www.todoliteratura.es

OLALDE O LA LUCIDEZ

Reseña del poemario "Constancia de lo idéntico", de Javier Olalde
Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2025. 108 pp.
sábado 17 de enero de 2026, 17:16h
Constancia de lo idéntico
Constancia de lo idéntico

Javier Olalde no fue un poeta tardío: su primer libro de versos, Ensueños y agonías (1965), lo publicó recién iniciada la veintena; sin embargo, tras la publicación de dos poemarios más, abandonó la escritura poética durante un período de tiempo considerablemente largo. Su silencio editorial, en lo que a la poesía se refiere, se prolongó a lo largo de nada menos que cuarenta y siete años: los que separan la aparición de Alguno habló de soledad (1970), última entrega de su primera etapa, y su regreso al mundo de la poesía con Toda la tarde andada (2017). Esta última época ha sido, quizá para compensar su prolongado silencio, de una actividad casi frenética: siguieron al mencionado libro otros siete, entre 2018 (Mi modo de ser árbol) y 2025 (el que nos ocupa, Constancia de lo idéntico).

Aunque no toda la producción poética de Javier Olalde se ajusta a una línea única, sí es reconocible en sus últimos poemarios, y especialmente en este y en Extravagancia infinita (2019), la opción por una poesía de ideas, que se desarrolla en paralelo a sus ensayos de tema filosófico, tales como Los antropócratas quieren ser felices (2023). Por decirlo en palabras de Machado, la poética de Olalde «desdeña las romanzas de los tenores huecos» y se arriesga a emplear la lírica como vehículo de sus reflexiones metafísicas, desarrollando un sistema de pensamiento propio: sus ensayos y sus poemarios son ambos encarnaciones de su visión del mundo. Su Weltanschauung queda perfectamente aclarada en una cita de Extravagancia infinita que es utilizada como epígrafe en Constancia de lo idéntico:

Protagonizamos el eterno retorno de lo mismo dado que somos gente semejante en tiempos sucesivos. Aunque tendemos a olvidarlo por nuestro común solipsismo de individuos que imaginan que el mundo existe primordialmente porque existen ellos.

No hay, en la cosmovisión de Olalde, aspiración ninguna a una imposible trascendencia. El universo —o el multiverso, porque el autor conjetura la existencia de una multiplicidad de universos paralelos— sencillamente acontece. Va desplegándose en el tiempo, sin finalidad ni significado más allá de su propio acontecer. La única finalidad de la existencia es existir, persistir en su ser. Y aunque nosotros, seres efímeros, no queramos aceptarlo y proyectemos vanas ilusiones de trascendencia, somos variaciones mínimas de un mismo esquema. Vivir consiste en ocupar durante un tiempo un lugar que ya estuvo ocupado antes y que volverá a estar ocupado después.

Nos fuerza Olalde a tomar conciencia de nuestra propia insignificancia. Nos incita a desterrar el solipsismo, tan gratificante como ilusorio, que nos hace considerarnos, como individuos, únicos e insustituibles. Por ese motivo la obra de Olalde se aparta del habitual narcisismo del poeta que escribe desde el yo y se instala, por su parte, en un abarcador nosotros, procurando una interpretación de la experiencia humana universalmente válida.

El poeta no importa. El ser humano no es menos previsible ni está menos sujeto al destino que la nutria o el baobab, pero tiene, eso sí, una condición particular, acaso un defecto, que lo singulariza: la consciencia de sí mismo, que conlleva la capacidad de hacerse preguntas. Si la naturaleza proveyó al tigre de garras o de coraza al rinoceronte, a este «simio inteligente y arrogante» le asignó como oficio la facultad de interrogar a la naturaleza y de interrogarse a sí mismo, y de descubrir, en último término, su carácter transitorio. Averiguando que el ser humano está hecho, tanto como de carne y de sangre, «de la sustancia huidiza de los días». Somos criaturas de tiempo: fragilísimas.

Constancia de lo idéntico puede alinearse con la mejor poesía ontológica, acaso el empeño más arduo y más audaz que pueda llevar a cabo este pobre, efímero y arrogante simio que es el ser humano. El libro lo (nos) pone en su (nuestro) lugar: constata su (nuestra) insignificancia, subraya que no existe para el individuo otro horizonte que el de su (nuestra) desaparición, afirma la inexistencia de un sentido trascendente de la vida.

El universo es como es. Hay que aceptarlo. No cabe —como haría Unamuno— oponerse con insensato vigor a lo inevitable. En el pensamiento de Olalde hay lucidez, pero ningún dramatismo. Como en el famoso soneto cervantino al que se alude varias veces en Constancia de lo idéntico, la muerte no es otra cosa que un discretísimo mutis por el foro: «miró al soslayo, fuese y no hubo nada». No es otro nuestro destino, por más alharacas que nos empeñemos en hacer en vida.

No se encontrará en este libro ironía cruel ni sarcasmo. Simplemente, la aceptación de un hecho: lo que engañosamente vivimos como excepcional forma parte en realidad de un repertorio antiguo. El amor, la violencia, el nacimiento, la pérdida son variaciones de un mismo motivo milenariamente repetido. La muerte no es escándalo metafísico, sino previsible desenlace natural. El amor no es salvación, sino episodio: dulce, sin duda, pero destinado al olvido. El yo no es protagonista heroico, sino un transeúnte que puede, pese a estar «emparedado entre dos nadas», ser, en ocasiones y por poco tiempo, feliz. Antes y después, nada. Pero, en medio, esto.

En consonancia con las ideas del autor, el lenguaje del libro es sobrio, contenido, declarativo. La efusión lírica se reduce al mínimo: los poemas buscan exponer, con exquisita concisión, pero sin adornos, el sistema filosófico de Olalde. Las metáforas son escasas y siempre funcionales, nunca superfluas. El tropo fundamental es la repetición; diríamos que la constancia de lo idéntico, el eterno retorno, halla su encarnadura también en el lenguaje del libro.

No es Constancia de lo idéntico, como resultará evidente por lo dicho, un libro de poesía al uso. Se aparta de los caminos más transitados por la poesía actual, que no ambiciona, por lo general, explicar el mundo, sino dar cuenta de experiencias individuales o, como mucho, construir una crítica social para el aquí y el ahora. Constancia de lo idéntico es otra cosa: una ráfaga de luz, tan incómoda como necesaria, sobre la condición humana. Una mirada lúcida, sin trampa ni cartón, a lo que somos. Y en tiempos tan dados al ruido, a la exageración y a la promesa vacía, esta forma de decir —y de callar— es oro puro.

Puedes comprar el poemario en:

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios