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"Roma. Estrategia de un imperio", de James Lacey

La Esfera de los Libros. 2023
martes 07 de julio de 2026, 21:45h
Roma. Estrategia de un imperio
Roma. Estrategia de un imperio

Este libro comienza con la cronología del Imperio de Roma, aunque en ninguna circunstancia se llamó el primer emperador Octavio como último nombre, antes de ser el primer ciudadano el principal de la ciudad, sino Gayo Julio César Octaviano, cuando fue prohijado por su tío-abuelo/Gayo Julio César, tras regresar a Roma cuando se enteró de la muerte del Dictador Perpetuo, las idus de marzo del año 44 a.C. Está claro que cuando la República de Roma se convirtió en Imperio o en Principado, su estrategia sociopolítica y militar se tornó más prístina. Todo ello se encuentra en esta obra paradigmática escrita por un historiador que se dedica a la Historia militar.

A partir de la derrota de Marco Antonio y Cleopatra en la batalla de Accio/Actium del año 31 a.C., el primer Emperador César Augusto inicia una época aceptablemente positiva, en la mayor parte de las ocasiones, aunque con las salvedades de las aberraciones políticas de algunos de sus emperadores. Los emperadores de Roma se fundamentaban en tres parámetros claros sobre la estrategia a seguir: Mantener la integridad y la estabilidad de un Imperio en crecimiento; proteger al Imperio de sus múltiples enemigos exteriores; y ampliar sus fronteras siempre que fuese necesario, y con el menor gasto posible para su pecunio y sus ciudadanos, y así de esta forma se extendía su influencia sociopolítica, militar y económica, por todo el orbe conocido. Por lo tanto: “Por último, dado que Roma estaba gobernada por una sola persona, sus preocupaciones más importantes se incluían, por definición, en la gran estrategia del Imperio. Y todos los emperadores, empezando por Augusto, tenían las mismas preocupaciones generales: el prestigio y la seguridad personal. Estas dos preocupaciones estaban siempre interconectadas, ya que cuanto mayor era el prestigio de un emperador, más seguro se sentía. Aunque el prestigio nunca fuese una garantía contra las revueltas o los asesinatos, ayudaba, sin duda. Además, cuanto más tiempo vivía (y permanecía en el trono) un emperador, más seguro se sentía, ya que las crecientes oportunidades de patronazgo y favoritismo le permitían construir una sólida base clientelar y de aliados leales, sobre todo en el ejército. Además, un reinado prolongado daba tiempo al emperador a sentar las bases de una dinastía que le sobreviviese”.

El profesor James Lacey se aproxima a la Roma imperial desde los momentos más decisivos de su historia, y ellos unidos, como es de rigor, a los personajes que fueron el centro de esos hechos narrados. Además, esta obra muy documentada, añade a su estrategia narrativa los últimos trabajos de historia y de arqueología, que subrayan el aserto de la tesis sustentada por el autor, es un estudio analítico sumamente amplio, que corrige los posibles errores y omisiones realizados en estudios anteriores. La propaganda del Foro de Roma era esencial, ya que en este recinto era donde los romanos discutían de las hazañas de su emperador, por lo que el gobernante necesitaba de la mayor pléyade de éxitos militares, para así sentirse seguro ante la habitualmente viperina opinión pública de Roma. Si se perdían batallas, el prestigio del emperador decrecía y, de esta forma o por esta causa, el riesgo para perder su propia vida se incrementaba. El imperativo vital era esencial para poder comprender el fenómeno de la estrategia política que deberían utilizar, muy cuidadosamente, los emperadores de Roma. Además, es preciso añadir que algunos tenían un importante predicamento en los afectos de la plebe de Roma. Cuando un emperador de Roma caía en desgracia en los afectos del populacho, siempre veleidoso, perdían también su familia, sus consejeros y sus seguidores, todo ello de forma inmisericorde y, en muchas ocasiones, por medio del magnicidio. La mayoría de los consejeros del emperador de turno, siempre en número abundante, solían empujar al jefe del Estado romano o SPQR a que emprendiese cualquier tipo de acción militar, para que ella así sirviese como ancla de supervivencia para todo el gobierno. Estimo más que necesario acercarme al texto completo y esclarecedor, sobre uno de los hechos luctuosos más pavorosos que padecieron las legiones romanas, por el desacierto claro de su general, y que no es otro que la batalla del bosque de Teutoburgo frente a los germanos de Arminio.

En el año 9 de nuestra era, Publio Quintilio Varo, el primer gobernador de la nueva provincia romana de Germania, partía de su cuartel general de verano cerca de Minden hacia la fortaleza legionaria de Moguntiacum (actual Maguncia), cuando le llegó la noticia de que se había sublevado una pequeña tribu germana. Las revueltas no eran nada nuevo para Varo; en su anterior cargo como gobernador de Siria se le había encomendado la tarea de imponer un duro régimen fiscal a sus habitantes y, como casi siempre que un pueblo conquistado sentía por primera vez el yugo de las exigencias fiscales de Roma, Judea se sublevó. Valiéndose del manual romano para sofocar insurrecciones, Varo marchó rápidamente con dos de sus cuatro legiones en socorro de otra legión que había quedado atrapada en Jerusalén. Durante el trayecto, la ciudad de Séforis fue asaltada y su población vendida como esclavos. El poder visible de las legiones, unido a ejemplos como el de Séforis, quebró la voluntad de los rebeldes y Jerusalén se rindió sin luchar, lo que no impidió a Varo crucificar a dos mil presuntos insurgentes”.

La crueldad de Roma para los pueblos derrotados era proverbial, y las muertes en la cruz eran de lo más habitual. El SPQR no comprendía que algunos de los pueblos conquistados no aceptasen vivir al modo romano y, sobre todo, que quisiesen recuperar su antañona libertad y, por consiguiente, era incomprensible para un romano del Imperio que no quisiesen contribuir, por la vía de la fiscalidad a la grandeza de la metrópoli.

Tras añadir otro caso de éxito al manual romano, Varo no vio razón alguna para desviarse de los métodos ya probados. A la primera señal de rebelión en Germania, se puso rápidamente en marcha con las tres legiones que tenía a su disposición: las XVII, XVIII y XIX. Por desgracia para Varo, su oponente, Arminio, tenía educación y entrenamiento romano y, por tanto, conocía bien las reglas romanas del juego. Diseminada a lo largo de dieciséis kilómetros y marchando de forma despreocupada, la columna romana acabó mostrando signos inusitados de desorganización e indisciplina. Tras años de campaña de Tiberio y su hermano Druso, los legionarios pensaban que los germanos eran un pueblo vencido. Algunos podían rebelarse de vez en cuando, pero pocos lo consideraban motivo de mayor preocupación que las revueltas esporádicas surgidas en la Galia tras la conquista de César. En consecuencia, muchos legionarios deambulaban desarmados entre los seguidores del ejército cuando sobrevino el desastre. La lluvia hizo acto de presencia al principio de la marcha del segundo día, haciéndose más intensa a medida que la mañana daba paso a la tarde. Haciendo frente a la lluvia torrencial y a los fuertes vientos, los legionarios avanzaron a duras penas por el barro, que hizo que el tren de bagaje se detuviese. Tratando de resguardarse de los elementos, se volvieron indiferentes a todo excepto a su desdicha. Al entrar en un paso estrecho entre dos secciones del Bosque de Teutoburgo, los desprevenidos romanos no se percataron de la trampa cuidadosamente tendida y marcharon hacia ella sin remedio”.

En este caso, la añagaza de un personaje tan inteligente como Arminio está clara, ya que además conoce las debilidades militares y la praxis habitual de las legiones de Roma, porque ha formado parte de ellas. Este hecho de rebelarse, como había ocurrido en el pasado con el jefe galo arverno Vercingétorix era incomprensible para el Senado y el Pueblo de Roma que consideraba que no existía nada mejor que ser o existir como romano de cualquier categoría que fuese. La derrota de Quintilio Varo fue terrorífica y ninguno de sus legionarios, salvo uno, quedó con vida. El hecho conllevó que la frontera o limes de Roma con Germania se fijase en el Elba, y se cita por los historiadores romanos, el trauma psicológico que le produjo al Emperador César Augusto fue de tal magnitud que se paseaba como un poseso sobresaltado de día y de noche, reclamándole al general muerto aquello de: ¡Quintilio Varo, ¿Dónde están mis águilas?, o en latín: ¡Quintilii Vare, legiones redde!

«El Imperio Romano duró quinientos años, una cifra impresionante desde cualquier punto de vista, por lo que la economía y la miríada de acuerdos políticos y amenazas a las que tuvo que enfrentarse estuvieron en continuo cambio. Tomando este principio como punto de partida, Lacey centra gran parte de la narración en los momentos históricos cruciales y en las personalidades implicadas para ofrecer un análisis exhaustivo, concluyente y cautivador del auge y la caída del Imperio. Esta obra incorpora los trabajos más recientes de arqueólogos e historiadores del mundo clásico con la vocación de corregir los errores y omisiones de estudios anteriores. El resultado: la exposición más completa y rica en matices jamás publicada sobre el pensamiento estratégico romano y su ejecución». ¡Libro de lectura obligatoria y esencial sobre lo que representaron Roma y sus legiones en la Europa de la Antigüedad. Magnífica obra! «Amicitiae nostrae memoriam sempiternam fore. ET. Ex nihilo nihil fit».

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