El infierno portátil, de José Manuel Corredoira Viñuela,[1] nos pone, de entrada, frente a uno de los dilemas más candentes de la práctica y de la teoría teatrales, fuera en la época de Aristóteles, fuera en el Siglo de Oro español: dirigirse a la inteligencia de los espectadores mediante la palabra o el discurso teatral, sin tramoya ni ornato, o bien complacer y causar la admiración de los “mirones” del teatro con la “mecánica” a que alude Aristóteles en su Arte poética o con las filigranas descritas por Will en la primera escena de la obra que nos ocupa. De manera simbólica, Corredoira decide borrar o quemar dichas filigranas con la luz de una cerilla para dirigirse, como recomendaba Aristóteles, a los lectores o “espectadores más inteligentes”,[2] razonables y críticos. ![]() ![]() ![]()
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