‘El brazo tonto de la ley’ pasa de apatrullar la ciudad a arrollar a nuestra clase política dinamitando todas las convenciones de lo políticamente correcto. Y el público se parte de risa. ¿Qué está sucediendo?
Si la comedia costumbrista tiene mucho de sociopolítica, en cuanto que radiografía la sensibilidad de un país, se diría que apenas hemos cambiado en medio siglo, o en siglo y medio. Como en los esperpentos de Valle-Inclán, Segura pone ante nosotros un espejo deformante en el que nos reconocemos a nosotros mismos tanto como a quienes nos gobiernan o desgobiernan. Y lo mejor de su juego de espejos pasa por su inversión de perspectivas.
Torrente es elegido como salvapatrias por un partido de ultraderecha llamado Nox, pero sus arquetipos parecen viajar a bordo del Peugeot de los cuatro fantásticos, Koldo, Ábalos, Cerdán y Sánchez -con Jessica en el maletero-, coreando un estribillo demoledor: “con paguitas y pensiones se ganan las elecciones”. Segura sigue retratando al personaje: “putero, machirulo, facha y drogodependiente”. ¿De qué se ríe la gente? De los palos cruzados. Porque ya sabemos que quienes cabalgan contradicciones se consienten postularse como feministas y apacentar prostíbulos sin declinar su inmaculada pose progresista.
Segura extrema su histrionismo disparando contra todos, pero lo hace con balas de fogueo. Ningún filtro en su derroche de vulgaridad, gamberrismo y chabacanería. Contención total en su presunta transgresión, que no pasa de aparente. De otro modo no se entendería el éxito de su película, siete millones el primer fin de semana. ¿Por qué?
No sólo porque la gente va al cine a pasárselo bien, hasta donde le alcanza. Ese pasárselo bien incluye la empatía con el golfo, con el putero, con el pícaro con acta de diputado. En fondo y forma, Torrente nos parece un tipo entrañable. Uno de los nuestros, sea cual sea nuestro color político.
Esto es lo que somos bajo la máscara de la posmodernidad. La eterna España de Sancho Panza. Este es el nivel. El gran acierto de Segura es haber creado un Buscón contemporáneo que, finalmente, ha acabado por encontrarnos.
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