hombre" con el significado de "el ser humano" o "la humanidad". En ese caso concreto, sí lo traduje usando estos últimos términos, porque, conociendo el posicionamiento del autor, no me cabe duda de que él habría usado ese lenguaje inclusivo de haber escrito el texto en nuestros días".

Jesús Maeso de la Torre, autor de fantásticas novelas históricas como "Comanche" o "La cúpula del mundo" nos manda su opinión al respecto:

"Creo que las palabras no son solo una interpretación del lenguaje que utilizamos, sino que constituyen una poderosa herramienta que puede cambiar la forma en la que nos comunicamos con nuestra escritura. Dado que en muchas ocasiones no existe una intencionalidad de discriminar cuando nos expresamos, con el lenguaje inclusivo se puede desmontar todo aquello que damos por habitual".
La escritora hispano-húngara Vic Echegoyen, recientemente galardonada con el XII Premio Wilkie Collins de Novela Negra de MAR Editor con "Sacamantecas" y autora de varias novelas históricas como "Resurrecta" y "El lirio de fuego", cree que:
"Hace casi medio siglo, la Ópera de Munich invitó al director de cine Roman Polanski a hacer una nueva versión escénica de Rigoletto de Giuseppe Verdi, basada en una obra de teatro de Víctor Hugo ambientada en el Renacimiento. La crítica destrozó a Polanski tachándolo de anticuado y aburrido, que mostraba una versión clásica e históricamente fiel al original sin modernizarlo ni aportar nada nuevo. Polansi se defendió así: Señores, estamos hablando de obras maestras de dos genios: Verdi y Hugo. ¿Quién soy yo para enmendarles la plana?
Polanski tenía razón: si la obra de autores como Roald Dahl, Mark Twain o Hergé, creador de Tintín (son solo ejemplos) ha perdurado y todavía se lee décadas o siglos después, es porque su valía intrínseca es universal e intemporal tal como fue escrita en su día. No somos quién para mutilar o falsear sus obras: solo podemos reeditarlas en versiones críticas anotadas, pero sin manipular ni censurar el texto original. Nuestra verdadera y única obligación es preservarlas intactas para las generaciones venideras. Ni más, ni menos."
El escritor alicantino, radicado en Murcia, Rafael Balanzá, autor de las sensacionales novelas "Los dioses carnivoros" y "Recado de un muerto", entre otras, tiene las ideas muy claras sobre el tema: "El lenguaje inclusivo y, en general, la llamada ideología woke, es un fruto peligroso del perfeccionismo. Y el perfeccionismo ha sido históricamente uno de los atajos hacia la tiranía, desde las Guerras de religión hasta la dictadura soviética, pasando por la fase más sanguinaria de la Revolución francesa. Nuestro pasado ha sido imperialista, machista y violento, y todo eso lo refleja el lenguaje, por supuesto. Pero ese mismo lenguaje ha sido una herramienta válida para producir el humanismo, el feminismo y la democracia liberal. Ahora se intenta imponer a través del lenguaje una mejor versión del pasado y una fotografía idealizada del presente, en aras de un futuro perfecto. Pero el precio de todo ese engaño colectivo podría ser –y es ya, de hecho- el infantilismo general y la pérdida de la libertad. Así que, parafraseando un inspirado título de Manuel Vicent: "No pongaís vuestras sucias manos perfeccionistas sobre nuestros libros".

El valiente escritor granadino Manuel Avilés Gómez, autor de libros tan interesantes como "De prisiones, putas y pistolas” o "El gato tuerto", no tiene pelos en la lengua y apunta que: "a batalla por el lenguaje, hoy, es feroz. Hay, como fruto del empoderamiento femenino, una lucha denodada por incluir en cada frase giros y muletillas, a mi entender, innecesarios e incluso gilipollescos. Yo respeto y quiero a las mujeres. Son seres imprescindibles, bellos, inteligentes y – salvo la resistencia física para pruebas deportivas y atléticas- muy superiores a los hombres en todos los terrenos. Ahora bien, esa tontería del lenguaje inclusivo por la que se pelea fieramente desde unos años para acá, me parece superflua y añade poco a la valoración suprema que la mujer debe tener".

Otro escritor, especialista en novelas históricas como "Banderizos. Más allá del odio" José Manuel Aparicio, opina que: "Creo que hay que respetar la obra de cada autor tal y como la concibió. No podemos valorar textos pasados con mentalidades presentes. Si el lenguaje inclusivo elimina o cambia palabras, entonces se convierte en lenguaje exclusivo. Toda una paradoja, vaya. ¿Cuál es el problema con la palabra "gordo"? ¿Por qué es mejor emplear "enorme"? Llegará un momento en que "enorme" también será interpretada como voz ofensiva. El problema no está en las palabras, está en el modo en el que las empleamos. No al adoctrinamiento de una generación de cristal a la que se le niega parte del idioma, sí a la educación en valores".

El escritor madrileño Mario Escobar, el autor español más leído en Polonia, es autor de bestseller publicados en medio mundo como "La casa de los niños" o "El espejo de las almas" nos dice que: "Podemos cambiar el lenguaje, pero es peligroso intentar cambiar el alma de las personas".

Terminamos con el escritor y colaborador de Todoliteratura Hermenegildo Verdugo, autor de diversas novelas negras como "Bebiendo en la Plaza del Pueblo a ritmo de rock and roll" o "Asesino entre las sábanas", su opinión se sale un poco de lo normal porque se toma la vida entre tragos de whiskey en todos los tugurios de Madrid, aún así mantiene la lucidez. Eso sí, cada vez tiene menos. "La literatura tiene que estar viva. Las novelas de Roald Dahl son infumables. ¿Quién se cree que una niña, Matilda, puede dar lecciones a unos padres intachables y cariñosos? ¿Quién se cree que Charlie tiene una fábrica de chocolate que le puede hacer rico? Si todos sabemos que el chocolate es malo para los dientes y además hace que estemos más obesos. Por supuesto, que se deben quitar expresiones como gordo o feo. Yo no estoy gordo, ni mucho menos, estoy un poco crecidito de barriga y tampoco soy feo, soy un poco antiestético o de belleza distraída. ¡Que bien hicieron en quemar los libros en Farenheit 451! Sobre todo los malos. Que son todos, menos los míos".

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