Ante una ironía poco o nada afortunada, una reacción desmesurada. ¿Qué hay debajo? Justo eso que convulsionó Francia durante la Crisis de las Banlieues, en 2005, y sigue presente en las periferias de sus grandes ciudades. Lo ilustra un video que no deja de circular en las redes sociales. Escenario: el aula de un centro de segunda enseñanza de cualquiera de esas grandes ciudades. Protagonistas: una treintena de adolescentes de diversos orígenes étnicos, en su mayoría de color.
Primera pregunta: ¿Podéis levantar la mano los que tenéis la nacionalidad francesa? Primer sobresalto: los chicos vacilan, alzan unas pocas manos. Los profesores tienen que insistir: ¿Tienes la nacionalidad francesa? Pues levanta la mano. Con casi todas en alto, el que dirige la consulta concluye: Si he entendido bien, todos tenéis la nacionalidad francesa pero no os sentís franceses.
Así lo confirman entre murmullos. Una de las adolescentes, una belleza de piel de ébano, toma el micro: Yo sí me siento francesa. ¿Por qué? Respuesta: porque en mi cabeza soy blanca. No hay sarcasmo en la intervención de quien le sigue, un muchacho de ascendencia senegalesa: Yo no me siento francés en mi interior. ¿Cómo te sientes? Respuesta dramática, por su laconismo: Sólo negro. Su colega lo explica: Hay dos categorías de franceses, los rubios de ojos azules, los “limpios”, y luego nosotros.
Ese “nosotros” continúa secuenciando confesiones, en el límite de la marginalidad o la exlusión Un chico hindú que llama a Francia su país de acogida, pese a ser francés. Una chica de origen argelino para quien su verdadera patria es el país de sus padres. “Aquí sólo estamos de paso”.
No caben ironías frente a esta fractura racial y social. Sí caben ante un gobierno que se dice multicolor, limitando su policromatismo a la diversidad de partidos que lo integran, y en absoluto a su origen étnico. Sobre el césped Europa no tiene color de piel, pero sus élites políticas y económicas siguen siendo muy monócromas.
¿Qué hay debajo?, vuelvo a preguntarme. Una violencia latente, bastante más explosiva que la que desplegó la selección argentina frente a la española, en la final del Mundial. Las dos surgen del mismo cuño: el sentimiento de inferioridad, la frustración, la impotencia. En ese partido, frente a un rival clamorosamente superior en su dominio del balón y en su estilo. En la crisis de las Banlieues, y en toda Francia, la de una inmensa minoría que se siente permanentemente en el área de castigo, en el punto de penalti. Fuera de juego.
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