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“Árbol”, de Carlos Roberto Gómez Beras: matemática filosofía de la contemplación

miércoles 27 de febrero de 2019, 07:25h
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Árbol
Árbol

El número treinta y tres —según la numerología— es un número de luz, maestro de maestros; es decir: no es reducible. Además, se relaciona con vidas extraordinarias que influyen positivamente en su entorno. El equilibrio es su mayor rasgo distintivo. Si asociamos dichas características con el árbol, símbolo totémico y motivo nuclear de "Árbol" (Isla Negra, 2017), libro de Carlos Roberto Gómez Beras que nos ocupa, no sorprende que los poemas del libro sean treinta y tres, ni que sean tres los versos de cada poema o tres veces tres —o tres multiplicado por sí mismo—, los versos que componen su preludio y coda.

Hay algo cabalístico en dicha estructura, algo que intuye que la síntesis del universo se encuentra representada en el nacimiento, crecimiento y muerte de cada árbol. ¿Cuál es su función en el mundo? ¿Por qué ha nacido ahí y no en otro lugar? Su diseño y patrón de comportamiento; su presencia en la naturaleza; la arbitrariedad del signo y el poder semiótico de referente al que nombra: todo ello, unido a un imaginario emocional de corte existencialista, suscita grandes dudas en un hablante lírico que culmina todos los poemas con un paralelismo estructural constante: una interrogante.

Mientras en los dos primeros versos de cada poema el yo poético se expresa en primera persona del singular —como tónica dominante— y apela a un apóstrofe de manera dialogística y descriptiva, en el tercer verso y a través de una representación paradigmática —en este caso, la inclusiva primera persona del plural— es el propio lector al que se interroga —o así puede interpretarse— y lo hace un hablante que pasa de lo particular a lo general, por lo que se convierte en un mediador universal.

El número treinta y tres es impar, quizás por ello todos los poemas recaen en las impares páginas recto; al opósito, las páginas verso albergan las arbóreas ilustraciones de José María Seibó, las cuales representan diferentes cúmulos de ramas resecas cuyas puntas se orientan al cielo. Esta decisión pictórica es análoga a la aspiración argumental que se mantendrá en todo el poemario y aparece explícita en su primer poema “Prólogo”: «Acércate y cubre mi desnudez / con tu abrazo aturdido»; la desnudez de las ramas resecas y la aspiración a ese abrazo como refugio y cubrimiento como trasunto de la esperanza, esas ramas orientadas al cielo.

Llegados a este punto me parece relevante la inclusión de una cita de Octavio Paz, concretamente, de su poema titulado “Árbol adentro”: «Creció en mi frente un árbol. / Creció hacia adentro». En este poema, Paz atribuye una realidad a cada parte del árbol: «Sus raíces son venas, / nervios son sus ramas, / sus confusos follajes pensamientos»; a dicha personificación se le atribuye un habla: « El árbol habla. Acércate, ¿lo oyes?»; y Gómez Beras adopta todo ello: «Cada hoja es cada sílaba. / Cada caída es cada silencio», incluida la actitud interpeladora del hablante lírico para vehicular su particular síntesis comunicadora.

A este mismo poema aludirán sus versos en el último poema del libro: «En medio de mi frente el árbol nace / cielo sobre los párpados y tierra bajo las venas»; esta vez para matizar el enclave de ese nacimiento arbóreo en la zona donde se ubicaría el tercer ojo e invirtiendo el sentido de su crecimiento, lo cual asocia su aparición y desarrollo a la liberación y el descubrimiento.

Si en el poema de Paz abundan las estrofas y los versos heptasílabos, los poemas de Gómez Beras son monoestróficos (tercetos) y anisosilábicos (verso libre). Es inevitable reconocer tanto en la ausencia de títulos (se ordenan con números romanos), como en su estructura trimembre y en la serena mirada que escruta parajes naturales, una conexión con el haiku japonés, del que se aleja a su vez por su extensión, tratamiento del yo y retórica.

Es precisamente esa actitud contemplativa y su capacidad para aunar el mundo natural con el mundo interior lo que hace que estos noventa y nueve versos consigan inquietarnos: «En el centro del bosque callado / una piedra abre una sílaba en el estanque. / ¿Es mi madre muerta quien me llama?; también, conmovernos: «El viento que trajo la nieve / pasó a través de ti sin conmoverte. / ¿Eras un árbol desnudo o yo sólo un aliento?»; e incluso, reflexionar: «De una rama cae una flor, un fruto, / una hoja, un pájaro y un niño sin alas. / ¿Por qué sentimos el vacío más que la presencia?».

La lluvia, el vuelo de un pájaro o un soplido del viento desencadenan los sentidos, los pensamientos y la moviola memorística que a todo elemento y argumento hilvana. Ontológico, en el sentido heideggeriano de la palabra, este poemario de Gómez Beras supone un considerable ejercicio de desprendimiento de ornamentos y ambigüedades; una apuesta por la desnudez de una sintaxis mínima y su concentrado poder de significación: empresa que su solvente madurez expresiva resuelve dando como resultado una poesía sensorial y también pura.

La inefabilidad de aquello que nos trasciende y no comprendemos está muy presente durante todo el poemario, como también el silencio, del que podemos decir que todo lo inunda. Pero si hay dos elementos poemáticos recurrentes e importantes en el libro, sin duda, son la vida y la muerte: fronteras físicas y ejes de divagación de algunas de sus muchas reflexiones. En el poema titulado “Epílogo”, coda de clausura, ambos actores aparecen en sus dos últimos versos de manera que la visión positivista y esperanzada del discurso poético vence sobre la pesimista: «La muerte es sólo un instante. La vida siempre se desborda».

Carlos Roberto Gómez Beras reside en Puerto Rico. Es catedrático, editor y poeta. Ha obtenido en tres ocasiones el Premio Nacional de Poesía del PEN Internacional con Viaje a la noche (1989), Mapa al corazón del hombre (2012) y Árbol (2017), mientras que Errata de fé (2015) recibió el Premio Nacional de Poesía del Instituto de Literatura Puertorriqueña. Además, ha publicado La paloma de la plusvalía y otros poemas para empedernidos (1992, que incluye tres libros); y Aún (2007, que reúne los cuatro libros escritos entre 1989 y 1992). Árbol fue publicado en serbio y español con el título Drvo (2018), en traducción de Silvia Monrós. Sus poemas han sido traducidos, también, al francés, inglés, italiano, estonio y alemán.

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    Últimos comentarios de los lectores (9)

    489 | José Antonio - 28/02/2019 @ 23:34:40 (GMT)
    Muchas gracias a todos por vuestros comentarios. El libro de Carlos Roberto da para mucho. Abrazos.
    488 | Mayda - 28/02/2019 @ 15:01:42 (GMT)
    Supremo, quedo sin palabras y !!! feliz¡¡¡
    487 | Marcos - 28/02/2019 @ 03:50:27 (GMT)
    Excelente analisis de la obra de Gómez.
    486 | Marta - 28/02/2019 @ 03:43:44 (GMT)
    Gracias por la lectura, invita a buscar el libro.
    485 | Ezequiel Taveras - 28/02/2019 @ 00:12:53 (GMT)
    Acercarnos a la poética de Carlos Roberto a través del análisis de José Antonio, nos da la oportunidad de revisas nuevos caminos de lectura, enhorabuena, muy buen articulo
    484 | José Antonio - 27/02/2019 @ 19:57:21 (GMT)
    Muchas gracias por vuestros comentarios, Nancy y Ricardo, me alegra que os guste. Es un libro muy recomendable y estoy contento de que la reseña llegue a mucha gente. Saludos.
    483 | Eyerí Vega - 27/02/2019 @ 18:12:54 (GMT)
    Si no es molestia, comparto mi pensamiento sobre esta crítica/revisión. Añadiría a la comparación que se hace con Octavio Paz aludiendo que el árbol es el pensamiento; lo que me lleva a entender que cada poema en Árbol por Carlos R Gómez Beras surge de una neurona, dado que cada uno es acompañado por el dibujo de un árbol en blanco y negro, simulando una lectura del electroencefalograma. ¿Qué más espectacular que poder ver el poema mismo como neuronas, como pensamientos? Igualmente, la observación que se hace al comparar la estructura de los poemas en Árbol con los haiku japoneses da pie con bola. Me extraña que no haya utilizado la intención de los haiku (al igual que su famosa síntesis 5-7-5), donde cada haiku dialoga sobre un aspecto humano al compararlo con la naturaleza objetiva y cruelmente honesta. Pienso ese es otro aspecto de su libro: es crudo al expresarse de manera tan concisa. Lo hace casi como si no temiese ser malentendido, como si reconociese que los pensamientos no se leen sólo se perciben, aún siendo escritos. Claro, esto es estrictamente una opinion; no tengo cómo respaldarlo para ser una crítica/revisión completa.
    482 | Nancy D. - 27/02/2019 @ 17:21:18 (GMT)
    Una mirada profunda a un libro que deja marcas en la tierra, en los árboles y en los corazones.
    481 | Ricardo Rodriguez - 27/02/2019 @ 15:46:08 (GMT)
    ¡Excelente comentario! Su lectura crítica de los versos incita el pensamiento e invita a la relectura del texto, de hecho, a múltiples relecturas.

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